Diapocumento: no es diapositiva ni documento

Esto me recuerda al brunch, que no es breakfast ni lunch, sino que es una mariconada. Las diapositivas no pueden soportar más información de la que admite su formato, mientras que un documento de texto sí permite verter mayores cantidades de información escrita. Si se atiborra una transparencia de texto y figuras lo que se obtiene no es una diapositiva para presentación sino una página de libro. Para leer un documento prefiero sentarme en casa tranquilamente con un whiskito y no estar atrapado en un auditorio leyendo en una proyección mientras el orador me distrae hablando.

Ese abominable frankenstein que sale de hibridar un documento con una diapositiva ha recibido, en inglés, el nombre de slideument (slide + document). Tan descriptivo término aparece en los textos de Garr Reynolds y Nancy Duarte. En la edición española de 2010 de “Presentación zen” de Reynolds se opta por traducirlo como “diapositimento”, palabro bastante malsonante y menos asimilable en su pleno sentido que “diapocumento”.

El diapocumento es una atrocidad perteneciente a la familia de las

El diapocumento es una atrocidad perteneciente a la familia de las “diapomierders”, caracterizada por proyectar ingentes cantidades de texto con mínimo componente visual. Es de los vicios más frecuentes en la comunicación científica.

El origen del diapocumento podría estar en confundir las diapositivas con los apuntes del discurso. Antes de la universal presencia de apoyos multimedia en las presentaciones lo común era tener el discurso escrito y leerlo, a la manera en que aún se hace en círculos políticos y algunos actos institucionales, o al menos contar con fichas de apuntes para no perder el hilo oratorio. Pareció lógico, pues, volcar lo que por método se escribía en tales fichas dentro de la diapositiva proyectada. Crasa cagada. Las notas del orador son para uso exclusivo del orador, no para ser vistas y leídas por todo el auditorio.

La cosa es que tan negativo método de usar PowerPoint se convirtió en un estándar corriente. Lo lógico era escribir en la diapo todo lo que se iba a decir, no fuera cosa que después uno se olvidara de algún punto. Resultado: transparencias cargadas de texto en forma de apretadas listas de viñetas, o peor aún, en forma de párrafo completo y hasta con márgenes justificados… Y así una diapo tras otra.

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Incluso con las imágenes se tiende a “diapocumentar”, quizás por atavismo persistente de cuando había filminas físicas que se llevaban a revelar, pues uno apretaba más de lo debido para no pasarse de lo que cabía en un carrete fotográfico. Ahora qué sentido tiene juntar en una misma diapo cuatro, seis o doce fotos, o cuatro gráficos de barras, si no hay necesidad de visualizarlos simultáneamente con fines comparativos. Bien puede cada imagen disfrutar de su proyección en solitario, en tamaño grande y con total protagonismo sin que ello implique más tiempo de exposición.

Otro tanto se debe hacer con el texto: dividir el contenido en varias diapos, en vez de optar por una interminable lista de puntos, y mejor aún, podar el texto al máximo para dejar sólo aquellas palabras y frases claves del discurso.

Se ha comparado el diapocumento con el teleprompter, que es ese cacharro usado por los presentadores de las noticias y que proyecta secuencialmente el texto que nos van contando mientras parece que miran a la cámara. El teleprompter también se emplea con frecuencia en discursos de políticos y de grandes ejecutivos; incluso la afición de Obama a este artefacto le ha valido punzantes críticas de sus adversarios.

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Obama con su inseparable par de pantallas de teleprompter.

La diferencia entre el teleprompter y el diapocumento es que el primero es para uso exclusivo del orador y, si se usa con pericia, no resulta obvio ni molesto. Pero imaginemos que un día mirando las noticias nos apareciera sobreimpresa en la pantalla la parrafada que está diciendo el presentador. ¿A quién no le parecería absurdo, inútil y molesto leer lo mismo que nos están diciendo?

La velocidad de lectura mental es mucho mayor que la velocidad de lectura oral, en una persona media. Así que si tanto el orador como el público están leyendo el mismo diapocumento proyectado, la mayoría de los asistentes habrá terminado de leer el contenido mientras el orador aún discurrirá a medio camino. Esto aburre al público enormemete.

El desastre diapocumental no solo afecta a la elaboración de diapositivas sino a la preparación de documentos anexos a la presentación. En ciertos tipos de presentación, como clases, cursos, informes de resultados de experimentos o proyectos, es conveniente aportar un texto impreso con mayor cantidad de información, resultados detallados, bibliografía, etc. La solución salchichera habitual es imprimir las diapositivas, las mismas que se proyectan, tal cual, a seis diapos por página, pegarles una grapa y ya está. De un tiro se matan dos pájaros.

Tal solución es mala tanto para la presentación, por exceso de información proyectada, como para el documento impreso, por contenido limitado y no bien explicado. Hay que ajustar el contenido a cada formato para aprovechar las ventajas de cada uno: haz diapos concretas que sirvan de apoyo visual a la exposición, y documentos bien redactados donde quede por escrito el desarrollo de las ideas que verbalmente explicaste.

Volviendo al uso de fichas o chuleta escrita como apoyo al orador, tenemos la impresión de que usar tal recurso nos deja en mala posición, como si no hubiésemos preparado bien la exposición. Realmente no tiene nada de punible subirse al escenario con un papel en la mano, especialmente si es una presentación larga o en otro idioma. Peor impresión da el orador que lee la diapositiva o aquél que se pierde en su discurso. La versión más moderna y discreta de estas chuletas es la “vista del moderador” disponible en PowerPoint y Keynote, donde el ponente, y sólo él, puede ver sus notas, la secuencia de diapositivas próximas y hasta controlar el tiempo de la performance.

En conclusión, las diapos son para proyectar y no para imprimir, son un apoyo visual y no una chuleta. El documento impreso debe estar redactado para explicar las ideas completamente pues no hay un orador que aclare las dudas al lector. Cada formato tiene su finalidad.

El diapocumento es un monstruo digno de un bestiario, perfecto acompañante de esos seres quiméricos mitad persona y mitad otra cosa, como esfinges, sirenas, centauros o tritones, o animales fantásticos compuestos con partes de otros, como grifos, basiliscos, mantícoras o endriagos. Normalmente estos seres traían nefastas consecuencias a quienes se cruzaban con ellos.

Termino con una pequeña presentación que resume lo aquí expuesto sobre este feo vicio comunicativo. Puede verse en AuthorStream y en SlideShare.

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7 comentarios en “Diapocumento: no es diapositiva ni documento

  1. No lo mencionas pero seguro que lo conoces: la mayor crítica que conozco al “diapocumento” es la de Edward Tufte en The cognitive style of powerpoint, donde argumenta que la catástrofe del trasbordador espacial Columbia en 2003 pudo deberse a la sustitución de los documentos por presentaciones PowerPoint en la NASA, con la consiguiente pérdida de información y detalles. Tengo entendido que la NASA se lo tomó en serio, prohibieron seguir usando PowerPoint de esa manera, y volvieron a los documentos tradicionales.

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    • Saludos de nuevo, Enrique.
      Lo de la Nasa con PowerPoint es para caerse de culo. Las diapositivas que cita Tufte sobre el informe del Columbia son un percance mental, el diapocumento en su estado más cristalino. Es imposible sacar un dato claro de esa presentación.
      Pero la cosa tuvo un antecedente muy similar: la catástrofe del Challenger en 1986. La Nasa pidió un informe sobre la seguridad para el despegue de unas juntas de goma a su fabricante, la Morton Thiokol, y la respuesta diapocumental no permitió sacar una conclusión adecuada. El resultado lo sabemos. Este caso es referido por Michael Alley en su libro “The Craft of Scientific Presentations”.
      Ambos ejemplos son muy reveladores de la importancia que tiene la adecuada presentación de datos.

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      • El libro de Alley es muy recomendable, especialmente por estar orientado a presentaciones científicas, a diferencia de la mayoría de textos de presentaciones (Tufte, Godin, Duarte, Reynolds, Álvarez Marañón, Abela) enfocados en marketing y mundillo empresarial.
        Donde falla un poco Alley es en el aspecto puramente estético del diseño de diapositivas, pero explica muy bien la estructuración de las presentaciones. Añade numerosas anécdotas sobre conferencias de grandes de la ciencia como Faraday, Hertz, Bohr o Feynman.

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