Frutos y semillas en la Anatomía humana

Bodegón de Arcimboldo

Uno de los famosísimos bodegones antropomorfos de Arcimboldo (1527-1593).

Por supuesto que no voy a tratar sobre cocos, melones o peras aplicados a la anatomía femenina, ni de nabos, yucas o bananas en el caso viril, pues ya conocéis mi aversión a tales vulgarismos coloquiales de mal gusto… Existen, sin embargo, algunas estructuras de nuestra anatomía cuyo nombre formal y académico deriva de cosas comestibles. Ya había comentado en un post de metáforas gastronómicas que a partir de la uva provenían los nombres anatómicos de úvula y úvea. Hoy me referiré a unas pocas estructuras relacionadas con frutos secos y legumbres.

Almendra

Tendemos a pensar que todas las palabras castellanas que comienzan por al- son de origen árabe. En el caso de la almendra nos confunde aún más el amplio uso de este fruto seco en la cocina tradicional árabe, pero en realidad almendra proviene del griego αμύγδαλα (amígdala). El vocablo pasó al latín como amygdala, al latín vulgar como amindula y de allí a las lenguas romances: amande (fr), mandorla (it), amêndoa (pt), améndoa (gall), ametlla (cat), migdală (rum). También deriva su nombre en lenguas no romances: almond (in), mandel (alemán, noruego, danés y sueco), migdałowy (pol), möndlu (islandés) y también su traducción en holandés, ruso, checo, estonio, magiar, finés y hasta en japonés y coreano.

Es obvia la relación amygdala-almendra con la anatomía, pero dicha relación no fue lineal ya que el nombre de amígdala para referirse a los órganos linfoides faríngeos no proviene de la tradición grecolatina. En latín las amígdalas de la garganta se llamaban tonsillae, y en griego antiguo paristhmion (“a los lados del istmo” de las fauces). La comparación de las tonsilas con la forma oval almendrada sí que proviene de los árabes, quienes las llamaban literalmente “almendras”: al-lauzatani, o su singular al-lauz (1, 2). Fue probablemente a través de los textos de Avicena cuando se tradujo del árabe al latín adquiriendo la forma amígdala, y así la tenemos desde finales de la Edad Media.

El nombre de amígdala se hizo genérico para los agregados linfoides rino-oro-faríngeos, de modo que además de las amígdalas palatinas están la amígdala faríngea de Luschka, las tubáricas de Gerlach y la lingual, que forman una aduana en la faringe llamada anillo de Waldeyer, descrita por Heinrich Waldeyer-Hartz (1836-1921).

El sistema nervioso central también cuenta con estructuras amigdalares, pero no linfáticas: se trata de las amígdalas del cerebelo y del lóbulo temporal, de nuevo bautizadas así por su forma almendrada.

malformación de Chiari

Amígdala cerebelosa (flecha) desplazada por debajo de la base del cráneo (línea amarilla) en la malformación de Chiari. Modificado de www.radiopaedia.org.

La amígdala cerebelosa es un saliente ovoideo y par ubicado en la parte inferior del cerebelo, justo debajo del lóbulo flóculo-nodular, abrigando desde atrás al tallo cerebral. Su implicación más relevante es su peligro de herniación: ante aumentos bruscos de presión intracraneal las amígdalas cerebelosas pueden desplazarse hacia abajo, a través del foramen magnus, apachurrar el tallo cerebral con sus centros cardiorrespiratorios y acabar en fallecimiento. Otra forma de herniación mucho más frecuente es la debida a la malformación de Arnold-Chiari, donde las amígdalas se encuentran escurridas a través del foramen magnus hacia el canal raquídeo. Con frecuencia es un hallazgo casual, pero otras veces el Arnold-Chiari se relaciona con siringomielia, meningocele, paresias de pares craneales e hipertensión intracraneal.

amígdala del lóbulo temporal

Ubicación de la amígdala cerebral y su relación con el hipocampo (www.jneurosci.org).

La amígdala del lóbulo temporal o núcleo amigdalino es una de las estructuras cerebrales más fascinantes. Filogenéticamente es una estructura muy antigua, por lo que se relaciona con funciones y conductas primitivas como el olfato, el miedo y las emociones irracionales. Los núcleos amigdalinos se ubican en el extremo anterior de los lóbulos temporales; están conectados con otras estructuras del sistema límbico como el trígono, el hipocampo, ciertos núcleos del tálamo y el gyrus cinguli. Este sistema en el que se originan las emociones primitivas, el deseo sexual, la ira o el miedo, está bajo el control más o menos férreo de los lóbulos frontales, de allí que cuando éstos se desconectan (los neuros hablan de frontalización, aunque debería ser desfrontalización) el individuo muestra desinhibición, comportamiento social inadecuado o labilidad emocional.

La lesión de ambos lóbulos temporales que daña las amígdalas se manifiesta por hipersexualidad, hiperoralidad, masturbofilia y algunas agnosias de tipo visual. Tal cuadro se llama síndrome de Klüver-Bucy por los investigadores que lo describieron en monos con lesión experimental de las amígdalas. Como condición clínica en humanos es muy rara, alguna vez por encefalitis herpética. Tuve oportunidad de ver un Klüver-Bucy de verdad en una paciente con neurocisticercosis y ciertamente la señora andaba más salida que el peñón de Gibraltar.

Piña piñonera

Como sabemos, las coníferas son árboles que se reproducen a través de frutos compuestos en forma de cono. En griego se usaba kônos para denominar los cuerpos de extremo puntiagudo, específicamente el fruto de las coníferas, mientras en latín se decía pinea de donde viene nuestra palabra piña. Desde la Antigüedad la glándula pineal recibió su nombre por su forma más o menos cónica similar a la piña piñonera.

Ilustración original de

Ilustración original de “The Anatomy of Humane Bodies Epitomized” de Thomas Gibson, 1703, mostrando la cara dorsal del tallo cerebral, con la pineal (F) sobre la lámina cuadrigémina formada por las “nalgas” (nates, GG) y los “testículos” (testes, HH).

La glándula pineal o epífisis es uno de los órganos más cargados de controversia esotérica a lo largo de los tiempos. Diferentes corrientes filosóficas y religiosas le han atribuido poderes especiales: tercer ojo, chacra, ojo del alma, asiento del espíritu, etc. Las primeras menciones se atribuyen a Herófilo y Erasístrato, pero es de Galeno la descripción más antigua que sobrevive. En aquella época la glándula se llamaba conarium o pinea y se discutía su papel como válvula de los pneumas que fluían por el encéfalo. Tal pastel fue sucesivamente distorsionado hasta el punto que el insigne Descartes atribuyó a tan exiguo fragmento tisular la condición de ser asiento físico de la mismísima alma, vaya por dios (3). Otra imagen curiosa fue dada por el anatomista Thomas Gibson (1647-1722): el muy cochino describió la pineal como un pene pequeñito que pendía sobre el par de cojones de los colículos inferiores. Tendría un problema, pues en esas regiones del cuarto ventrículo también veía “nalgas”, “vulvas” y “anos” (4).

Durante el s.XIX se descartaron las teorías esotéricas y filosóficas carentes de base, y la pineal paso a ser considerada un vil vestigio inútil. Esto cambió tras el descubrimiento de la melatonina por Aaron Lerner en 1958, quien aisló los primeros 100 µg a partir de 100 kg de pineales bovinas (unas 200.000 unidades, poco más, poco menos). Desde entonces la pineal ascendió a órgano neuroendocrino en toda regla (5).

La producción melatonina varía según los períodos de luz y oscuridad debido a la conexión neural entre la vía óptica y la pineal. De esta manera la actividad de la pineal se relaciona con los ritmos de sueño/vigilia y la modulación de ritmos circadianos de otros sistemas como, por ejemplo, algunas vías hormonales hipotálamo-hipofisarias. Sin embargo, no está demostrada la utilidad terapéutica de la melatonina en trastornos del sueño, y su venta farmacéutica como “suplemento” ha impedido que la melatonina y la pineal se terminen de despojar de ese velo misterioso del que ahora se aprovechan terapias pseudocientíficas y charlatanes varios.

Guisantes y lentejas

Esto ya tiene menos miga. Del nombre latino de guisante, pisum, proviene la denominación de uno de los huesos del carpo, el pisiforme. Se trata del más pequeño de los ocho huesos de la muñeca, fácilmente palpable en el extremo medial de la fila superior del carpo. En este hueso se inserta el tendón del músculo flexor carpi ulnaris, antiguamente músculo cubital anterior. De hecho, más que insertarse el pisiforme está rodeado por el tendón de este músculo a modo de hueso sesamoideo. Ésta es otra referencia anatómica seminal (de semilla, quiero decir) que compara los granos de sésamo con los pequeños núcleos de osificación que se forman en el espesor de un tendón. Existen en varios lugares y tienden a ser inconstantes. Según esta definición la mismísima rótula sería un gran hueso sesamoideo alojado en el tendón del cuádriceps.

Otra leguminosa, la lenteja, en latín lens, lentis o lentícula, con su forma de disco biconvexo, cedió su nombre a las lentes ópticas de vidrio y por extensión se describe como lenticular aquello con forma de lente. Obviamente, la lente natural por excelencia es el cristalino ocular, lens crystallina en literatura clásica. Su parecido con una lenteja alcanza el máximo en el estadio de catarata marrón, como se observa tras una extracción extracapsular de catarata.

Otros nombres derivados de este origen son el núcleo lenticular de los ganglios basales del cerebro, el pequeñísimo hueso lenticular del oído medio, entre el yunque y el estribo (cuando está), y el lentigo, término aplicado a lesiones pecosas de la piel.

Higos

Una historia fascinante que va desde la gastronomía a la ciencia es la de cómo el higo dio su nombre a la sacra víscera del hígado. El nombre griego para el hígado era ηπαρ / ηπατος (hépar / hepatos) mientras en Roma se conocía como iecur. ¿Cómo se pudo llegar de iecur a hígado y qué pintan los higos en ello?

La respuesta está en uno de los manjares de lujo más antiguos: el foie gras. Tiempo tuvieron nuestros ancestros para notar que las aves palmípedas cazadas en el momento de su migración tenían unos hígados más grandes, grasos y sabrosos que en otros momentos del año. Se trataba del hígado hipertrófico pre migratorio, fenómeno fisiológico mediante el cual las aves anátidas se ceban solitas y acumulan calorías antes de su larga travesía. Ya domesticados los patos y las ocas, se quiso obtener un resultado similar cebando las aves a conciencia.

La receta sigue vigente hoy: alimentación hipercalórica a base de carbohidratos y limitación de la actividad física del ave. Exactamente lo mismo que debe hacer un humano para ganarse una diabetes y una esteatosis hepática.

alimentación de ocas en egipto

Tareas pecuarias en Egipto. En la esquina inferior izquierda se observa un hombre sentado sobre un ganso, embuchándole alimento (clicar para aumentar). Relieve de una tumba proveniente de Giza, de la Dinastía VI (2323-2150 a.C). Museum of Fine Arts, Boston.

Tenemos evidencias de la crianza de anátidas para obtener foie gras desde Egipto. Algunos relieves procedentes de tumbas del Reino Antiguo muestran las maniobras de embuchado de patos y gansos. En otro post apunté que también son del Reino Antiguo la mayoría de las estatuas de obesos egipcios, ¿será casualidad? El consumo de hígado graso fue común para otros pueblos mediterráneos, incluyendo por supuesto a griegos y romanos.

Para el engorde de las aves se usaban cereales e higos secos. Se decía que la mejor calidad del hígado se obtenía con patos cebados con higos (ficum), y así el iecur ficatum pasó a ser una auténtica especialidad gastronómica. En el Libro VII de la Re Coquinaria de Apicio se da un par de recetas de ficatum, diferenciando este precursor del foie gras de otros hígados no esteatósicos empleados en el recetario, y que son mencionados como iecur o iecinera. También mencionan el rico iecur ficatum Horacio, Plinio el Viejo o Columela, entre otros.

La cosa es que con el paso de los siglos se fue haciendo coloquial el uso del iecur ficatum para referirse a cualquier víscera hepática; posteriormente se perdió el iecur y del ficatum provino el nombre dado al órgano en las lenguas romances: nuestro hígado (transformación de figado, documentado desde el s.XIII), fegato (it), foie (fr), fígado (pt y gall), fetge (cat) y ficat (rum). Este fenómeno también ocurrió en la lengua griega, pues de su antiguo foie gras, ηπαρ συκώτον (hépar sycoton, de syco, higo) proviene el nombre del hígado en griego moderno, συκώτι. Incluso el término en lenguas anglosajonas, como liver o leber, parece provenir de una raíz que significa “grasoso-pegajoso” (6).

Actualmente la industria foiegrasera es uno de los frentes de lucha para los movimientos pro derechos animales, quienes acusan de maltrato hacia las aves cebadas a la fuerza y enclaustradas. Cierta razón tienen, y está bien que se intente obtener el engorde por métodos menos agresivos para el animal, lo mismo que cualquier “humanidad” en el trato a los animales de cría. Pero de allí a las posturas radicales de algunos de estos colectivos pues ya no. Y menos que intenten sus objetivos mediante legislación arbitraria, proponiendo hasta la prohibición de venta y consumo del foie gras.

Los enemigos del consumo de productos cárnicos animales muestran una evidente cortedad de miras al sentirse mal por matar para comer y asimilar para sí el sufrimiento de nuestros hermanos animales. Se mata también a los vegetales para comerlos, aunque no sea patente ningún sufrimiento. No hay otro modo de nutrirnos que matando y comiendo otras criaturas, al menos hasta que nos metan cloroplastos transgénicos en nuestras células. La biología elemental de una planta tiene suficientes similitudes con la humana como para considerar al vegetal o al hongo tan “hermanos” como a cualquier animal: tenemos la misma base química orgánica, su ADN usa el mismo código que el nuestro, se replica y se transcribe de igual manera, tienen ribosomas, membranas y enzimas como nosotros. Esas levaduras que fermentan el pan hacen la misma ruta de glicólisis que nuestros eritrocitos o nuestras neuronas, y sin embargo se asesina a las levaduras en el horno como agradecimiento de sus servicios.

Así que seguiré consumiendo foie gras tranquila y ocasionalmente.

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2 comentarios en “Frutos y semillas en la Anatomía humana

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