Nombres incorrectos en Medicina: el Síndrome del Centurión

En el número de marzo de 1993 de la revista Ophthalmology apareció un trabajo firmado por Timothy Sullivan, Richard Welham y el célebre Richard Collin, del aun más célebre hospital Moorfields de Londres, presentando una serie de 13 pacientes con lagrimeo debido a una anomalía del tendón cantal medial (TCM) que desplazaba el punto lacrimal hacia delante y lo separaba del globo ocular. Estos autores bautizaron a esta condición como Síndrome del Centurión (aquí el abstract).

Este síndrome del centurión es poco frecuente, se observa en personas jóvenes y más en varones. Los afectados suelen tener un puente nasal muy prominente (vamos, lo que se dice una pedazo de tocha, quilla o napia que les arranca desde la frente) lo cual determina que la inserción del brazo anterior del TCM esté desplazada a un plano más anterior de lo normal. También se han descrito medidas de exoftalmometría bajas, indicando un enoftalmos relativo. Este desbalance entre nariz prominente/ojos hundidos hace que el extremo medial del párpado quede despegado del globo ocular, de modo que el punto lacrimal es incapaz de drenar correctamente la lágrima acumulada en el lago lacrimal. Suele ser bilateral y los síntomas se acentúan tras el crecimiento puberal. No todos los casos tienen puente nasal prominente o enoftalmos relativo; el factor determinante es cuán anterior esté la inserción del brazo anterior del TCM.

Perfil característico de un paciente con síndrome del centurión: puente nasal muy anterior y eversión del punto lacrimal inferior. Tomado de Ma'luf et al. OPRS 2006

Perfil característico de un paciente con síndrome del centurión: puente nasal muy anterior y eversión del punto lacrimal inferior. Tomado de Ma’luf et al. OPRS 2003.

Separación entre el punto lacrimal inferior y el globo ocular por desplazamiento anterior del tendón cantal medial (vista cenital). Tomado del Dr. Medel.

Separación entre el punto lacrimal inferior y el globo ocular por desplazamiento anterior del tendón cantal medial (vista cenital). Tomado del Dr. R. Medel.

La exploración clínica suele bastar para hacer el diagnóstico. Su tratamiento es relativamente sencillo, pues con desinsertar el brazo anterior del TCM se elimina su vector de tracción y así el párpado vuelve a su posición correcta. Otras modalidades quirúrgicas asocian reinserción del tendón cortado justo detrás de la cresta lacrimal anterior, plicatura de los retractores del párpado inferior, conjuntivoplastia y puntoplastia, según el caso. Sólo hay un puñado de artículos publicados y con series cortas (ver PubMed).

Configuración normal del canto medial (izquierda) y su distorsión en el caso del mal llamado síndrome del centurión (derecha). Imagen original de Ilustración Médica

Configuración normal del canto medial (izquierda) y su distorsión en el caso del mal llamado síndrome del centurión (derecha). Imagen original de Ilustración Médica

En cuanto al motivo de bautizar esta anomalía como síndrome del centurión los autores se limitan a decir lo siguiente:

“We use the term Centurion syndrome to describe the anomaly, recognizing the similarity in nasal structure between our patients and descriptions of Roman Centurions.”

Y se quedan tan anchos, sin más datos ni citar referencias. ¿Qué descripciones? ¿De un centurión en particular, de una fuente en concreto? En el libro de oculoplástica de la serie Instant Clinical Diagnosis in Ophthalmology añaden: “su nombre deriva de la semejanza de los pacientes con los centuriones romanos en sus cascos”. Los autores de los demás artículos se limitan a repetir casi textualmente las palabras de Sullivan et al. sin aportar ninguna otra justificación.

¿Por “descripción de centuriones romanos” se refieren a un texto clásico, un relieve, escultura o mosaico, una evidencia arqueológica…? No sé si haya restos óseos identificados de un centurión romano, dada la costumbre de los romanos de pro de incinerar a sus difuntos. En cuanto a textos clásicos hay múltiples anécdotas sobre centuriones, pero no he encontrado ninguna referente a sus narices y ojos. Hay muchísimos relieves romanos que representan legionarios, como las columnas de Trajano y de Marco Aurelio o lápidas funerarias de soldados y centuriones. Su observación tampoco me ha resuelto la duda.

¿Por qué los autores dicen centuriones y no legionarios romanos? ¿Cómo era el casco que usaban unos y otros? ¿Tenían los centuriones una deformación laboral que les hacía crecer la nariz como a pinocho? ¿Era requisito para el ascenso en el ejército romano tener una pedazo de tocha en la cara? ¿O es que los centuriones lloraban más que cualquier otro militar?

El centurión Lucio Voreno, de la serie Roma (HBO), con su casco pseudo-montefortino de atrezo. Obsérvese la cresta transversal indicativa del rango de centurión. No pillo ninguna semejanza con el síndrome homónimo.

Repasemos: centurión era el suboficial de mayor rango dentro de la legión romana. Los centuriones eran nombrados por ascenso dentro de la propia tropa y tenían por encima a los oficiales (tribunos, legados y generales). Cada centurión comandaba una centuria, que no era un grupo de 100 soldados sino de 80 (el nombre de centuria proviene de una división de la población civil a partir de la cual se llamaba a los varones a filas en la época más antigua). Dentro de los centuriones de una legión había uno de rango superior, llamado primus pilus y era el principal responsable tanto administrativamente como durante las maniobras militares. Los centuriones inspiraban respeto a sus subordinados, pues habían logrado ascender a costa de valentía en el campo de batalla y de putear disciplinariamente a sus colegionarios.

Reconstrucción de casco de centurión tipo gálico-imperial. Sigo sin pillar lo del síndrome.

Se acepta de modo general que los centuriones se distinguían de la tropa por portar un casco con un penacho transversal de crines o plumas, a diferencia del casco de la tropa que no tenía penacho excepto en los desfiles de gala. Como el centurión se colocaba en la primera fila de su centuria, el penacho transversal permitía una mejor visibilidad por parte de la tropa a su espalda en comparación con una cresta sagital (más propia de los oficiales).

El casco de la legión romana, llamado galea o cassus, fue modificándose a lo largo del milenio de historia romana. Antes del siglo I a.C. cada soldado compraba su equipamiento a su gusto, con lo que no había unidad de uniforme; después de la reforma del ejército llevada por Cayo Mario, siete veces cónsul, el Estado se encargó del equipamiento y se uniformó la indumentaria. Los especialistas distinguen varias familias de cascos: montefortino, coolus, gálico-imperial, itálico imperial y tardorromano. Hay un tipo adicional, el yelmo ático, quizás el más famoso por el cine del Hollywood dorado y por los fantoches disfrazados para turistas en los aledaños del Coliseo; el tipo ático se ve en relieves monumentales pero curiosamente no se ha encontrado ningún vestigio arqueológico de época romana.

Lápida de Tito Calidio Severo mostrando su equipo de centurión (Kunsthistorisches Museum de Viena)

Los cascos más antiguos eran de bronce, después se fabricaron de latón, hierro o acero. Llegaban a pesar un par de kilos y el legionario se lo encasquetaba sobre un gorrito de lana que hacía de amortiguación. El diseño general constaba de la calota de cubrimiento craneal, dos carrilleras articuladas para protección facial y un ala posterior para protección de la nuca. El casco de época imperial tenía un refuerzo frontal transversal que aumentaba la resistencia a los impactos anteriores. El modelo podía adecuarse incluso a una campaña concreta, como el casco de las guerras dácicas, con refuerzos en cruz en la parte superior para resistir las hostias propinadas por el falx de los dacios, híbrido de guadaña y machete.

Relieve de hoplita en la crátera de Vix (Francia)

Hasta ahora no veo relación entre un centurión o su equipamiento con una inserción anómala del tendón cantal medial, por lo que llego a la conclusión que lo de síndrome de centurión es una cagarruta historiográfica. Supongo que la confusión viene por asimilar la facies de puente nasal prominente de los afectados con el perfil que se aprecia en representaciones de antiguos guerreros con un casco con protección nasal. El casco romano nunca llevó pieza de protección nasal, excepto a finales de la época imperial, donde hubo gran diversidad de modelos de casco. La protección nasal se hizo frecuente en los yelmos de la Edad Media. Debo suponer, sin embargo, que el casco que tenían en mente los artistas del Moorfields era el de los hoplitas griegos, abundantemente representado en escultura y cerámica y del que existen numerosas piezas arqueológicas.

Hoplitas luchando, cerámica del siglo V a.C. Museo Arqueológico de Atenas. ¿Serán estos perfiles más acordes con el síndrome?

El hoplita era el soldado de infantería pesada de la falange griega. Solía portar un casco (o kranos) de bronce con unas anchas carrilleras no articuladas que tapaban casi toda la cara y las orejas, y una pieza nasal que descendía desde la frente. El modelo de yelmo más común era el casco corintio, el cual podemos ver (semi-encasquetado) en los famosos bustos de los estrategos griegos como Pericles y en muchas estatuas de Atenea (incluso Brad Pitt en el churro de Troya lleva un casco similar pero más abierto, tipo calcídico, para no tapar su teomorfo rostro, y los machotes de la película 300 usan algo lejanamente parecido). El casco corintio tenía la desventaja de limitar el campo visual y la audición del soldado, a diferencia del posterior modelo romano.

Colección de cascos de estilo corintio en el Museo arqueológico de Olimpia (foto del blog Euterpe y los Clionautas)

Entonces, resultaría más correcto hablar de síndrome del hoplita en vez de centurión, aunque sonara más repipi, o más específicamente síndrome del casco corintio, más petete aún, o para ceñirse a la fisiopatología, síndrome de epífora rinomegálica o algo similar.

¿Es muy importante esto? La verdad no mucho, considerando que se trata de una condición poco frecuente y que apenas puede interesar a una minoría de especialistas en vía lacrimal. Sin embargo este bautizo nosológico errado pone en evidencia un pilar del pensamiento científico: verificar la información. Se podría excusar a los autores originales, pues hace 20 años no había el acceso a la información por internet en la misma magnitud de hoy, aunque en cualquier biblioteca municipal habrían podido verificar lo que era un centurión y un hoplita. Menos excusable es la falta de referencias que argumenten el apelativo en el trabajo original. Y más chungo es lo de quienes han escrito sobre el tema recientemente, pues se han limitado a repetir lo leído en otro artículo sin contrastar la información y sin atisbo de crítica al respecto.

En fin, es lo bueno que tiene pertenecer a la élite anglosajona, que puedes escribir sobre cualquier cosa, publicarlo en la primera revista de tu especialidad y después todos dan máxima veracidad a lo publicado. De haber sido yo quien describiera tal condición a lo mejor le pongo síndrome de la italiana con facies equina somnolienta, y la cosa no habría pasado de un póster que nadie habría leído en un congreso. Pero en fin, no fui yo quien tuvo la perspicacia de describir éste ni ningún otro síndrome, así que me callo.

¡Feliz Navidad!

Sobre los modelos del casco romano y su uso en el cine hay un interesante artículo de David Pérez Maestre, de la Universidad de Granada en Arqueología y Territorio de 2006. La figura de Cayo Mario se puede disfrutar en las novelas “El Primer Hombre de Roma” y “La Corona de Hierba” de Colleen McCullough, las dos primeras de una serie de novelas sobre el último siglo de la República Romana, de muy recomendable lectura.

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3 comentarios en “Nombres incorrectos en Medicina: el Síndrome del Centurión

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