Sobre fobias y orexias

Carezco de la mínima formación en filología latina y conocimientos del griego clásico (por suerte, para mis conocidos). Sin embargo, es tal la cantidad de raíces griegas y latinas en el lenguaje científico que uno termina manejando ciertos rudimentos de etimología. En Medicina siempre tiene más caché referirse a los síntomas comunes usando su forma derivada del griego. Por ejemplo, mejor decir odontalgia que dolor de muelas, hipertricótico que peludo, o soslayar con bromhidrosis que a alguien le apesta el sobaco.

A veces se mezclan raíces griegas y latinas, como en seborrea (del latín sebum y el griego ροη o ροια –fluir–). La verdad es que actualmente se estila más introducir anglicismos que elaborar nuevos términos grecolatinos para referirse a las novedades técnicas que se van adquiriendo. Un ejemplo sería las afamadas células madre, que en la jerga científica se suele mantener en su original inglés stem cells. Quizás si este campo se hubiese desarrollado hace medio siglo las células madre se habrían llamado blastocitos (de βλαστο, tallo, y κύτος, célula), aunque traería confusión con el embrionario blastocisto o el diarreico Blastocystis. O bien miterocitos (de μήτηρ, madre): “Avances en el cultivo de miterocitos de médula ósea”, no suena mal.

Ahora bien, cuando se frivoliza inadecuadamente con las raíces griegas surgen neologismos completamente incorrectos y malsonantes. Algunos de los más difundidos actualmente incluyen los lexemas –orexia y –fobia.

Se emplea fobia (de φόβος, miedo) para referirse al temor patológico hacia algo. Ejemplos los hay a docenas en psicología y psiquiatría. Por extensión se usa fobia para referirse a evitación, como al usar hidrofóbico para algo que repele el agua. Y recientemente, aunque menos correcto, se ha usado fobia como odio o rechazo desde un grupo humano hacia otro. Aquí aparecen términos periodísticos como islamofobia y homofobia.

En el caso de homofobia la construcción etimológica es completamente incorrecta, pues no se refiere al rechazo a la homosexualidad, sino al miedo a lo semejante, ya que homo (ὁμός) significa igual o similar y como tal es una raíz extensamente utilizada: homólogo, homófono, homónimo, homogéneo, etc. Curiosamente el palabro homofobia está admitido por la Real Academia, aunque precisa que proviene del inglés homophobia. Según Wikipedia el término lo introdujo el psicólogo americano George Weinberg en 1971, y a partir de allí se popularizó.

¿Cómo se diría más apropiadamente? En griego clásico se usaba cinedo (κίναιδος) para referirse al homosexual, aunque el término se aplicó en origen al bailarín que se prostituía, así que cinedofobia podría interpretarse de modo peyorativo, o peor aún, confundirse con cinofobia (temor a los perros). Según el traductor Google, en griego actual homosexual se dice ομοφυλόφιλος (homofilófilo, cachondo el término), así que bien podría hablarse de homofilofilofobia. Se comprende que no es un término bonito para la gran masa; seguiría triunfando el pegadizo aunque incorrecto homofobia.

Adenda 2015: la 23ª edición del Diccionario de la Lengua de la RAE ha aceptado el prefijo homo- como significativo de homosexual, por ejemplo en ‘homofobia’ o en ‘homoerotismo’, y la palabra ‘homo’ como apócope coloquial para homosexual. No me convencen estas inclusiones. En el caso del prefijo es una fuente de confusión entre los dos significados tan diferentes que ahora se aceptan al mismo. ¿Un homotrasplante es un trasplante homosexual o es un trasplante de tejido de otra persona? Ciertamente hay trasplantes homo y trasplantes hetero, pero no ocurrirían estos dobles sentidos si ‘homo’ y ‘hetero’ se usaran únicamente en su significado original y no reduciéndolos a una conducta sexual.

Por su parte el lexema orexia se emplea en Medicina para referirse al apetito y sus alteraciones: hiper o hiporexia para mucho o poco apetito, y anorexia para la ausencia completa del mismo. La anorexia nerviosa es una forma de anorexia de origen psiquiátrico que se ha hecho del dominio público. Quizás por su similitud en cuanto a actitud obsesiva y relación con la alimentación, se ha inventado vigorexia como un opuesto de la anorexia nerviosa. Por suerte tal palabrejo aún no está incluido en el DSM-IV (chuletario de trastornos psiquiátricos), pero goza de extensa difusión en los medios y en campos como nutrición o psicología. Literalmente vigorexia sería comer vigor, lo cual no tiene mucho sentido ni describe la obsesión de quienes la sufren de adquirir masa muscular a costa de horas de gimnasio, dieta hiperproteica y esteroides. Bien podría usarse miofilia (de μυς, músculo), aunque el término ya está cogido para aquellas flores miófilas que desprenden olor a carne pasada para atraer moscas; o dinamofilia (de δύναμις, fuerza, poder o potencia).

El colmo quizás sea esa frivolidad llamada tanorexia, ¡dios mío!, del inglés tan (bronceado, moreno) para indicar la obsesión por tomar el sol y achicharrarse los tegumentos. No dudo que tal actitud sea patológica, dada la evidencia de los efectos del exceso de radiación UV sobre la piel. Se podría tirar de heliofilia para los que no pueden vivir sin sol, melanofilia para los que desean a toda costa ponerse negros con sol o cabinas UV, o mabrismofilia (de μαυρισμα, bronceado). Personalmente, me confieso un férreo heliofóbico (¿o tanofóbico?).

hermosa piel dorada

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