La importancia de llamarse…

En el recién finalizado año 2017 se cumplieron 250 años del fallecimiento del compositor alemán Georg Philipp Telemann (1681-1767), aunque no fue un aniversario celebrado significativamente. Cierto que cada año hay un montón de efemérides para recordar y que siempre se festejan más los números redondos que aquellos con medios siglos. Pero ello me sirve para reflexionar sobre el olvido relativo o absoluto de buenos creadores artísticos en favor de las afamadas superestrellas de sus respectivos tiempos.

telemann, bach, handel

Retratos de los tres pelucones alemanes del barroco. Tomado de un post de PartitULE, Universidad de León, sobre el 250º aniversario telemanniaco.

En el caso de Telemann esas estrellas que lo opacan son, ni más ni menos, su compadre J.S. Bach y su paisano Händel. Ya es mala suerte ser el músico más prolífico de todos los tiempos, haber escrito música de una calidad excepcional y haber contribuido en los movimientos orquestales europeos del s.XVIII, pero tener que coincidir con ese par de titanes inmortales.

Pues eso, que Telemann está reconocido como el compositor que más obras hizo, más que Bach, más que Händel, muchas más que Haydn, Mozart o incluso Lady Gaga. No hay un catálogo definitivo de sus obras y muchas se han extraviado, pero lo que queda es simplemente vastísimo y resta un montón por grabar en disco.

Chacona del cuarteto parisino No. 6 de Telemann, por el conjunto barroco Nevermind.

Sin embargo, ese sentido de fama y admiración actual hacia los grandes compositores no siempre es equivalente a la fama que disfrutaron en sus respectivos tiempos. Telemann tuvo en vida mayor reconocimiento en Europa central que Händel (quien se fue a buscar las castañas a Londres) y mucho más que Bach, humilde músico de iglesia. Telemann no provenía de familia de músicos, como Bach, sino que estudió derecho en Leipzig y la música fue su hobby hasta que mandó las leyes al carajo y se dedicó a componer y dirigir a tiempo completo. Trabó estrecha amistad con J.S. Bach y fue el padrino y profesor de su hijo más famoso, Carl Philipp Emanuel Bach.

Mozart es hoy una estrella indiscutible, pero en su época estuvo a la sombra —en cuanto a popularidad y éxito comercial— de Sallieri, Paisiello o el propio Haydn. ¿Cuántas personas con una cultura media conocen a Giovanni Paisiello, Domenico Cimarosa, Johann Albrechtsberger, Carl Ditters von Dittersdorf o Marianne von Martinez? ¿Cuántos conciertos y grabaciones se hacen con música de Antonio Sallieri, Martín y Soler, Ignace Pleyel, Carl Stamitz o Christian Cannabich —no tiene que ver con Melendi, a pesar del apellido—? Todos ellos fueron contemporáneos de Mozart.

Se interpreta relativamente poco a Telemann, Corelli o Scarlatti, pero menos aún a Ignaz Biber, Kapsberger, Buxtehude, Caldara, Porpora, Barbara Strozzi y, en fin, el listado de artistas de la generación de Bach y Händel es larguísimo. Por suerte el movimiento de recuperación de la música antigua no pierde aliento.

bannerpresentaciones

¿A qué se debe que algunos hayan logrado una fama para la posteridad y otros hayan caído en relativo olvido, independientemente de su popularidad en vida? No hay un único factor que lo explique:

  • Cantidad de obras: sin duda un repertorio amplio debería favorecer el reconocimiento del autor, pero muchos de los nombrados anteriormente tienen catálogos tan extensos como poco interpretados. En el extremo contrario están los compositores famosos por una única obra, como Ponchielli (La Gioconda), Umberto Giordano (Andrea Chénier) o Carl Orff (Carmina Burana); siempre están en programa, pero el resto de sus trabajos son rarezas.
  • Éxito comercial: Händel sacó buenos beneficios de su compañía de ópera, mientras Bach siempre fue un recatado músico de capilla al servicio de algún noble; Muzio Clementi triunfó como empresario, compositor y concertista al tiempo que Mozart moría arruinado y seriamente endeudado.
  • «Padrinos»: Sallieri estuvo mucho mejor posicionado en la corte austríaca que Mozart o Haydn; de hecho, todos los músicos anteriores a Beethoven estaban obligados a ponerse al cobijo de un noble adinerado.
  • Redescubrimiento: algunos autores olvidados tuvieron la suerte de ser recuperados décadas o siglos después por otros músicos que apreciaban adecuadamente su trabajo. El ejemplo más claro es el rescate que hizo Mendelssohn de las obras de J.S. Bach casi un siglo después de morir éste. El pianista Horowitz intentó recuperar en el s.XX las obras de Clementi, pero sin tanto éxito.
  • Ámbito geográfico: ciertamente los británicos y alemanes son más dados a proteger su patrimonio musical que en otros países. En estas Españas hay un buen puñado de interesantes compositores de los siglos XVII y XVIII que no los tocan ni con un palo pringado en caca.
  • Calidad de las obras: al final aquí debe estar la principal explicación, pues la valoración subjetiva de las composiciones de Bach o Mozart supera holgadamente a la media de sus respectivos contemporáneos. Pero ¿realmente Telemann componía peor que Bach o Händel? Afirmar eso sería mucho decir. Cada uno tenía su estilo personal y géneros en los que destacaba más: Händel en ópera y oratorio, Bach en cantatas religiosas y música de teclado, y Telemann en conjuntos de cámara, conciertos para solista y suites orquestales.

Siguiendo con el tema de la calidad musical, ¿saldrían los autores famosos favorecidos en una cata auditiva a ciegas respecto a sus colegas menos conocidos? Algo de esto intentó Mikhail Simkin, profesor de ingeniería eléctrica de la UCLA, interesado en estudiar la fama desde la vertiente científica y los modelos estocásticos (¡bien!, siempre quise usar esta palabra en una redacción). Colgó una pequeña encuesta en internet con diez fragmentos de obras de Mozart y Sallieri, para que el oyente decidiera quién era el autor de cada pieza. El resultado de 11.000 test fue una tasa de aciertos de 60%, casi igual a la que se obtendría lanzando una moneda a cara o cruz; concluye Simkin que no es posible diferenciar por calidad intrínseca las obras de Mozart y Sallieri, pues suenan muy similares. La encuesta aún es accesible en este link, por si a alguno le interesa hacerlo.

Este estudio no es más que un divertimento publicado domésticamente en los archivos de la Universidad de Cornell (ver aquí) y su metodología es más que discutible. Sin embargo refleja cómo el nombre del autor puede sesgar la apreciación de una obra. Esto pasa también el literatura y artes plásticas. Como dice el refrán, cría fama y échate a dormir.

En lo personal me inclino a atribuir a la música de Mozart o Bach un algo que no tienen otros, un alma que toca muy profundo. Ello no quita que haya decenas de buenos compositores que merezcan ser redescubiertos e interpretados en los circuitos de conciertos y ópera, en vez de ciertas castañas del siglo XX que no le gustan al público ni a los músicos que por obligación las tocan.

Uno de los pocos homenajes a Telemann del año 2017 fue una interesante serie de episodios en el programa Grandes ciclos de Radio Nacional (escucharlos aquí). De lo que sí se salvó Telemann fue de caer víctima del maligno oftalmólogo Taylor, como les ocurrió a Händel y Bach según relatamos en este post.
Este 2018 se cumplen 250 años de la muerte de José de Nebra (1702-1768, compositor maño del barroco, pero no creo que esto será muy reseñado en los medios.

 

«Ceterum censeo Podemus esse delenda»

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s