Médicos kamikaze (II): el vómito negro

Aedes aegypti

Mosquito Aedes aegypti, principal vector de la fiebre amarilla, el dengue y el chikunguña. Su nombre se debe a las líneas blancas del lomo, similares a una lira como la de los aedos griegos. (Vía www.sccgov.org)

Con este inmundo nombre se denominaba antiguamente a la fiebre amarilla, enfermedad febril hemorrágica causada por un flavivirus transmitido por la picadura del mosquito Aedes aegypti. Nada de su origen se sabía hasta principios del s.XX. Antes sólo se conocía su letalidad y cómo sus brotes fueron aumentando a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, en paralelo con el comercio de esclavos. Esta enfermedad causa fallo hepático (de allí el apelativo de “amarilla”), fallo renal y diátesis hemorrágica, incluyendo la hematemesis a la que se debe el apelativo de “vómito negro”.

Se suponía que la fiebre amarilla era contagiosa, pero no se sabía cómo y se atribuía su aparición a la condensación de las inefables miasmas. En el descubrimiento de su modo de transmisión hubo varios casos de médicos kamikazes bastante extremos, alguno especialmente asquerosito. Veámoslos.

Autopringue

Aunque la fiebre amarilla es propia de zonas tropicales de África, Suramérica y el Caribe, llegaron a darse brotes en latitudes tan septentrionales como Pensilvania o Barcelona. A finales del s.XVIII y principios del s.XIX hubo frecuentes epidemias en el área de Filadelfia y Baltimore. Se dictaron reglas de cuarentena suponiendo un mecanismo de contagio similar al del sarampión o la viruela. Las observaciones hechas por Nathaniel Potter (1770-1843) le hicieron dudar de la transmisión por contacto directo y para demostrarlo, en 1797, el Dr. Potter probó a envolverse la cabeza con un turbante de toallas mojadas con sudor de enfermos con fiebre amarilla. Se quejó de la pestilencia del gorro pero no sufrió la enfermedad. Posteriormente se inoculó con exudado de enfermos y tampoco pasó nada.

Este arriesgado experimento queda como un juego de niños comparado con lo que hizo poco después en Filadelfia el médico Stubbins Ffirth (1784–1820). Decidido a comprobar qué tan contagiosa era la fiebre amarilla, comenzó inoculando muestras del vómito negro a gatos y perros, sin resultados positivos. A continuación se inoculó él mismo, primero colocando sobre un corte hecho en su brazo unas gotas de vómito de un paciente. Luego en un corte en el otro brazo y luego en otras partes, así hasta 20 veces. Envalentonado, se colocó unas gotas de vómito en el ojo y siguió sin enfermar. Después puso a hervir vómito en una cazuela mientras aspiraba los vapores. Después se hizo unas píldoras con el sedimento obtenido y se las tomó, y permaneció sanito. Lo siguiente fue tragarse un buche de vómito negro recién obtenido. Por último se pinchó varias veces con suero sanguíneo, con saliva y con bilis de enfermos. Y todo esto repetido múltiples veces. Nada, como una rosa.

Tras la prolongada demostración de guarro masoquismo, Ffirth concluyó que la fiebre amarilla no era para nada contagiosa. Así lo publicó en su tesis de grado “A treatise on malignant fever: with an attempt to prove its non-contagious nature” en 1804 (ver aquí el facsímil donde se pueden leer los 15 experimentos realizados). Lo había probado todo menos que lo picara un mosquito infectado. Se supone que las muestras usadas por Potter y por Ffirth provenían de pacientes en fase avanzada, en los que la viremia ya era baja. O quizás Ffirth pudo inmunizarse con las exposiciones repetidas a virus debilitados. Quien sabe.

alimentando mosquitos

Alimentando mosquitos en un centro de investigación. Sigue habiendo héroes en la ciencia. (Vía www.alexanderwild.com)

Picaduras voluntarias

Finlay

Carlos Juan Finlay (vía Project Gutenberg)

El papel del mosquito como vector fue propuesto por el cubano Carlos Finlay (1833-1915), quien expuso su teoría en 1881, aunque no logró demostrarla claramente pues no consideró que el virus tenía un período de incubación dentro del mosquito. La confirmación tuvo que esperar hasta pasada la guerra hispano-norteamericana, en la cual hubo mucho más bajas debidas a la fiebre amarilla que a actos de combate.

Estados Unidos envió una comisión de estudio a Cuba en 1900, encabezada por Walter Reed, James Carroll, Arístides Agramonte y Jesse Lazear. A Carroll le parecía una bobada lo del mosquito vector, mientras Lazear era favorable a la idea y llevó a cabo experimentos con Aedes facilitados por el propio Finlay. El primer voluntario en dejarse picar por un mosquito infectado fue el propio Carroll, quien contrajo la enfermedad pero se recuperó. También se inoculó a otros voluntarios del ejército americano, introduciendo por primera vez el uso del “consentimiento informado”. El mismo Lazear contrajo la fiebre amarilla, no se tiene claro si por una picadura accidental o por inoculación voluntaria, pero no tuvo suerte y falleció con apenas 34 años.

Reed, Carroll, Agramonte, Lazear

Miembros de la comisión de estudio de la fiebre amarilla enviada por el ejército norteamericano a Cuba. (Vía Yellow Fever Collection)

Hubo que esperar hasta 1928 para aislar el virus de la fiebre amarilla gracias a Max Theiler (Nobel en 1951). Actualmente el control del insecto vector y la vacunación han restringido la difusión de la fiebre amarilla. Podéis leer una reseña histórica sobre la fiebre amarilla este artículo del Trans Am Clin Climatol Assoc. 1976;87:69.

Estos ejemplos de auto-experimentación resultan impresionantes, pero actualmente hay suficiente estructura metodológica y ética en la investigación para ahorrarnos semejantes actos heroicos, amén de la limitada evidencia obtenida por casos únicos.

Buena parte del personal sanitario actual tiene otra forma de inmolarse, llamada presión asistencial. Lo común en la sanidad pública es enfrentarse con listados de consulta interminables, quejas por las esperas, etc. Tiene miga que en una consulta de especialista (al menos es lo que ocurre en oftalmología) haya colegas que se alcancen cien visitas en una jornada, citas cada 5 minutos o hasta 3 o 4 pacientes citados a la misma hora. ¿Tiene sentido? El resultado es gente cabreada, gerentes obsesionados por lograr números bonitos al final del año y personal sanitario quemado y requemado.

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4 comentarios en “Médicos kamikaze (II): el vómito negro

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