Médicos kamikaze (I): bebedores de veneno

En estos días de Navidad la gente se vuelve más generosa que durante el resto del año (yo no, yo soy un cabronazo estable en la línea de tiempo) y además de dar regalos se preocupan por la suerte de sus congéneres menos favorecidos, como si el resto del año no pasaran necesidades.

La Medicina tiene un importante aspecto filantrópico y humanitario inherente a su naturaleza de asistencia al enfermo y al débil, cosa que actualmente vemos magnificada en el personal sanitario que actúa en zonas de peligrosas epidemias, como la de Ebola, o en zonas de conflicto armado. Sabemos que no son pocos los profesionales que sufren y hasta perecen víctimas de contagio, secuestros, accidentes o actos violentos.

Existe otra forma de poner en peligro la propia vida en aras de la Ciencia: la auto-experimentación, probar en uno mismo el efecto de una sustancia, someterse a procedimientos novedosos o emplearse como cobaya para probar una hipótesis.

¿Se dejaría usted inyectar un virus mortal sin cura conocida? ¿Se tomaría muestras de venenos para determinar la dosis tóxica? Los ejemplos de auto-experimentación en la historia de las ciencias son numerosos; vamos a recordar cuatro ejemplos de gente que arriesgó su pellejo por la Medicina.

A ver qué me pasa si…

En un post anterior dedicado al botulismo comenté que el primero en estudiar esta enfermedad, el alemán Justinus Kerner (1786-1862), también fue el primero en obtener un extracto venenoso a partir de los alimentos contaminados con la toxina y en probarlo consigo mismo. Aún sabiendo la potencial mortalidad del botulismo y el carácter paralizante de la toxina observado en enfermos y en pequeños animales sometidos a ésta, el doctor Kerner se aplicó en el hocico un gotero del extracto tóxico. Tuvo suerte de padecer una forma leve de botulismo, pero pudo llevarse un disgusto.

Purkinje

El gran Purkinje, fisiólogo y anatomista bohemio.

Esto es nada comparado con el auténtico yonki experimental que fue Jan Evangelista Purkyně (1787-1869), más conocido en su grafía Purkinje –se ve que el apellido se pronuncia ‘purkiñe’ o algo así–. Este fisiólogo checo, famoso por sus epónimas células del cerebelo y fibras cardíacas, desde jovenzuelo gustaba de meterse en el body cuanto potingue farmacológico pillaba.

La experiencia probablemente más peligrosa la tuvo Purkyně en los años 20, cuando tragó una cantidad de Digitalis purpurea varias veces superior a la dosis letal para un gato con el fin de explorar sus efectos tóxicos. Bien sabemos que la intoxicación digitálica es potencialmente mortal, pero por suerte Purkyně era joven y de corazón sano. Sufrió, eso sí, una buena bradicardia y todos los síntomas visuales propios de la intoxicación por digoxina. De hecho fue el aspecto visual el que lo condujo a intoxicarse y no el cardíaco –describiría una década después las fibras de Purkinje del sistema de conducción ventricular.

Además se intoxicó voluntariamente con trementina, alcanfor, opio y belladona, entre otras lindezas (ver un artículo). Vivió hasta los 81 años, tras una muy fructífera carrera.

Como quien se bebe un actimel

Los químicos y boticarios siempre habían tenido inclinación a probar el sabor de sus compuestos, mientras que los antiguos médicos solían catar olfativa y gustativamente deyecciones, exudados y fluidos varios de sus pacientes. Pero a partir de mediados del s.XIX también tuvieron la oportunidad de beberse cultivos microbiológicos.

Eso fue lo que hizo el bávaro Max von Pettenkofer (1818–1901) en plenos tiempos de lucha entre partidarios y opositores de la teoría microbiana de Pasteur y Koch. El cólera causaba importantes brotes epidémicos en gran parte del mundo, pero se desconocía su causa. Snow en 1848 detectó el papel del agua contaminada como fuente de contagio y en los años siguientes Budd y Pacini describieron “bichitos móviles” en el agua y las cacas contaminadas.

Uno que sí se dejó el pellejo investigando el cólera fue el francés Louis Thuillier, quien contrajo la fatal diarrea durante un brote en Egipto en 1883. Fue Robert Koch quien demostró que el vibrión colérico aislado en Egipto era igual al que él mismo cultivó en la India y que era el agente causal del cólera.

Pettenkofer

Max von Pettenkofer, higienista y preventivista alemán.

El veterano Pettenkoffer, pionero de la medicina preventiva alemana, no era amigo de la teoría microbiana sino de la clásica teoría de las miasmas. Decía que para que ese supuesto Vibrio causara el cólera hacía falta un factor ambiental que lo trasmutase. Y para darle en toda la jeta a Koch decidió demostrarlo bebiéndose él mismo, a sus 74 años, junto con algunos colaboradores, un cultivo repleto de Vibrio cholerae. Y no tuvo cólera.

No tuvo cólera según dijo él mismo, pero se ve que padeció alguna cagalendra y que alguno de sus discípulos pasó un par de días sin levantarse de la taza. A Pettenkofer no lo mató la toxina colérica sino el plomo, el plomo de la bala que se metió en la cabeza a sus 83 años debido a una depresión.

Noventa años después hubo otro paladín que se bebió un cultivo, en este caso para demostrar que el germen sí era causa de una enfermedad. En 1981 el residente de gastroenterología Barry Marshall comenzó a colaborar con el patólogo Robin Warren, en el Royal Perth Hospital de Australia. Warren andaba tras la pista de una bacteria identificada en biopsias de pacientes con enfermedad ulceropéptica. Hasta entonces esta enfermedad se consideraba únicamente un problema de la secreción ácida estomacal y allí se centraban los esfuerzos terapéuticos.

Marshall y Warren

Barry Marshall (izquierda) y Robin Warren (derecha), los descubridores del Helicobacter pylori y su implicación en la enfermedad ulceropéptica.

Warren y Marshall detectaron la presencia de bacterias en la muestras de la mayoría de los 100 pacientes con gastritis o úlcera gastroduodenal estudiados. También lograron cultivar la bacteria tras bastantes esfuerzos: se trataba del hoy famoso Helicobacter pylori. Así lo comunicaron en Lancet en 1984.

Aunque la evidencia estadística apoyaba el papel del H. pylori en la úlcera gastroduodenal, aún faltaba demostrar que la inoculación del bicho conducía a la enfermedad. Debido a lo complicado de su cultivo y a la imposibilidad de reproducir la enfermedad gástrica en animales de laboratorio, Marshall tomó la decisión de tragarse un cultivo de H. pylori y a los pocos días ya tenía una gastritis de tomo y lomo que mejoró tras el tratamiento antibiótico apropiado. Ahora la terapia contra el Helicobacter es una pauta estándar en los pacientes con úlcera péptica. Y Barry Marshall recibió el Nobel de Medicina en 2005, junto con Warren.

En el próximo post veremos otro ejemplo de auto-experimentación llevada a extremos más sorprendentes aún.

Feliz 2015, gente.

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