Conocimiento científico, pensamiento científico

Hoy me pondré filosófico. La culpable de ello es de la directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), Belén Crespo. Muchos estaréis al tanto del plan de autorizar formalmente la comercialización de productos homeopáticos como si fueran medicamentos, y del revuelo que han provocado sendas escandalosas entrevistas que esta funcionaria concedió a El Mundo y El País; o bien las periodistas responsables tuvieron muy mala uva o bien las declaraciones emitidas fueron rebuznos a hocico abierto. Por ello llevamos muchos días de ebullición en redes sociales y todo aquel escéptico con blog ha puesto su opinión al respecto.

Sobre la ausencia de fundamentos científicos de la homeopatía podéis encontrar extraordinario material en internet, desde la más básica demostración del fraude mediante química elemental (1,2,3) o la refutación de la alucinatoria teoría de la memoria del agua y su supuesta evidencia científica (1,2), hasta filigranas ejemplares como el cálculo de por qué el cadáver de Bin Laden disuelto en todos los océanos del mundo no llega a alcanzar  una dilución suficientemente extrema para tener rango terapéutico homeopático.

Aquí quiero abordar el tema desde la vergüenza que me causa la práctica de este fraude por parte de médicos, licenciados en universidades, con su título oficial legal y registrado. No deja de asombrarme que los médicos practicantes de homeopatía han estudiado lo mismo que yo, han recibido más o menos las mismas asignaturas, han estudiado bioquímica, fisiología y farmacología; si dominan lo básico de estas asignaturas (eso espero si están ejerciendo) ¿cómo pueden dar crédito a semejante práctica? ¿Cómo puede haber amparo desde organizaciones colegiales y hasta de universidades a tales variedades de chamanismo?

Quizás habría que buscar el fallo en la escasez de pensamiento científico en nuestra profesión. No es lo mismo pensamiento científico que conocimiento científico, aunque ambos conceptos se relacionen estrechamente.

El conocimiento científico se refiere a informaciones concretas obtenidas como conclusión de investigaciones realizadas. Así sabemos, por ejemplo, el punto de ebullición de una sustancia aunque no la hayamos medido en persona, o que un determinado fármaco se depura a través del hígado, o incluso que la Tierra es una esfera, aunque pocos puedan decir que la han circunnavegado o la han visto desde el espacio.  El conocimiento científico es fácil de adquirir, está en los libros de texto y fuentes referenciales, basta con hincar los codos y leer.

En cambio, el pensamiento científico es mucho más difícil de dominar porque no nos es innato ni fisiológico a los humanos. Al humano le atrae lo asombroso, le entusiasma lo sobrenatural, prefiere relaciones causa-efecto sencillas y directas, prefiere explicarse algo por obra divina o fantástica o hasta dejarlo en misterio antes que explicaciones complejas pero lógicas. Preferimos que nos cuenten una historia a que nos presenten evidencias; damos por hecho veraz lo que nos cuenta alguien que nos inspira confianza y por naturaleza acatamos el parecer de las figuras de autoridad. Eso no es malo, es lo que somos, lo que arrastramos en nuestra herencia de especie.

Por ello el pensamiento científico no es natural para el humano y exige un esfuerzo intelectual añadido. El pensamiento científico es crítico, no asume un postulado por fe sino porque cumple una serie de características: es racional, posee coherencia interna y externa (respecto a los conocimientos previos), sus conclusiones son resultado de la aplicación del método científico y por tanto se trata de un resultado verificable por terceros.

El problema en las facultades médicas es que la enseñanza se basa casi por completo en impartir conocimientos científicos y se deja muy abandonada la enseñanza del pensamiento científico. Es bastante lógico, por lástima, pues es tal el volumen de los contenidos del pensum que no bastaría la ya prolongada duración de nuestra carrera para realizar además un aprendizaje crítico de cada asignatura. Vamos, que la orientación de la enseñanza médica va claramente dirigida a la adquisición de habilidades para un oficio, como si fuera una versión XXL de la FP (formación profesional).

La parte mala de esto es que un endeble pensamiento crítico en los médicos nos hace fácil presa de charlatanes, a saber:

  • Pseudomedicinas y terapias alternativas, que las hay a puñados, ninguna con aval científico de peso. Los médicos que asumen estas modalidades se mezclan con practicantes no médicos, carentes de formación científica, rebajando nuestro Arte a la altura de curanderos, iluminados, ritualistas orientales, metafísicos y conspiranoicos. Ello me causa vergüenza.
  • Farmacéuticas: la propia industria se vale de nuestra debilidad formativa para meternos bolas sobre nuevos productos y nuevas indicaciones terapéuticas. Así, en ocasiones nos presentan fármacos más caros que tienen un perfil similar a otros más antiguos y económicos, o nos venden suplementos nutricionales con más que dudoso efecto protector ante las enfermedades anunciadas. Se tira del marketing para presentarnos datos que si tuviesen suficiente evidencia bastarían por sí mismos. ¿Y quiénes son los encargados de traernos estos datos? Pues son los…
  • Visitadores médicos: partiendo de la simpatía y el respeto por quienes se han visto obligados a subsistir de tal oficio, no deja de resultarme llamativo que los laboratorios nos envíen a comerciales de orígenes y niveles formativos muy dispares, en general con baja cualificación en materia científica. Los preparan con unos cursillos básicos y los lanzan a enfrentarse a profesionales de la salud a quienes deben explicar datos farmacológicos y estudios clínicos. Nos dejan unos folletos con colorines y un bolígrafo de propaganda. Ese es el respeto que nos tiene la industria.
  • Opiniones de “expertos”: cosa que todos vivimos en los congresos de la profesión, en especial en las “mesas redondas” donde cada experto invitado nos da su personal receta sobre un tema. Y es algo que muchos hemos hecho, coger el micrófono y responder sin rubor “yo lo que hago es…” demostrando que no manejamos mucho los niveles de evidencia de la investigación clínica. Otro problema es que entre los expertos se pueden colar charlatanes y figuras de dudosa sinceridad científica.
  • Artículos cuestionables en revistas: el principal combustible del avance médico es el conocimiento vertido en las miles de publicaciones científicas que se editan en el mundo. En principio los artículos pasan un filtro de revisión, pero aun así se cuelan trabajos dudosos. Por suerte el conocimiento científico es verificable, de modo que tarde o temprano las falsas conclusiones son puestas en evidencia. La sola lectura de un paper valorando la metodología o el manejo estadístico ya nos alerta del crédito que se puede dar al mismo. Extraña cuando un autor publica un tratamiento con elevadísima tasa de efectividad y que luego ya no se vuelva a hablar del tema.

Y si tales debilidades científicas presentamos los encargados de velar por la salud y la vida humana, no es de extrañar que el público general se deje influir por cualquier corriente, aparentes expertos, vendedores de novedades y sesgos de medios comunicativos.

La adquisición de pensamiento científico racional y crítico debería ser universal, pues cualquier ciudadano puede sacar beneficios de ello, y no en temas específicos de ciencia sino en la vida diaria, en protegerse ante engaños de marketing, manipulaciones mediáticas, engañifas políticas, etc.

Volviendo a la reciente polémica homeopática os recomiendo curiosear el hashtag #NoSinEvidencia en Twitter, o a sumaros a la petición al Ministerio de Sanidad en change.org. Con estos temas termina pasando como con ciertos asuntos políticos, religiosos o deportivos, donde uno acaba por no hablar de ellos con amigos y colegas adeptos porque la cosa acaba en gresca.

Nota: advierto de antemano a los internautas que pretendan colocar comentarios en defensa de las terapias pseudocientíficas que se ahorren y me ahorren la molestia. Este es un simple blog personal y no un espacio de debate público, y paso de dar cancha al proselitismo chamánico y de perder tiempo refutando tontadas.

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3 comentarios en “Conocimiento científico, pensamiento científico

  1. Para sorpresa de muchos y tras un largo periodo de apoyo a la práctica de pseudoterapias como ésta, vuestro Consejo General se ha posicionado recientemente con una actitud que le honra:
    https://www.cgcom.es/noticias/2013/12/13_12_17_medicamentos_homeopaticos
    Mientras, los farmacéuticos, que nos pasamos 5 años de carrera (bueno, yo siete y un febrero) usando en número de Avogafros decenas de veces al día, tenemos una presidenta del Consejo General de Colegios que pracrica y recomienda esta mancia en su botica y seguramente ha influido en la decisión del Ministerio de Sanidad de “legalizar” el “agua con memoria que pongo en bolitas de azúcar”.
    Felicidades por el blog.

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    • Sí, realmente se agradece este comunicado de la Organización Médica Colegial, a pesar que se refiere a terapias no convencionales sin especificar cuáles, muy asépticamente, y apenas nombra la homeopatía en el encabezado.
      Sin embargo, por otra parte muchos Colegios médicos siguen ofertando cursos relacionados con tales “terapias”, por ejemplo el de Barcelona auspicia cursos de homeopatía, acupuntura, terapia de biorregulación y otras “medicinas complementarias”, que así las llaman en su web. Ofrecen también un “máster” de medicina naturista (impresionante temario) auspiciado por el Colegio de Médicos de Barcelona, el Colegio de Enfermería de Barcelona, la Universidad de Barcelona y la Universidad Autónoma de Barcelona. ¡Qué carajo es esto!
      Los colegios suelen tener su sección de “terapias complementarias” y ello no deja de ser un apoyo y un reconocimiento para estas prácticas. No entiendo que se llame medicina complementaria, pues no hace falta ser médico para practicarlas, ni hace falta ser sanitario, farmaceuta, fisioterapeuta ni nada. No hay que tener conocimientos de fisiología y patología para mandar pildoritas y flores de Bach.
      Supongo que en el área de farmacia habrá un apoyo significativo a las pseudoterapias, aunque sea por el pico de dinero que origina la venta de productos alternativos.

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