Un señor llamado Stent

Aneurisma de aorta torácica descendente tratado mediante un estent intravascular. Imagen de Akin I., Kische S. et al. vía PubMed Central.

A casi todo el mundo le suena stent por los tubitos que se ponen en las arterias coronarias y otros vasos en trance de obstrucción para restituir la circulación, aunque las aplicaciones de estas prótesis son variadísimas en diferentes campos de la Medicina. Menos popular es el origen de la palabra stent, pues no es un simple anglicismo sino que se trata de un epónimo derivado de Charles T. Stent.

El término proviene, pues, de un nombre propio que se transformó en un nombre común. Un destino compartido también, entre otros, por Girolamo Cardano o François Barrême, con sus apellidos inmortalizados en el artefacto del cardán y el listado de cálculo del baremo, respectivamente.

La historia del desarrollo de los stent va desde las selvas tropicales del sudeste asiático, pasando por la silla del dentista, los cables eléctricos submarinos y los cirujanos de la Primera Guerra Mundial, hasta llegar a la moderna radiología intervencionista.

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Llenando la boca de látex

La cosa empieza con la gutapercha, un tipo de látex extraído de árboles del género Palaquium, oriundos de Malasia. Este plástico es el isómero trans del 1,4-poliisopreno (el caucho es su isómero cis y proviene de otro tipo de árbol). Durante el s.XIX la gutapercha se popularizó como material industrial polifacético para fabricación de objetos, aislamiento eléctrico o impermeabilización, tal como se usan ahora los plásticos sintéticos. (Ver aquí algunos posts del profesor Yanko.)

Un dentista llamado Edwin Thomas Truman (1818–1905) inventó un sistema optimizado de preparación de la gutapercha para emplearla en su oficio, por ejemplo en rellenos dentales o piezas protésicas. Truman patentó su procedimiento en 1848 (ver aquí) y tan bien funcionó que años después se usó para recubrir los cables submarinos trasatlánticos de transmisión telegráfica. Actualmente la gutapercha sigue siendo un material empleado en endodoncia.

La pasta de Charles Stent

Charles Thomas Stent (1807-1885), dentista inglés inventor de la pasta de moldeado para impresiones dentales posteriormente usada en otros campos quirúrgicos. Imagen vía Circ Cardiovasc Interv, 2011.

En la época de Truman también se intentó usar la gutapercha para hacer moldes de impresiones dentales, pero no funcionaba demasiado bien pues el material sufría retracción al enfriarse y solidificarse, de modo que la huella dental no quedaba fiel. El otro modo de hacer impresiones dentales era con yeso, cosa bastante engorrosa de usar dentro del hocico.

Aquí aparece Charles Thomas Stent (1807-1885), un dentista inglés que al igual que Truman llegó a ser odontólogo de la Casa Real británica. En la década de 1850 trabajó en una nueva pasta para impresiones dentales a partir de gutapercha mezclada con sebo (estearina, para ser finos), talco como agente de carga y unas gotitas  de colorante rojo. Este flamante material de Stent resultó un éxito odontológico y el señor Stent creó una compañía para producir y comercializar el producto. También fabricó un brazo articulado para aplicar su pasta de moldeado. Falleció a los 78 años de carcinoma hepático y su empresa siguió en manos de sus hijos.

Actualmente las impresiones dentales se obtienen usando pasta de alginato o de polisiloxanos (silicona, para los profanos), pero el invento de Stent fue muy relevante en su campo.

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Sello de la marca de material moldeable dental fundada por Charles Stent y sus hijos. Muestra las siluetas de las clásicas cucharas para impresiones dentales.Imagen vía Circ Cardiovasc Interv, 2011.

Del material de Stent al material de stent

J.F. Esser

Johannes Fredericus Samuel Esser (1877-1946), cirujano plástico además de campeón de ajedrez y millonario empresario y marchante de arte, un partidazo. Fuente: Eur J Plast Surg, 2009.

Esto pasó durante la animalada de la Primera Guerra Mundial. Un cirujano plástico natural de Leiden, Jan Fredericus Esser (1877-1946) que durante la guerra ejerció en Moldavia y Viena, se curtió con más de 700 intervenciones en caras destrozadas por el combate y publicó su experiencia en el Annals of Surgery de marzo de 1917 (Studies in plastic surgery of the face, ver aquí el original con su galería de horrores). Es lo bueno de la ciencia, un médico holandés que trabajaba en el lado austro-húngaro publicó su aportación en un revista anglosajona, sin importar bandos.

Esser empleó la pasta dental de Stent como molde para sujetar injertos cutáneos tipo Thiersch en sus procedimientos reconstructivos, especialmente en aquellos orales, mandibulares y de párpados. Es un excelente principio quirúrgico cuando se usan injertos de piel o mucosas: fijarlo lo mejor posible al contorno de la zona receptora para evitar su contracción, combado o formación de espacios muertos. Esto se sigue haciendo mediante empaquetamiento sujeto con suturas, puntos transfixiantes, conformadores o dispositivos de presión negativa.

Esser

Figura de la publicación de Esser de 1917 en Annal of Surgery, mostrado el uso del material de Stent en la reconstrucción del mentón. Vía PubMed Central.

El material de Stent esterilizado y moldeado permitía a Esser mantener estirados los injertos en esas zonas de anatomía compleja. En su artículo se refiere al material como “mould of dentical mass (Stent’s)” y de allí en adelante siempre lo escribe como stent con minúscula. Hay que recordar que esta pasta era un producto comercial vendido bajo la marca “Stent”, así que más que un epónimo tergiversado, el stent con minúscula corresponde a ese frecuente fenómeno donde una maca registrada pasa a ser nombre común como sucede con támpax, clínex, cocacola, jacuzzi, maicena, chupachups, pladur, aspirina o bótox.

A partir de entonces se vinculó el concepto de “molde quirúrgico” con la palabra stent y tal concepto fue difundiéndose en diversas especialidades quirúrgicas para referirse tanto a piezas externas para sujetar injertos como a piezas internas para mantener abiertos agujeros y conductos, independientemente del producto empleado, fuera un material termoplástico, polietileno, goma o teflón. Así en los años 50 y 60 se publicaron stents para vía biliar (1, 2) y en los 70 para vía urinaria (3) y aparato reproductivo. Actualmente no hay casi sistema de conductos en la anatomía donde no se haya probado algún tipo de stent.

(Aprovecho para comentar que los stent de conducto lacrimonasal colocados mediante radiología son una puta basura. Me siento obligado a decirlo como cirujano de vía lacrimal que ha tenido que explantar un ingente número de ellos y lidiar con el estado en que quedan estas vías tras llevarlos. Ya está, ya lo he dicho.)

Stents vasculares, las reinas de la fiesta

Alexis Carrel

Dr. Alexis Carrel (1873–1944), portada de la revista Time de septiembre de 1935.

Sin duda el área donde más ha influido la tecnología de las endoprótesis es en la angiología a través de la radiología intervencionista. Actualmente existen múltiples modelos de stents auto-expansibles para implantar mediante catéter en arterias con obstrucción ateromatosa, trombos, disecciones o dilataciones aneurismáticas.

Antes de que se planteara el concepto quirúrgico de stent la idea ya había sido ensayada en 1912 por Alexis Carrel (1873–1944), Nobel de Medicina y prócer de la cirugía vascular y de trasplantes, quien usó tubos de vidrio parafinado dentro de anastomosis aórticas experimentales.

Charles Dotter

El radiólogo Charles Dotter en un artículo de la revista Life de agosto de 1964 sobre su éxito en la angioplastia. Sus inquietantes gestos quizás se relacionan con su apodo de Crazy Charly.

Quien dio el mayor impulso al stent vascular en su concepto actual fue el radiólogo Charles Dotter (1920-1985), alias Crazy Charly, padre del cateterismo cardíaco y de la angioplastia con balón (de la que el año pasado se cumplió su 50 aniversario). En 1983 publicó el uso de una endoprótesis vascular espiral para mantener permeable la luz del vaso (4). En 1996 R.L. Feldman usó un modelo de stent coronario para aplicarlo en neurorradiología, tanto en circulación carotídea como vertebrobasilar (5,6).

Mejor ‘estent’ que ‘stent’

Esta palabra ha traído cola entre los lingüistas de habla inglesa, pues según otras teorías la etimología de stent no nace del apellido del citado dentista sino que provendría de un término escocés medieval que significa ‘estirar’ o ‘extender’ (aplicado por ejemplo a las redes de pesca), derivado del latín ‘extentus’ o quizás relacionado con ‘stint’, palabra inglesa para ‘restringir’.

Aunque a lo largo de este artículo he usado el anglicismo stent con su correspondiente cursiva, la Real Academia ha incorporado la palabra al diccionario con su grafía española: estent y su plural estents. De modo que éste debería ser el uso correcto cuando escribamos en nuestra lengua. También deberían evitarse expresiones como ‘stenting’ o ‘stented’ si no estamos hablando en inglés.

Lecturas recomendadas:

  • Roguin A. Stent: The man and word behind the coronary metal prosthesis. Circ Cardiovasc Interv. 2011;4:206.

  • Ambekar S1, Nanda A. Charles Stent and the mystery behind the word “stent”. J Neurosurg. 2013;119:774.

  • Mulliken JB, Goldwyn RM. Impressions of Charles Stent. Plast Reconstr Surg. 1978;62:173.

  • Ring ME. How a dentist’s name became a synonym for a life-saving device: the story of Dr. Charles Stent. J Hist Dent. 2001 Jul;49(2):77.

  • Iqbal J, Gunn J, Serruys PW. Coronary stents: historical development, current status and future directions. British Medical Bulletin, marzo 2013.

  • Hilbert J, Hoenig JF. The plastic surgeon Johannes Fredericus Samuel Esser (1877 to 1946), M.D., D.M.D. and his unknown period during 1917 and 1925 in Berlin, Germany. Eur J Plast Surg. 2009:32;127.

 

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Nombres tontunos en Medicina: Madame Butterfly

Si usted escucha que se practicará una cirugía de Madame Butterfly ¿qué le viene a la cabeza? Quizás sea por mi afición operística, pero para mí la única asociación quirúrgica posible con Madama Butterfly sería una laparotomía exprés para eviscerarse según el suicida ritual japonés del seppuku.

Pero no es el caso. Resulta que tal intervención no incluye desparramamiento de intestinos, sino que es una técnica oculoplástica para corregir el descenso de los párpados inferiores. Con el nombre de procedimiento “Madame Butterfly” apareció publicado en 1985 en la recién nacida revista Ophthalmic Plastic and Reconstructive Surgery (alias OPRS, hoy la más relevante de la especialidad). Sus autores fueron Norman Shorr y Martin Fallor, del Instituto Jules Stein de California: “Madame Butterfly” procedure: combined cheek and lateral canthal suspension procedure for post-blepharoplasty, “round eye,” and lower eyelid retraction. Ophthal Plast Reconstr Surg. 1985;1(4):229-35.

En el artículo se explica la técnica quirúrgica para corregir la retracción palpebral inferior que ocurre como complicación de la cirugía de “bolsas” de los párpados, sin tener que optar por un antiestético injerto de piel. Incluye unas explicativas ilustraciones a lápiz bastante buenas (cuyo autor, como es costumbre, ni en los agradecimientos aparece). La técnica está bastante extendida y la practicamos con relativa frecuencia. Por suerte el apelativo dado por Shorr no se ha difundido tanto.

Así se sube el párpado de abajo

Como ya mencionamos, el procedimiento se planteó para elevar el párpado inferior caído tras blefaroplastia, cosa que da un feo aspecto de ojo redondo (“ojo pescao”) además de causar desprotección de la parte inferior de la córnea. Pero además es aplicable a otras condiciones con retracción palpebral inferior sin déficit de piel, como tras fracturas orbitarias, traumatismos faciales, cicatrización conjuntival o en casos de ojos saltones asociados a hipoplasia maxilar.

El primer paso es disecar el canto lateral y el fondo de saco conjuntival inferior, a través del cual se puede despegar cualquier cicatriz en la zona y liberar los tejidos de la mejilla para fijarlos en una posición más alta mediante suturas ancladas al periostio del reborde orbitario. Esta maniobra descarga el peso que la mejilla ejerce sobre el párpado inferior.

A continuación se tensa el tendón cantal lateral re-anclándolo al reborde orbitario lateral. Suele ser necesario añadir un injerto espaciador bajo el tarso inferior, para asegurar que éste mantenga la altura adecuada y no vuelva a descender ni adherirse a otros tejidos. El espaciador se extrae de paladar duro o del tarso superior, pero también se ha empleado dermis acelular, cartílago autólogo, cornete inferior, esclera de donante o pericardio bovino liofilizado. Conviene dejar suturas de tracción que estiren el párpado hacia arriba durante unos cuantos días.

midface lifting

Cirugía para la retracción del párpado inferior (vista de cirujano). A: incisión en fórnix y disección hasta reborde orbitario, se despega el tejido malar del plano óseo y se eleva fijándolo al reborde. B: se coloca un injerto espaciador bajo el tarso inferior y se tensa el canto lateral. Imagen original de www.ilustracionmedica.es (clic para tamaño completo).

El procedimiento original de Shorr era bastante conservador en su disección malar y no incluía injerto espaciador. Posteriormente se ha ido mejorando la técnica y actualmente se tiende a ser generoso en la elevación malar (midface lifting) y casi siempre se incluye espaciador. El resultado suele ser muy satisfactorio en la mayoría de los casos.

Shorr_Madame_Butterfly

Imagen original del artículo de Shorr (OPRS 1985) mostrando un paciente con descenso de párpados inferiores (A), el resultado postoperatorio inmediato tras elevación malar y cantopexia (B) con aspecto satánico de máscara kabuki, y el satisfactorio resultado final (C).

¿Por qué Madame Butterfly?

Sí, la técnica es cojonuda, pero el nombre es bastante besugoide. Los autores originales argumentan lo siguiente:

The net result of this procedure should be to impart a slightly greather tan normal mongoloid slant to the eyelids, hence the title, “Madame Butterfly” procedure.

O sea, que los ojos quedan achinados y por eso es Madame Butterfly. ¿Por qué no procedimiento Yoko Ono, Bruce Lee o Jackie Chan? O bien Genghis Khan. O bien máscara Kabuki. O bien Señor Miyagi. O bien Turandot, que también es ópera de Puccini y de tema oriental. No sé.

Esta operación no es la única que achina los ojos, pues con una común cantopexia o tira tarsal lateral para arreglar un ectropión o un párpado laxo ya se tiene el resultado mongoloide (transitorio siempre, con las semanas va volviendo al aspecto “occidental”).

Quiero incidir aquí en el rigor a la hora de bautizar un procedimiento, técnica, síndrome o condición. Hablar de elevación mediofacial más injerto espaciador es suficientemente descriptivo para cualquier cirujano del área. Resulta innecesario y endeble el sobrenombre aplicado en este caso.

Una cosa es usar apelativos coloquiales en la práctica diaria, dentro del departamento, y otra es publicarlos así en una revista científica. En donde estudié llamábamos “maniobra de la mortadela” a lo que pasaba en diabéticos con macroangiopatía, donde empezabas amputando un dedito del pie y con el tiempo ibas subiendo hasta acabar en supracondílea. Pero sería una animalada pretender publicar en serio este nombre.

En fin, son las licencias que se permiten los autores anglosajones, más si proceden de centros prestigiosos: poder publicar a placer aun metiendo morcillas. Luego los demás repetimos sus máximas con escaso atisbo crítico (ya lo comenté en el post del síndrome del centurión). Los revisores implacables son para otros.

El Dr. Norman Shorr sigue promocionando su técnica con el nombre de Butterfly (he aquí un artículo de 2005 y una entrevista en Ophthalmology Times). Por suerte el apelativo operístico no se prodiga mucho más allá de los allegados al Jules Stein Eye Institute, aunque a veces uno se topa con algún iluminado.

Chocho-San

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Cartel de Madama Butterfly para la Editorial Ricordi, de 1904, diseñado por Leopoldo Metlicovitz.

La ópera Madama Butterfly fue compuesta por Giacomo Puccini (fumador adicto, muerto por un tormentoso cáncer laríngeo) y se estrenó en la Scala de Milán en 1904. Su argumento se basa en hechos que pudieron pasar en Japón a finales del s.XIX tras su apertura al comercio internacional durante la restauración Meiji, cuando comenzaron a llegar marineros de todas partes a sus puertos.

La ópera está musicalmente muy ambientada en aire japonés e incluye varias citas del himno nacional norteamericano y otros topicazos yanquis. Es una buena pieza para iniciarse en la ópera, pues tiene una trama lineal, la música es preciosa y solo dura poco más de dos horas. Aquí os vinculo dos versiones en vídeo (voces justitas), una del Sferisterio de Macerata de 2010, de ambientación tradicional, y otra del Teatro Regio di Torino de 2014, modernizada con cafiches de Hong-Kong y todo.

La historia es que Pinkerton, un marino yanqui, se compra una adolescente japonesa “como esposa”, para los meses que iba a estar allí. La chica en cuestión se toma en serio el asunto marital y cuando el marino se pira la muy boba se queda esperando años, hasta verse abandonada y en la ruina. El nombre de la japonesita es Chocho (en japonés chō 蝶 es mariposa), cosa que se presta a cachondeo en nuestro idioma (oye, propongo que la operación se llame Chocho surgery: “hoy operaré un Chocho…”).

Total que el americano cabrón vuelve con su esposa gringa sólo para llevarse al niño nacido de la cohabitación. Tragedión en toda regla que lleva a la pobre Chocho a un harakiri espantoso. Por cierto, el suicidio femenino japonés no se llama harakiri ni seppuku, sino jigai, y la herida se infligía a nivel del paquete vascular yugulocarotídeo y no en el abdomen, como en el caso masculino y como suele representarse en esta ópera.

Ya lo del suicidio por honor no se lleva. En la antigüedad un romano de pro caído en deshonra optaba por arrojarse sobre su espada. Luego Séneca popularizó lo de cortarse las venas en una bañera con agua caliente. El seppuku japonés de los samuráis se prohibió en 1873, pero muchos lo practicaron durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Os imagináis a algunos de nuestros políticos caídos en la más profunda deshonra, asumiendo sus actos y empuñando un arma blanca para librarnos de su nefando peso?

Conferencia de Anatomía orbitaria de Ilustración Médica (2014)

Este viernes 7 de noviembre de 2014 se celebró el Curso Internacional de Actualización en Patología Orbitaria, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, organizado por los doctores Estrella Fernández, Ania Leszczynska y Santiago Ortiz, del Servicio de Oftalmología del Hospital Clínico de Barcelona. Participó un buen puñado de especialistas nacionales en cirugía orbitaria y áreas relacionadas, y como invitados extranjeros se contó con los doctores Baldeschi (Bruselas), Saeed (Amsterdam) y Verity (Londres).

Fui invitado por la Dra. Fernández, sin duda más por amistad que por méritos, a participar como ponente haciendo un repaso de la anatomía orbitaria. Aproveché la ocasión para proyectar mis trabajos de ilustración anatómica, ya que todas las imágenes de la presentación eran originales (cosa poco frecuente en nuestro mundillo, la verdad).

Intenté orientar la charla como una iniciación a la cirugía orbitaria, haciendo énfasis en aquellas estructuras que debían cuidarse, los nervios y vasos susceptibles de daño durante la manipulación y los territorios seguros para maniobrar. Resulta que la órbita ocular es un sitio bastante incómodo para trabajar, pues es un espacio con un campo operatorio estrecho, cerrado por hueso en todos sus frentes menos por donde está precisamente el ojo, y está ocupado por la maraña de cables de conexión que requiere el globo ocular (arterias, venas, nervios, músculos, ligamentos), que para más inri están en su mayoría sepultados dentro de la abundante grasa que ocupa el espacio orbitario. Y para aumentar el riesgo, la órbita está justo bajo el cerebro y se comunica directamente con la cavidad craneal.

Lo cierto es que la anatomía orbitaria que uno ve durante la cirugía en nada se parece a los dibujos habituales (incluidos los míos) ni a las preparaciones anatómicas en cuerpos fijados en formol. Os muestro unas poquitas ilustraciones de las que hice para mi presentación, tuneadas, eso sí, porque en diapositivas no se puede poner esta cantidad de rótulos, y además algunas eran parte de animaciones por capas.

anatomía orbitaria, vista sagital

Vista lateral de la anatomía orbitaria, excluida la grasa que ocupa la órbita. Se muestran las principales estructuras intraconales. Imagen original de www.ilustracionmedica.es (todos los derechos reservados).

anatomía orbitaria, esquema de los territorios neurvasculares

Relaciones y territorios vasculares y nerviosos orbitarios, diferenciando las partes superior e inferior de la órbita. Imagen original de www.ilustracionmedica.es (todos los derechos reservados).

anatomía orbitaria, vértice de la órbita

Elementos neurovasculares que entran a la órbita a través de las aberturas de su vértice. Imagen original de www.ilustracionmedica.es (todos los derechos reservados).

anatomía orbitaria, vista oblicua

Vista oblicua de la anatomía orbitaria, excluida la grasa. Se muestra la relación del globo con el cono muscular. Imagen original de www.ilustracionmedica.es (todos los derechos reservados).

Una reflexión sobre las ciencias básicas en los congresos médicos

En Medicina solemos referirnos a ciencias básicas (bioquímica, histología, anatomía, fisiología, etc.) para segregarlas de las ciencias clínicas y quirúrgicas, de aplicación directa en el oficio diario. Superados los dos primeros años de carrera, la mayoría de los estudiantes de Medicina pasan página y sepultan las ciencias básicas en el último cajón de la memoria, atraídos por la actividad hospitalaria. Tal tendencia a relegar las básicas persiste ad æternum en la formación continuada. Las conferencias dedicadas a estos asuntos son escasas y con frecuencia un auténtico coñazo.

Mira tú por donde, son estos temas los que a mí más me apetece presentar cuando puedo escoger tema de conferencia. Me pongo calentorro hablando de vías neurológicas, asuntos de biología molecular y, ni se diga, de repasos anatómicos (no, si es que pa bichos raros…). Esta categoría de ‘temas aburridos’ son el mejor reto para hacer presentaciones atractivas.

¿Tienen cabida los repasos básicos en un “curso de actualización”? Habría que diferenciar los cursos de actualización de aquellos titulados “Avances en..” o “Novedades en…” (por cierto, eso de “ultimas novedades en…” es redundantísimo, ¿no?), pues en éstos sí se trata lo más reciente que lo está petando en la especialidad. En un curso de actualización sería un error olvidar la base, pues tanta actualización es para alguien no súper especializado asentar sus conocimientos sobre las fascias tenonianas o la IL-6 y su receptor soluble, como enterarse de la última técnica quirúrgica o el último anticuerpo monoclonal del mercado.

Es algo que veo con los residentes, cuando les haces preguntas del tipo ‘qué nervio inerva este músculo’ o ‘cómo es la histología de la conjuntiva’ o ‘cuál es el neurotransmisor de los fotorreceptores retinianos’. Se producen incómodos silencios. La base es la base, por eso se llama base.

“El struuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuut”
(leer con voz chanante)

Vuelvo a mi recurrente batalla contra los calcos lingüísticos injustificados. No faltaron en este curso los inefables randomizados y customizados, como no faltan en casi ningún evento médico, y cuyo uso insisto en denunciar (ver esta pasada entrada, que por cierto ruló bastante dentro del colectivo de traductores e intérpretes, mil gracias).

riostras

Ejemplo elemental de lo que es un puntal o riostra en arquitectura. Se trata de elementos de refuerzo para resistir peso o compresión de la estructura. Los puntales óseos anatómicos tienen una función similar.

Pero el anglicismo gratuito más popular en cirugía orbitaria es ‘strut’. Basta poner esta palabra en un traductor para saber que su equivalente español es puntal, pilar o riostra. Lo de riostra se usa en arquitectura para referirse a elementos de refuerzo de una estructura, y es en ese sentido en que también se emplea en anatomía para designar zonas más gruesas de un hueso que sirven de refuerzo.

En la órbita existe un relevante puntal o pilar de refuerzo en el hueso maxilar, en el ángulo medial del suelo orbitario, donde se articula el maxilar con el etmoides. Este pilar inferomedial ayuda a soportar el peso del contenido de la órbita sobre el espacio aéreo del seno maxilar. Cuando se hacen osteotomías de paredes medial e inferior, como en las descompresiones orbitarias, se recomienda mantener este pilar inferomedial indemne para evitar un desplazamiento excesivo hacia abajo del ojo y aparición de estrabismo postoperatorio (consultar este artículo de Goldberg).

Es este pilar inferomedial el que se ha venido a llamar coloquialmente “el strut” en el ambiente orbitario hispanohablante (hasta donde he podido comprobar), siguiendo la tendencia de calcos lingüísticos irreflexivos que asola la profesión. No es por ser Petete, pero tal uso es criticable por varios motivos:

Primero, ya comentamos la disponibilidad de varios términos en nuestro idioma para traducir ‘strut’: sea puntal, sea pilar, sea arbotante o sea riostra. Las dos primeras opciones son las más habituales en jerga anatómica. Por tanto se trata de un calco innecesario.

Segundo, el famoso strut de los oculoplásticos, el inferomedial, no es el único pilar de refuerzo en la órbita, pues existen otros dos en el vértice, ubicados en el esfenoides. Está el por todos conocido pilar óptico (optic strut), que es el arco de hueso más o menos vertical que cierra lateralmente el agujero óptico, separándolo de la hendidura orbitaria superior. Y también está el pilar maxilar (maxillary strut, término confuso pues no se relaciona con el hueso maxilar, sino con el nervio maxilar, V2) que es un puente óseo horizontal del ala mayor del esfenoides que separa la hendidura orbitaria superior del agujero redondo, por donde pasa el nervio maxilar. En este pilar maxilar se insertan fibras del músculo orbitario de Müller y duramadre del seno cavernoso. Es un elemento de referencia en abordajes endoscópicos de base de cráneo (ver aquí un artículo interesante).

pilares óseos orbitarios

Pilares óseos orbitarios. A: vista del ápex mostrando el pilar inferomedial (PIM), el pilar óptico (PO) y el pilar maxilar del esfenoides (PM). B: se observan las celdas etmoidales (CE) y el seno maxilar (SM) mediante transiluminación, entre ambos se observa una sombra ósea correspondiente al pilar inferomedial. C: detalle del pilar maxilar del esfenoides, que separa la hendidura orbitaria superior (HOS) del agujero redondo (AR) por donde pasa el nervio maxilar. Imagen original de www.ilustracionmedica.es (todos los derechos reservados).

Tercero, no sólo en la órbita hay pilares de refuerzo, sino que abundan en muchos otros huesos, incluso en partes cartilaginosas como la nariz. Así que hay struts para dar y tomar.

Y cuarto, la excusa de que “es como se usa en la literatura” es un argumento demasiado endeble. Es como se usa en la literatura anglosajona. Entonces podríamos decir lung o brain porque así es como aparece en la literatura médica internacional. En un texto o una presentación realizados en castellano lo correcto, sin duda, es hablar de ‘puntal’ o ‘pilar’, y si parece oportuno colocar su equivalente inglés entre paréntesis y en cursiva la primera vez que se nombra, para evitar confusión a despistados.

Invito, pues, a mis queridísimos colegas oculoplásticos, y a otras especialidades donde se roen huesos (neurocirugía, traumatología, ORL, maxilofacial, plástica, etc.) a evitar este calco malsonante e innecesario.

Y de nuevo gracias a la Dra. Fernández por permitirme participar en su sarao.

Físicos haciendo Medicina: John Tyndall

retrato de John Tyndall

John Tyndall (1820-1893)

Me resulta inevitable, al observar el desarrollo de las Ciencias Médicas, tener la impresión de que casi todo se debe a la labor de químicos, físicos, bioquímicos, ingenieros o cualquier otra rama de las ciencias, menos a los propios médicos, quienes nos limitamos a ser el último eslabón para la aplicación pragmática de la tecnología.

El ejemplo de hoy es John Tyndall, físico irlandés conocido por el efecto Tyndall, quien realizó varias aportaciones a la Medicina, algunas de uso cotidiano en cualquier quirófano actual.

Tyndall nació en 1820 y se formó en la Universidad de Marburgo, en Alemania. Regresó al Reino Unido en 1853 para trabajar en la Royal Institution a las órdenes del mismísimo Michael Faraday, a quien sucedió al frente de dicho centro. Falleció en 1893. Tuvo variados y dispares campos de investigación, comenzando por el magnetismo y la termodinámica, y acabando por el alpinismo y la filosofía agnóstica.

En busca del aire puro

Destacó Tyndall en el estudio de la radiación térmica. Quería indagar sobre la capacidad de absorción de calor por parte de sustancias gaseosas, para lo que necesitaba que las muestras de aire y otros gases estudiados estuvieran perfectamente limpios de partículas en suspensión que pudieran sesgar los resultados. Observó que podía detectar impurezas flotantes proyectando un rayo de luz a través del espacio ocupado por el gas, pues el trayecto del rayo era visible en presencia de partículas suspendidas, mientras que en gases limpios el espacio era ópticamente vacío.

Ello se debe a que la luz se dispersa al chocar contra las impurezas suspendidas. Eso es, en fin, el archiconocido efecto Tyndall que nos enseñan en el colegio y que produce esos chorros de luz que se filtran a través de una habitación con polvo, o entre las copas de los árboles de un bosque.

tyndallbosque

Glorioso efecto de los rayos de luz filtrándose entre el ramaje, dibujados por el efecto Tyndall.

Pero Tyndall fue más allá y demostró que este efecto también ocurría en los líquidos. El agua pura o con algún soluto disuelto en forma de solución verdadera no dispersa la luz proyectada a su través; en cambio, si hay partículas suspendidas en el líquido sí se dibuja el trayecto luminoso.

efecto Tyndall en soluciones y coloides

El tubo de la izquierda contiene un líquido ópticamente vacío, por lo que no se ve el trayecto luminoso. El tubo de la derecha contiene un líquido coloidal que dispersa la luz y dibuja la trayectoria del láser.

Es decir, el efecto Tyndall es inherente a los sistemas coloidales (sean aerosoles, emulsiones, geles, espumas, etc.). Es una cosa muy fácil de reproducir en casa, basta con tomar un vaso de agua y disolver un poco de fécula o de leche, o si no un vaso con caldo, y después pasar la luz de una linterna o mejor de un puntero láser para ver el efecto.

En Medicina hay una rama donde el efecto Tyndall ha pasado a ser un signo clínico que se apunta en las historias: la oftalmología. El humor acuoso que llena la cámara anterior del ojo es un líquido perfectamente transparente. Cuando se explora un ojo en la lámpara de hendidura, la luz proyectada se refleja en la córnea y después en el iris y el cristalino, pero el espacio entre la córnea y el iris es ópticamente vacío por estar lleno de límpido humor acuoso.

efecto Tyndall en la cámara anterior

Efecto Tyndall en la cámara anterior de un ojo con uveítis. Se observa el trayecto del haz de luz desde la córnea (área más brillante a la izquierda) hasta el iris, debido al aumento de proteínas del humor acuoso por la inflamación. (Vía keeler-symphony.com)

En caso inflamación del segmento anterior ocular (iridociclitis o ciertas queratitis), el aumento de la permeabilidad vascular hace que el humor acuoso se ensucie con proteínas plasmáticas, y estas proteínas en suspensión sí presentan efecto Tyndall demostrable con la lámpara de hendidura. La turbidez del acuoso suele llamarse flare. El proceso inflamatorio también suele acompañarse de migración de leucocitos, que quedan nadando en el humor acuoso y pueden verse como puntos flotantes en la cámara anterior. El efecto Tyndall sirve tanto como elemento diagnóstico, como para valorar la respuesta al tratamiento de las uveítis anteriores e infecciones corneales.

John Tyndall también creó un nefelómetro (de νεφέλη, nube) para medir la turbidez de los coloides. Hay nefelómetros oftalmológicos, aunque no tienen un uso habitual.

El efecto Tyndall y esos ojos verdes

Otra observación de este científico fue que al pasar luz blanca por un sistema coloidal, la luz dispersada corresponde principalmente a longitudes de onda corta (azul, violeta) y la longitud de onda larga (rojo) pasaba de largo a través del coloide. Por ello, si iluminamos una suspensión de fécula, por ejemplo, ésta tiene un color gris azulado por la dispersión de la luz azul.

efecto Tyndall sobre el color

Efecto Tyndall sobre el color: un fragmento de vidrio opalescente dispersa la luz de longitud de onda corta y por ello adquiere un color azulado, mientras la luz que atraviesa el vidrio corresponde a longitudes de onda larga y por ello se ve de color rojizo. (Vía Wikipedia)

Este efecto explica ni más ni menos que el color azul del cielo y los tonos rosas de la aurora y el ocaso. La masa atmosférica separa el color azul de la luz solar y de allí el tono celeste. Cuando vemos el sol en el horizonte sí que se aprecia el segmento rojo del espectro (ver aquí un diagrama).

Volviendo al ojo, este fenómeno derivado del efecto Tyndall también explica la variedad de colores de ojos. El iris sólo tiene un pigmento, la melanina, que es negra como el odio. Entonces, ¿cómo puede haber iris marrones, verdes, azules o grises, si no hay pigmentos de esos colores? Como sabe cualquier cirujano ocular, el iris es una mierdecilla de tejido muy fino y cuya cara anterior es laxa y esponjosa. La luz que choca con la cara anterior del iris es en parte absorbida por la melanina que contiene y en parte dispersada/reflejada por las fibras del iris. Mientras más melanina haya, más luz se absorberá y más oscuro será el color de los ojos; a menor densidad de melanina se hace más apreciable el efecto Tyndall sobre el color, y los tonos grises y azules de la luz dispersada resultan más evidentes. Ahí queda eso.

efecto Tyndall tras inyección de hialurónico

Parece un cardenal tras el pinchazo del filler en la arruga, pero ese color azulado se debe a la dispersión de la luz por el coloide de relleno según el efecto Tyndall. (Vía Medscape)

Aún hay otra implicación médica de este fenómeno. Una complicación del tratamiento cosmético con relleno para las arrugas (fillers) es la aparición de una mancha azulada con pinta de moratón en el sitio de la infiltración, pero que dura muchas semanas, a diferencia de un hematoma por punción. Esta mancha se debe al efecto óptico de la luz dispersada por el volumen del ácido hialurónico (un coloide) inyectado justo bajo la piel. Pasa más en zonas de piel muy fina, como los párpados, o por infiltración muy superficial o de mucho volumen. También el Tyndall da ese tono terrible a las ojeras, por la acumulación de fluido intersticial bajo la fina piel del párpado.

Del cambio climático al capnógrafo

¿Y qué pasó con el experimento de la radiación térmica sobre los gases donde Tyndall describió su efecto epónimo? Efectivamente descubrió que distintos gases tenían capacidad de absorción de calor radiante muy diferente. Concretamente observó que el CO2 tenía gran capacidad de captar calor.

Bien sabéis la implicación del CO2 en el efecto invernadero y el cambio climático. Tyndall fue uno de los pioneros en el estudio de tan peliagudo fenómeno.

Mira por donde, el comportamiento térmico del dióxido de carbono tiene una aplicación dentro del quirófano y la UCI: permite medir la cantidad de CO2 en la vía aérea de un paciente y detectar la indeseable hipercapnia. En los respiradores usados en anestesia hay un cacharro llamado capnógrafo que determina la concentración de CO2 a través de la fluctuación de la transmitancia de una luz infrarroja por efecto del aire que pasa a través del sistema, proveniente de los pulmones del paciente. Otro logro médico del trabajo de Tyndall.

Gérmenes y esterilización

Aún dio para más el experimento de la caja de gases de Tyndall. Tantas derivaciones de una misma observación revela cómo una mente genial es capaz de vislumbrar el alcance de un hecho individual cuando se mira desde otras perspectivas y ámbitos.

En 1864 Pasteur hizo aquella histórica demo con sus matraces con cuello de cisne llenos de caldo incorrupto, que significó un letal varapalo a la teoría de la generación espontánea que hasta entonces había predominado (aunque mi madre sigue creyendo firmemente que al azúcar le nacen las hormigas). Pasteur postuló que los microorganismos que crecían en el caldo de cultivo llegaban a éste a través de partículas aéreas en suspensión.

Tyndall, quien mantenía correspondencia con Pasteur, supuso que su cámara de aire limpio de partículas también mantendría libre de gérmenes muestras de caldo esterilizado. Y la cosa funcionó bastante bien, apoyando así la naciente teoría microbiana. Pero no siempre funcionaba el experimento y el sagaz Tyndall pensó que quizás se debía a las esporas bacterianas que resistían al calor.

caja estanca de Tyndall

La caja estanca de Tyndall, para eliminar partículas en suspensión. Sus paredes estaban barnizadas con glicerina, que atrapaba las motas de polvo. Los serpentines ‘a’ y ‘b’ permitían la entrada de aire, pero las partículas en suspensión se quedaban atrapadas. El pitorro largo del centro era una pipeta para rellenar de caldo esterilizado los tubos de la parte inferior. Las dos ventanas laterales permitían controlar la limpieza del aire mediante el efecto Tyndall. Ilustración de su trabajo original “The optical deportment of the atmosphere in relation to the phenomena of putrefaction and infection” de 1876.

Ideó entonces un modo de matar tanto a las bacterias como a sus esporas: la esterilización fraccionada, también llamada tindalización. Consiste en aplicar al menos tres ciclos de esterilización por calor, separados día por medio, de modo que las esporas que eclosionan tras el primer ciclo mueran en el segundo, y las supervivientes en el tercero. Actualmente hay maneras más efectivas de acabar con las esporas y la tindalización ya no es un procedimiento habitual pero, junto con la pasteurización, fue una herramienta importante para la seguridad alimentaria.

La caja estanca de Tyndall dio pie a otras técnicas de control del aire como la campana de flujo laminar o las habitaciones con presión positiva y filtros de aire, tan comunes en ámbitos hospitalarios y de laboratorio. Una curiosidad, en Marburgo el amigo Tyndall fue alumno del fisicoquímico Robert Bunsen, inventor del famoso mechero que acabó como menaje indispensable en los laboratorios de microbiología.

Así pues, a partir de una caja y un rayo de luz se llega al color del cielo, de los ojos y las ojeras, al efecto invernadero, al capnógrafo clínico, a los coloides, a las inflamaciones intraoculares y a la esterilización microbiológica.

Sobre el botox y los consoladores

Desde las tripas

El gran depredador caza su presa y devora la carne de sus músculos. Después los carroñeros dan cuenta de sus tripas. El ser humano, en su avidez por abarcarlo todo, come la carne y come las tripas; y en un culmen de deliciosa perversidad inventó tomar las tripas y rellenarlas con la carne. Tal fue el inicio de la cultura charcutera, una manera tanto de aprovechar toda la proteína disponible del animal sacrificado como de conservarla el mayor tiempo posible.

La conservación proteica mediante salado y secado la practicaban los egipcios, no se diga que no aplicaban a la comida lo que hacían con las momias. No he encontrado fuentes de fiar sobre el embutido en el Egipto faraónico, así que pasamos a los antiguos griegos para dar con los primeros datos históricos charcuteriles. En la Odisea se habla constantemente de consumo de carne de distintos animales, mayormente asada; en el Canto XVIII (versos 43-49) se hace referencia a “estómagos (γαστέρες) de cabra rellenos de grasa y sangre y puestos a la lumbre”, clara referencia morcillesca. El nombre griego para las salchichas era allantas (ἀλλᾶντας), y así se lee en la comedia de Aristófanes Los Caballeros, donde uno de los personajes es un vendedor de embutidos (Ἀλλαντοπώλης). De allanto proceden los términos alantoides (membrana embrionaria crucial en la formación de la placenta y de donde se originan la vejiga y la uretra) y alantoína (compuesto nitrogenado muy usado en cosmética y relacionado en su origen con la urea acumulada en la alantoides).

Nuestra cultura del embutido la debemos directamente a los romanos, que producían y jamaban salchichas y morcillas a gran escala. El Libro II de la Re Coquinaria de Apicio está dedicado a albóndigas y salchichas, describiendo múltiples recetas de isicia (albondiguillas), farcimina cocta (salchichas cocidas), lucaniae (las salchichas finas y ahumadas más populares en Roma, de cuyo nombre procede la longaniza) y botellus o botulus, término genérico para las viandas trituradas introducidas en tripa.

El thermopolium de Vetutio Plácido en Pompeya. En los agujeros de la barra se colocaban los dolia, recipientes con viandas. Aquí venderían seguro botulus de diversos tipos. (Foto de la Dra. Sara Martin)

El thermopolium de Vetutio Plácido en Pompeya. En los agujeros de la barra se colocaban los dolia, recipientes con viandas. Aquí venderían seguro botulus de diversos tipos. (Foto de la Dra. Sara Martin)

Así, desde antiguo nuestra gente ha comido salchichas hechas con carne, grasa, sangre y vísceras, ya sean frescas, hervidas, ahumadas o curadas. Los embutidos tienen una distribución casi mundial, con excepciones como Japón o la India donde lo de meter carne en tripas no es autóctono. En China hay datos desde el siglo VI d.C. (1) y toda América adquirió tal cultura tras la colonización europea. Un hito trascendental fue la incorporación del sacrosanto pimentón a partir del siglo XVI, sin el cual la cocina española no sería lo que es ni existirían el chorizo, la sobrasada, el farinato o la morcilla patatera, por mencionar algunos nobles ejemplos.

Embutido enfermo

Los métodos de conservación tradicional en España mediante curado de carnes y embutidos han mostrado una seguridad bacteriológica proverbial. En el pasado no ocurrió así con las conservas en salmuera y ahumados de la Europa central, especialmente a finales del siglo XVIII, época de inestabilidad social, agravada por las siguientes guerras napoleónicas. La pobreza y la escasa higiene trajeron intoxicaciones alimentarias, entre otras cosas.

Justinus Kerner, descriptor de la intoxicación por salchichas. (www.goethezeitportal.de)

En 1817 el médico Justinus Kerner (1786-1862) describió en el suroeste alemán una serie de casos de intoxicación caracterizada por parálisis muscular, oftalmoplejia, ptosis, midriasis, disfagia, disartria, vómitos, estreñimiento, sequedad de piel y mucosas, que llegaba a ser mortal. Atribuyó el cuadro a un envenenamiento por salchichas chungas (Wurstvergiftung) y entre 1820 y 1822 publicó dos series de 76 y 155 casos en su zona (Das Fettgift Oder Die Fettsäure Und Ihre Wirkungen Auf Den Thierischen Organismus, Ein Beytrag Zur Untersuchung Des in Verdorbenen Würsten Giftig Wirkenden Stoffes, ver aquí). Kerner pensó que la causa era un ácido graso tóxico e intentó aislarlo y sintetizarlo sin éxito. Lo que sí demostró fue que el extracto de salchicha pocha aplicado sobre heridas en pequeños animales producía una parálisis muscular localizada. Muy al uso de su época, se colocó unas gotas del extracto en la lengua y padeció un cuadro similar al de sus pacientes.

En 1869 Müller (“Das Wurstgift.” Deutsche Klinik 1869, 40:365) bautizó la enfermedad de Kerner como botulismo, a partir del latín botulus que ya hemos mencionado. Es de agradecer que no quedara como “salchichismo”. Un sinónimo de botulismo es alantiasis, que es lo mismo pero en griego.

Emile van Ermengem, descubridos del C. botulinum y de su toxina.

Emile van Ermengem, descubridos del C. botulinum y de su toxina. (tomado de Truong, Dressler y Hallett: Manual of botulinum toxin therapy)

La causa del botulismo siguió siendo un misterio hasta 1895 cuando a partir de un brote por consumo de jamón en un pueblo de Bélgica se aisló el Clostridium botulinum. El artista descubridor fue Emile Pierre van Ermengem (1851-1932), quien además determinó que no era la bacteria en sí sino una toxina producida por ésta la que causaba el síndrome neuromuscular (“Ueber einen neuen anaëroben Bacillus und seine Beziehungen zum Botulismus.” Med Microbiol Immunol (Berl) 1897:1-56).

Las guerras napoleónicas trajeron otro invento que fomentó el botulismo: la conserva en bote, ideada por Nicolas Appert como modo de aprovisionar las tropas francesas en campaña. Las conservas se relacionaron con casos de botulismo por legumbre y vegetales. Actualmente las estrictas normas sanitarias han reducido enormemente las intoxicaciones alimentarias (y eso que la malvada industria nos “envenena” con conservantes y químicos), y la mayoría de los casos de botulismo son debidos a conservas o embutidos caseros, a la administración de miel en menores de un año o al uso de drogaínas intravenosas.

Domesticando el veneno

El mismo Justinus Kerner observó la posibilidad de sacar partido terapéutico al agente del botulismo y propuso su uso para enfermedades por sobreactivación muscular e hiperhidrosis. Esto no fue posible hasta la cristalización y producción estandarizada de la toxina botulínica durante la primera mitad del siglo XX. Ésta es uno de los venenos más poderosos que existen, con una DL50 de 1 ng/kg, superior a la del Polonio-210 (2), pero en la práctica no es un veneno muy efectivo (al menos para uso terrorista) por la relativa labilidad de la toxina: con un poco de agitación de la solución se logra separar sus dos subunidades y la toxina pierde su efecto. El uso clínico es más que seguro, pues harían falta más de 30 frascos para cargarse a alguien.

Tras pasar por pollos y monos, en 1980 llegó el momento de probar la toxina botulínica en humanos: fue el oftalmólogo Alan B. Scott quien publicó dos trabajos ese año (3,4) sobre el uso de la toxina en estrabismo, lo que abrió un nuevo y enorme camino en la terapéutica médica. La primera marca comercializada de toxina botulínica tipo A fue el archifamoso Botox® de Allergan. A partir de los años 90 se han ido concediendo más indicaciones a la toxina botulínica: parálisis oculomotoras, blefarospasmo, espasmo hemifacial, distonía cervical y otros tipos de distonía, espasticidad post-ictal, hiperhidrosis axilar y hasta tratamiento de la migraña.

¿Pero qué carajo es esto? Estaba en la vitrina de una peluquería...

¿Pero qué carajo es esto? Estaba en la vitrina de una peluquería…

Sin embargo el uso más conocido de la toxina botulínica es como plancha para las arrugas de expresión facial. La verdad es que el uso cosmético es, digamos, off label, pues sólo se contempla para aplicación en las arrugas glabelares (5), así que las patitas de gallo y las arrugas de la frente… pues eso. El Botox® se aplica con fines estéticos más que para cualquier otra indicación: aquel veneno mortífero que se cargó gente miserable en la postguerra paneuropea del s.XIX, fue domesticado para que las señoras de la jet rejuvenecieran y los plásticos californianos se forraran. Ahora su frívola aplicación es del dominio público y cualquier vecino solicita su servicio (yo mismo la he infiltrado con tales fines, lo confieso).

Derivaciones insospechadas del botulus romano

Volvamos al botulus para seguir otras pistas lingüísticas. Botulus y botellus se relacionan con el latín buttis, referido a odre, pellejo relleno. De esta raíz provienen nuestras palabras embutir y embutido, incluso especialidades de embutido como la butifarra o el bull catalanes, el contundente botillo de El Bierzo o el boudin de sangre francés e inglés. También derivan nombres de recipientes para contener líquidos: bota (de vino), botella o botija. Curiosamente odre procede del latín uter/utris, de donde viene útero.

Incluso sinónimos de tripa o intestino en otras lenguas también proceden de botulus, como bowel (in), budello (it), budell (cat), boyau (fr) o burtă (rum).

Sexy Art - Making SausageQuizás el término menos conocido que deriva de este origen es botulinonia, referido a la parafilia donde el falo es sustituido por un embutido (6,7). La práctica de la botulinonia debe ser tan antigua como el arte de la salchichería y el uso de sustitutivos fálicos está documentado desde el paleolítico (8,9). La botulinonia se puede clasificar como variante dentro de la sitofilia, parafilia donde la comida es utilizada con fines sexuales, bien sea untada, lamida, usada para penetrar o bien siendo penetrada. Un ejemplo de sitofilia es el nyotaimori japonés.

El empleo como consolador de vegetales fálicos o embutidos está bastante arraigado en el imaginario popular, basta con pensar en la larga sinonimia peniana asociada a objetos comestibles, aunque en la literatura médica no tiene mayor relevancia. La botulinonia es una parafilia menor o atípica no catalogada como tal en el DSM-5. En esta última versión del DSM se considera desorden parafílico cuando la práctica sexual peculiar produce angustia al individuo por conflicto interno o desaprobación social, o bien si causa perjuicio a otra persona.

A pesar de la escasa documentación médica sobre la botulinonia, se me ocurren dos consideraciones sobre esta práctica, una de tipo mecánico y otra microbiológica. Muchos tenemos o conocemos anécdotas de nuestras estancias en las salas de Urgencias sobre objetos perdidos en las regiones pélvicas, como trozos de calabacín o plátano alojados en fórnix vaginal, pues tal suerte pueden correr objetos friables como una bratwurst, incapaces de resistir el trajín. Cuando se trata del recto se corre además el peligro de escape y migración del cuerpo extraño (y no quiero decir con esto que el cordel que tienen los chorizos no sea sólo para colgarlos en el secadero). En el hospital donde estudié una noche extrajeron uno de éstos por vía rectal a un caballerete; el cuerpo extraño fue negligentemente olvidado en la sala de cirugía menor y posteriormente consumido, acompañado con crackers, por el personal de enfermería, ignorante de su procedencia.

En cuanto al aspecto microbiológico, los embutidos curados sufren dos tipos de procesos (10,11): uno es la fermentación del producto cárnico, principalmente por bacterias del ácido láctico como Lactobacillus y Pediococcus (lo que acidifica el producto y mejora su conservación), y el otro es la formación de una capa de moho en la superficie, principalmente por Penicillium sp., pero también Aspergillus, Debaryomyces, Candida, Fusarium, Rhizopus y muchos otros. No he encontrado bibliografía sobre el riesgo microbiológico del contacto de estos bichos con la mucosa vaginal/rectal a partir de artículos de charcutería. Desconozco si el embutido curado podría usarse como método de repoblación lactobacílica en caso de vaginosis, como se hace con el yogur.

Por otra parte, los embutidos mal conservados pueden contaminarse con patógenos como S. aureus, Salmonella, Pseudomonas o Clostridium. Sería irónico adquirir el botulismo mediante la práctica de la botulinonia. En cualquier caso parece recomendablemente higiénico que aquellas y aquellos que deseen usar dildos cárnicos o vegetales los recubran con un oportuno preservativo (o por lo menos film de cocina).

Feliz 2014, amigos.

Apunte artístico: en vida el Dr. Justinus Kerner logró más fama como poeta que como médico, publicó cinco volúmenes de poesía y algunas obras en prosa. En 1840 el compositor Robert Schumann publicó sus Kerner Lieder Op. 35, doce canciones basadas en poemas de don Justinus.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

  1. Scott AB. Botulinum toxin injection of eye muscles to correct strabismus.Trans Am Ophthalmol Soc. 1981;79:734. (libre acceso)

  2. Ting PT, Freiman A. The story of Clostridium botulinum: from food poisoning to Botox. Clin Med. 2004;4:258. (libre acceso)

  3. Erbguth FJ. Historical notes on botulism, Clostridium botulinum, botulinum toxin, and the idea of the therapeutic use of the toxin. Mov Disord. 2004;19S8:S2. (PubMed)

  4. Pellett S. Learning from the past: historical aspects of bacterial toxins as pharmaceuticals. Curr Opin Microbiol. 2012;15:292. (PubMed)

  5. Berry MG, Stanek JJ. Botulinum neurotoxin A: a review. J Plast Reconstr Aesthet Surg. 2012;65:1283. (PubMed)

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