La amusia de Ravel

Nunca deja de sorprender que haya músicos sordos y que a pesar de esta limitación sean capaces de componer obras magníficas. Los afectados se han quejado amargamente de esta suerte (desde el divino Beethoven a los menos divinos Smetana o Fauré), pues ¿puede haber algo peor para un músico que no poder oír? Pues resulta que sí lo hay: que la música desaparezca de su cerebro.

La lesión de las áreas neurológicas que procesan la información musical hace que el afectado pierda la capacidad de apreciar melodías, leer o tocar música. La jodienda en cuestión se llama amusia.

Quizás el caso más famoso de amusia sea la triste enfermedad que acabó con el genial Maurice Ravel. El 28 de diciembre de este 2017 se cumplen justo 80 años del fallecimiento del compositor, sin duda uno de los más famosos, interpretados y grabados del siglo XX. Antes de seguir leyendo háganme el favor de ir a Youtube o Spotify y ponerse música de monsieur Maurice como banda sonora.

Ravel, el dandi canijo

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El compositor francés Maurice Ravel (1875-1937).

Nació en Ciboure, pueblo colindante con San Juan de Luz, a cuatro pasos de la frontera guipuzcoana, el 7 de marzo de 1875, el mismo año que Antonio Machado y el psicoanalista Jung, y apenas cuatro días después del estreno de la Carmen de Bizet.

Su madre era de ascendencia vasca y dejó en Maurice un trasfondo del folclore musical euskaldún. Sin embargo, Ravel no se crio en Iparralde pues el mismo año de su nacimiento la familia se trasladó a París.

Se formó e inició su carrera en ese París de la Belle Époque de finales del siglo XIX y principios del XX que era un hervidero artístico e intelectual como pocos se han visto. Allí estaban Debussy, Satie, Fauré o Hahn, allí acudieron Manuel de Falla y Stravisnky, Matisse, Braque y Picasso, allí Diaguilev contrataba y hacía colaborar a todos estos artistas en sus famosos Ballets Rusos; todo el que quería ser alguien en las artes buscaba su sitio en aquel París. Y Ravel logró su sitio en ese mundillo, donde, como en cualquier mundillo, todos se conocían y eran amigos y enemigos intermitentes, donde todos comadreaban y criticaban de frente y por la espalda a los colegas.

Ravel era el dandi impecable, perezoso y amable, aunque a la hora de componer era extraordinariamente minucioso y perfeccionista; ello, sumado a su afición a coleccionar juguetes de cuerda y cachivaches mecánicos, hizo que el ácido Stravisnky lo apodara «el relojero suizo».

La efervescencia artística del momento se detuvo cuando la Belle Époque se fue a tomar viento con la Primera Guerra Mundial. Curiosamente, aquel dandi de buena familia se empeñó en alistarse en las filas francesas pero fue rechazado por canijo, baja estatura y bajo peso. Al final logró participar como conductor de vehículos y fue a parar a Verdún. Mientras estaba en el frente fue notificado del fallecimiento de su madre, con quien estaba muy unido.

El horror de la guerra y la pérdida materna condicionaron un cambio de actitud vital en Ravel, que se hizo mucho más introvertido, taciturno, menos interesado por la vida social. También se reflejó en su música, como es lógico. El resto de su carrera como compositor y pianista fue bastante exitoso.

Si hay una palabra que define la música de Ravel es elegancia. Es una música limpia, luminosa, delicada, lo que un cursi llamaría deliciosa; hasta las disonancias las hacía elegantes. Ravel logró un sonido propio más allá de seguir el impresionismo debussyano; exploró otros horizontes, como el jazz, el blues, la música del lejano oriente, el folclore hebreo, griego, escocés y español.

Su objeto principal fue el piano, pero destacó infinitamente como maestro de la orquestación, tanto así que adaptó para orquesta muchas de sus piezas para piano y orquestó obras de otros autores —bastaría lo que hizo con Cuadros de una exposición de Mussorgsky para ganarse todo el respeto.

Don Maurice hizo frecuentes giras internacionales y recibió honores. Pero su cerebro dejó de colaborar en sus últimos años de vida.

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Historia clínica raveliana

Quede claro, de entrada, que no hay un diagnóstico definitivo de la enfermedad de Ravel. Aunque hay numerosos artículos que discuten el caso, es imposible tener certeza debido a las limitaciones de la época y a que su cerebro no fue preservado en un frasco para estudios posteriores.

Como antecedentes: fumador habitual; juventud de fiesta, trasnocho y enolismo; operado de «peritonitis» durante su servicio en el ejército; padre afectado de demencia.

El 9 de octubre de 1932 iba Ravel en un taxi por París cuando otro coche se les empotró en un cruce. Nuestro músico sufrió un traumatismo craneofacial, contusión torácica y le saltaron unos dientes. Sin embargo, no requirió mayor atención de urgencias; el mismo Ravel le quitó hierro al incidente en una carta dirigida a Falla. Casualidad o no, a partir del trauma Ravel manifestó cambios anímicos, insomnio, retraimiento y, peor aún, dificultades motrices, de memoria y lenguaje.

En realidad los síntomas neurológicos habían comenzado, de forma leve, en 1927: olvidos de alguna palabra, alguna dificultad expresiva, saltarse una parte al ejecutar una pieza, cambios de humor… Pero podía hacer una vida normal y productiva. A partir del accidente el deterioro neurológico se aceleró y, de hecho, Ravel ya no pudo componer más.

Dos manifestaciones dominaron el cuadro: dificultad para ejecutar actos motores voluntarios (apraxia) y dificultad para el procesamiento del lenguaje (afasia). Explicaré brevemente estos fenómenos, en consideración con el público general o los traumatólogos que puedan leer este artículo.

La apraxia es la incapacidad para realizar tareas motrices sin tener parálisis muscular o alteración de la coordinación. El paciente puede hacer esas tareas de modo automático o inconsciente, pero al pedirle que lo haga se queda parado o lo hace erróneamente. En la apraxia ideomotora la persona entiende lo que se le solicita y sabe cómo hacerlo, hasta puede describir los pasos para hacerlo, pero no lo puede hacer; suele deberse a lesiones frontales del hemisferio dominante. Hay otros tipos de apraxia que afectan a territorios musculares concretos, como la boca o los ojos.

La afasia es un variado conjunto de trastornos del lenguaje donde se daña la comprensión, la emisión o ambos. La famosa afasia de Broca o afasia motora limita la expresión oral y escrita, pero el paciente entiende perfectamente lo que oye o lee, incluyendo sus propios errores al hablar. En la afasia de Wernicke o afasia de comprensión, por el contrario, el afectado puede hablar y escribir, pero no tiene buena comprensión de lo que lee u oye, su habla es profusa y está llena de palabras fuera de lugar, cambiadas o inventadas. Hay afasias globales, subcorticales o transcorticales, según donde esté la lesión, y afectan de modos diferentes las capacidades de hablar, escribir, leer, oír, nominar, numerar o repetir.

Ravel sufría una apraxia motriz progresiva que no le permitía, por ejemplo, tocar el piano aun sabiendo las teclas y el orden en que debía tocarlas, o hacer tareas como encender su vicio tabáquico o nadar. Su neurólogo tratante, Alajouanine, indicó que presentaba afasia de Wernicke, pero lo que describe y lo que se extrae del relato de testigos es que se trataba de una afasia expresiva, donde Ravel tenía dificultad para encontrar las palabras adecuadas, sufría para escribir pocas palabras o notas musicales y su fluencia se fue reduciendo hasta terminar emitiendo monosílabos.

También la amusia de Ravel era de tipo expresivo, pues podía reconocer notas, melodías e intervalos, reconocía fallos de afinación o tempo, pero no podía cantar, tocar o escribir música. Por ello, a partir de 1933 apenas pudo dejar algún breve bosquejo, pero ninguna composición. Tenía proyectada una ópera sobre Juana de Arco y se quejaba con toda la debida amargura de tener la música en la cabeza pero no poder sacarla de allí.

En varios artículos se lee que los problemas neurológicos pudieron influir en algunas de sus últimas obras, especialmente en la más popular, el Bolero (1928). Es una obra melódicamente muy simple, armónicamente elemental y rítmicamente monótona, cosa que da pie a que algún neurólogo lo considere manifestación de perseveración y estereotipia propias de lesión cerebral. Pero el Bolero es esencialmente un tremendo ejercicio de orquestación, una pieza de «música sin música», como la definía su autor, un hipnótico crescendo de un cuarto de hora donde Ravel mostró toda su maestría a la hora de sumar instrumentos. Basta escuchar la riqueza de obras posteriores, como los dos conciertos para piano (en sol mayor y para la mano izquierda) y las tres canciones de Don Quijote a Dulcinea para dudar de tal hipótesis. Si una obra como el Bolero de Ravel es producto de un daño cerebral ¿qué queda para los reguetoneros y cancionistas del verano? Han de ser una legión de muertos vivientes pangangrenados.

¿Cuál es su diagnóstico, doctor?

La neurología antes de las imágenes por resonancia magnética era una cosa llena de incertidumbres. Así que ante la falta de neuroimágenes, estudio anatomopatológico o genético es imposible saber el diagnóstico, pero tanto sus médicos como los posteriores comentaristas han apuntado diversas opciones.

¿Alguna relación con el accidente del taxi? ¿Hematoma subdural? ¿Consecuencia de latigazo cervical? ¿Enfermedad vascular en un paciente fumador? ¿Variedad de demencia? El diagnóstico más apuntado ha sido la enfermedad de Pick (no confundir con la de Niemann-Pick), una taupatía (no confundir con la puta engañifa de la tautopatía) o enfermedad degenerativa por depósitos de proteína tau en forma de ovillos o cuerpos de Pick, por lo que se requiere estudio histopatológico para su confirmación, cosa que no hubo en el caso de Ravel. Actualmente se considera que la enfermedad de Pick es una variante de la degeneración frontotemporal, entidad que incluye a la demencia frontotemporal, a la afasia primaria progresiva y la demencia semántica.

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Dr. Clovis Vincent (1879-1947), neurólogo y neurocirujano de la Pitié-Salpêtrière de París.

Otros médicos tratantes de Ravel fueron Clovis Vincent y Thierry de Martel, los pioneros de la neurocirugía francesa. El Dr. Vincent —discípulo de Harvey Cushing— contempló la etiología tumoral debido al rápido empeoramiento ocurrido en otoño de 1937. Ubicó la posible lesión en área silviana derecha y optó por algo que ahora nos da escalofríos: la craneotomía exploratoria.

Ravel fue intervenido el 19 de diciembre de 1937 mediante craneotomía frontal derecha, apertura de duramadre, exploración de estructuras y punción ventricular, sin ningún hallazgo patológico reseñable. Tras salir de la operación Ravel pronunció pocas palabras y entró en un estado comatoso del que no se recuperó y falleció el 28 de diciembre a los 62 años.

El cerebro musical

Antes se simplificaba diciendo que las capacidades musicales estaban en la región temporoinsular derecha, mientras el lenguaje pertenecía al hemisferio izquierdo (siguiendo el mito del «hemisferio cretivo» vs. el «hemisferio racional»), pero hoy se sabe que en el procesamiento musical participan múltiples áreas corticales según sea el aspecto musical que se analice. Se separa la identificación de tonos, intervalos y melodías (sistema melódico), de la métrica, ritmo y tempo (sistema temporal). El sistema melódico se ubica principalmente en el giro temporal superior derecho y secundariamente en áreas frontales, mientras el sistema temporal requiere amplia participación bilateral temporal y frontal.

Las amusias son muy variables en su presentación pues, como buen idioma que es la música, puede afectar a su emisión (tocar, cantar, escribir notas) o a su recepción (oír, leer partituras); además existen amusias selectivas para cada aspecto musical.

Puede que el paciente no reconozca melodías previamente conocidas (amnesia musical), o que solamente las reconozca cuando lee la partituta pero no cuando la oye (como en este caso). Puede que pierda la capacidad de diferenciar un tono de otro (amusia perceptiva o sordera de tono) y todas las notas le parezcan igual. Puede que sea incapaz de tararear o silbar una melodía aunque la sepa y la reconozca al oírla (amusia motora), o que no pueda tocar un instrumento que dominaba (apraxia musical). O que ya no pueda leer o escribir notación (alexia musical y agrafia musical, respectivamente).

También existe una amusia congénita que parece afectar hasta a un 5 % de la población y que hace que los afectados no distingan notas, desafinen terriblemente al cantar o, en algún caso, que los sonidos musicales armónicos le resulten totalmente cacofónicos (aquí un caso relatado por el neurólogo Oliver Sacks).

Recomendaciones:

En 2012, por la conmemoración de los 75 años de su fallecimiento, el programa Grandes ciclos de Radio Nacional de España hizo una interesantísima, completísima y recomendabilísima serie de 16 programas dedicados a Ravel: aquí el podcast.

Hay un curioso peli-documental franco-canadiense llamado Ravel’s Brain, del año 2001, donde el barítono Richard Cowan hace de Dr. Clovis Vincent y canta el caso clínico sobre música del propio Ravel.

Referencias:

  • Alexoudi A, Sakas D, Gatzonis S. The “Ravel issue” and possible implications. Dementia. 2016:9-12. doi:10.1177/1471301216642066.
  • Alossa N, Castelli L. Amusia and musical functioning. Eur Neurol. 2009;61(5):269-277. doi:10.1159/000206851.
  • Cardoso F. The movement disorder of Maurice Ravel. Mov Disord. 2004;19(7):755-757. doi:10.1002/mds.20087.
  • Clark CN, Golden HL, Warren JD. Acquired Amusia. Vol 129. 1st ed. Elsevier B.V.; 2015. doi:10.1016/B978-0-444-62630-1.00034-2.
  • García-Casares N, Berthier Torres ML, Froudist Walsh S, González-Santos P. Modelo de cognición musical y amusia. Neurologia. 2013;28(3):179-186. doi:10.1016/j.nrl.2011.04.010.
  • Gasenzer ER, Kanat A, Neugebauer E. Neurosurgery and Music; Effect of Wolfgang Amadeus Mozart. World Neurosurg. 2017;102:313-319. doi:10.1016/j.wneu.2017.02.081.
  • Gasenzer ER, Kanat A, Neugebauer E. The Unforgettable Neurosurgical Operations of Musicians in the Last Century. World Neurosurg. 2017;101:444-450. doi:10.1016/j.wneu.2016.11.144.
  • Henson RA. Maurice Ravel’s illness: a tragedy of lost creativity. Br Med J (Clin Res Ed). 1988;296(6636):1585-1588. doi:10.1136/bmj.296.6636.1585.
  • Kanat A, Kayaci S, Yazar U, Yilmaz A. What makes Maurice Ravel’s deadly craniotomy interesting? Concerns of one of the most famous craniotomies in history. Acta Neurochir (Wien). 2010;152(4):737-741. doi:10.1007/s00701-009-0507-y.
  • Seeley WW, Matthews BR, Crawford RK, et al. Unravelling Boléro: Progressive aphasia, transmodal creativity and the right posterior neocortex. Brain. 2008;131(1):39-49. doi:10.1093/brain/awm270.

«Ceterum censeo Podemus esse delenda»

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La “Regla de los Tercios” en el diseño de diapositivas

La regla de los tercios: arriba se muestra la división del espacio gráfico mediante una retícula de 9 casillas. Abajo, su aplicación para encuadrar una foto del templo griego de Segesta, Siracusa.

La regla de los tercios: arriba se muestra la división del espacio gráfico mediante una retícula de 9 casillas. Abajo, su aplicación para encuadrar una foto del templo griego de Segesta, Sicilia.

Un truco de diseño gráfico sumamente útil para hacer presentaciones es la “regla de los tercios” que consiste en dividir el espacio mediante dos guías verticales y dos horizontales de manera que el espacio queda segmentado en nueve casillas, es decir, de arriba a abajo hay 3 tercios superiores, 3 tercios medios y 3 tercios inferiores, todos ellos de iguales dimensiones. Los puntos de intersección de las guías forman cuatro nodos o puntos de atención, donde conviene situar los elementos más relevantes de la diapositiva.

La utilidad de esta elemental rejilla es que permite alinear y encuadrar los elementos gráficos de manera que resulten más atractivos a la vista; da a los ojos un área primaria de atención y un camino para recorrer la composición. Además ayuda a equilibrar los elementos compositivos huyendo del centrado geométrico poco interesante y de la dispersión hacia los bordes que tampoco es agradable.

¿Por qué resulta más apetecible una composición gráfica cuando se alinea respecto a los nodos de la regla de los tercios? Esta regla es una simplificación altamente pragmática de otra regla, bueno regla no, de otra ley que rige la belleza: la proporción áurea.

Contrario a mi costumbre de introducir el dedo más allá de la flexura sigmoidea de los temas que posteo, esta vez no me adentraré en los detalles matemático-histórico-místico-artísticos de la proporción áurea; simplemente recordar que tal proporción radica en dividir una recta en dos segmentos de diferente tamaño, de modo que el más pequeño guarde con el más grande la misma proporción que el segmento más grande con la recta completa, o dicho en fórmula: a/b = a+b/a (¿queda claro?). El resultado de tal cálculo es una relación 1:1,618 o, dicho de otro modo, se obtiene el número φ: 1,618 seguido de infinitos decimales, como buen número irracional. Por cierto, se llama phi en honor a Fidias, no a Fibonacci, lectores del dominguero Dan Brown.

“Proporción áurea” y determinación del número phi

Esta relación proporcional se conoce al menos desde tiempos de Euclides y ha sido usada por  artistas plásticos y arquitectos desde entonces. La proporción áurea está presente por doquier en la naturaleza, en especial en los organismos vivos. Nuestra anatomía tiene ejemplos a puñaos de segmentos proporcionados mediante el número φ: la relación entre la distancia hombro-dedos y codo dedos, o la distancia cadera-pie y rodilla-pie se aproximan a la sección áurea, igual que la relación entre distancia interpupilar con la distancia intercantal externa de los ojos. Mientras más cerca de la proporción áurea están los rasgos de una persona o sus dimensiones corporales, más se aproxima al ideal de belleza. ¿Por qué nos parece bello lo que está regido por el número áureo? No se sabe, pero estando esta proporción tan asociada a la morfología biológica quizás nuestros circuitos neuronales la tienen incluida de serie y la sabemos reconocer y admirar inconscientemente.

A la izquierda: obtención de un rectángulo áureo y su división en casillas según la sección áurea. A la derecha su derivación pragmática como

A la izquierda: obtención de un rectángulo áureo y su división en casillas según la sección áurea. A la derecha su derivación pragmática como “regla de los tercios”

Se puede construir un rectángulo áureo y dividirlo según sección áurea: se obtienen 9 áreas pero de distinto tamaño, pues las cuatro de las esquinas son más grandes mientras la central es la más pequeña. A nivel de artes gráficas resulta más práctico dividir en 9 zonas iguales para tener una aproximación grosera pero efectiva a la proporción áurea. Así nació la regla de los tercios.

Esta regla es amplísimamente usada en fotografía y en paisajismo, pues permite encuadrar el sujeto principal de la foto de la forma más interesante o ubicar la línea del horizonte en un paisaje dando preeminencia al cielo o al suelo según se quiera. Es aplicable en imágenes verticales o apaisadas y en pantallas de formato 4:3 o widescreen (esta última tiene una relación 16:9 o 16:10 que se aproxima a la proporción áurea). Puede verse esta regla dentro de la composición de famosas obras pictóricas como muestro es esta serie de ejemplos (disponible en AuthorStream, SlideShare y Calameo):

No quiero decir que los artistas hayan usado esta regla de modo intencionado, ni que sea la técnica primordial de composición, pero demuestra cómo la aproximación a los tercios hace que un cuadro pueda resultar equilibrado y hermoso.

Naturalmente la regla de los tercios nos viene perfecta para diseñar las diapositivas de una presentación, pues ayuda a disponer los títulos, textos e imágenes guardando un equilibrio espacial adecuado. Y, naturalmente, las plantillas por defecto que trae el PowerPoint no tienen nada que ver con la proporción áurea ni con tercios ni con buen gusto, de modo que hay que adaptarlas o descartar su uso.

El truco está en ubicar los elementos relevantes cerca de los nodos de intersección de las guías. El nodo más importante es el superior izquierdo y el menos llamativo el inferior derecho, supongo que por el sentido de lectura al que estamos acostumbrados (desconozco si este patrón es diferente en árabes o chinos). Las guías verticales y horizontales también son útiles para alinear cuadros de texto o listas de viñetas de manera armónica.

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El software de PowerPoint tiene la opción de mostrar guías en la pestaña Vista. Por defecto aparece una guía horizontal y otra vertical que se cruzan en el centro de la diapositiva. Afortunadamente pueden moverse y añadirse más guías para aplicar fácilmente la regla de los tercios y diseñar las diapos más rápido y con mejor estética.

Es recomendable seguir la regla de los tercios, pero no debe convertirse en una limitación, puede obviarse cuando sea conveniente. Con frecuencia nos interesará una imagen perfectamente centrada o un cuadro de texto excéntrico.

En la siguiente presentación muestro ejemplos del uso de la “regla de los tercios” en el diseño de diapositivas (disponible en AuthorStream, SlideShare y Calameo):

La gente de Ciencias solemos tener una cabeza fuertemente cuadriculada como consecuencia de nuestra propia formación. Los médicos no escapamos de ese rígido sentido de la ortogonalidad que nos va muy bien para nuestro oficio, pero que suele ser una limitación a la hora de trabajo creativo, como diseñar una presentación. Por ello es frecuente la carencia estética en nuestras presentaciones y que uno se limite a usar las plantillas hechas por informáticos de Microsoft, aunque esté demostrado que la mente de los informáticos es la antimateria del buen gusto artístico (así, generalizando). Por ello la regla de los tercios es una solución a gusto de todos, pues sin dejar de usar una cuadrícula se logra un efecto relajado, armónico y elegante.