Coño, no es vagina

Este título también sería correcto sin la coma. Muchísimas son las cosas del mundo que tienen un nombre oficial científico y uno o más nombres coloquiales. Lo bueno de la apelación académica es su universalidad y concreción, mientras que los nombres vulgares varían de un sitio a otro y de una época a otra, además de padecer una frecuente polisemia.

Las partes del cuerpo son un ejemplo claro de esto. La nomenclatura anatómica es precisa y sin ambages. Lo que comúnmente llamamos brazo en anatomía es miembro superior, pues brazo es únicamente la porción entre el hombro y el codo, y antebrazo del codo a la muñeca. Otro tanto con pierna, que es la parte del miembro inferior de rodilla a tobillo, mientras por arriba está el muslo.

Pero hoy quiero referirme a otras zonas del cuerpo donde el vulgarismo cotidiano se explaya a gusto: zonas erótico-genitales con enorme gama nominativa a pie de calle y diversos niveles, desde tiernos apelativos infantiles hasta la más ofensiva cochinada moral.

A veces surge un problema cuando alguien quiere evitar el nombre vulgar de una de estas zonas y emplea lo que considera su sinónimo culto, pero falla en la precisión del término; este error tan típico en periodistas y tertulianos es especialmente notorio en atributos femeninos: vagina, senos, pezones. En cambio, el badajo masculino se llama oficialmente pene y no hay confusión al respecto.

De los nombres del parrús

Como dije antes, cuando alguien quiere ir de fino para referirse a los genitales femeninos suele hablar de vagina. Así lo vimos extensamente con la noticia de aquella señora a la que supuestamente le echaron pegamento en la “vagina”.

¡Pues mal! Se están refiriendo a vulva y no a vagina. La vagina es un órgano completamente interno, el conducto que va de la vulva al útero; en cambio la vulva es la zona expuesta del aparato genitourinario, formada por labios mayores y menores, clítoris, introito, meato urinario y aderezada por el monte venus. Lo lógico es que el pegamento del caso anterior fuese aplicado en la vulva y no dentro de la vagina, donde, por cierto, quizás no hubiese causado ningún problema pues la humedad del medio no permite que se adhiera el común de los pegamentos.

La palabra vagina llega directamente del latín vagina, que designaba al estuche de la espada u otra funda donde se metiera algo, y de donde proviene vaina o envainar. Resulta obvio el sentido figurado de la vagina femenina como sitio donde meter “el sable”.

Por su parte, vulva es un término latino derivado de volva y éste de la raíz indoeuropea volv/velu, de donde provienen: vuelta, volver, envolver, envoltorio, voluble, velo, revolver y otras con significado subyacente de rodear, ir y venir. En principio se usó vulva como sinónimo de útero, pues envolvía al feto, en contraposición con cunnus, referente a los genitales externos y del que deriva una de las interjecciones más usadas de nuestra lengua.

vulva-vagina

A partir de tiempos de Celso se llamó os vulvae o agujero del útero a la apertura externa genital, y posteriormente permaneció como vulva el conjunto de estructuras que envuelven la entrada a la vagina. Como curiosidad, la vulva de cerda era un manjar de la casquería romana, como se aprecia en los libros segundo y séptimo de la obra de Apicius. Se supone que en este contexto se refiere al útero de la cerda y no a su potorro. Actualmente no es un órgano porcino de uso alimentario, a no ser que Oscar Mayer dé cuenta del mismo dentro de sus productos.

En resumen, lo de llamar vagina a la vulva es una cursilería y una ridiculez de gente que pretende ser fina pero que, coño, se equivoca de término.

Mama y teta

El nombre anatómico y médico de las tetas es mamas o glándulas mamarias. Lo de senos o pechos son apelativos un tanto lechuguinos para ir de finos, pero no ajustados anatómicamente.

Tanto mama como teta parecen provenir de la duplicación de sendas voces infantiles de las raíces indoeuropeas ma y te. Teta tiene equivalentes de similar escritura en muchos idiomas, tanto de origen latino, germánico o eslavo. No sé dónde leí que teta venía de la letra griega theta (Θ) por su forma redondeada con una cosita en el centro, pero eso creo que es un cuento sin fundamento.

Por su parte mama viene del latín mamma, literalmente teta, de origen común con mamá y madre. Otros términos relacionados: mamar, amamantar, mamón, mamandurria, mamífero, mamella, mamelón, mamelonado, mamilar.

Lo de llamar senos a las mamas es de uso general y está aceptado en el Diccionario de la Academia. Sin embargo, en origen seno, del latín sinus, se refería a algo con concavidad, como el pliegue de la toga a nivel pectoral donde el romano podía portar cosas. El concepto de seno lleva a algo curvo con concavidad, algo con capacidad de alojar. En anatomía se refiere a dilataciones cavitarias, como los senos paranasales, los senos venosos intracraneales y otros cuantos.

Si bien la curvatura mamaria podría justificar el término senos en el sentido de sinuoso, lo más probable es que en este caso el seno se refiera al valle pre-esternal que separa las mamas. Por cierto, ese surco intermamario o canalillo es un espacio artefactual que solamente existe en virtud de las prendas de vestir que lo inducen, pues en ausencia de ropa las mamas se separan y marcan el surco submamario, inevitablemente.

mamas-tetas

De pezones y telotismo

Otra confusión frecuentísima en el habla general ocurre entre pezón y areola. No es raro enterarse de que a alguna famosilla un escote traidor “le ha asomado parte del pezón”, pero en realidad lo que asomó fue el borde de la areola, esa piel diferenciada que rodea el pezón.

Pezón es estrictamente la estructura proyectada que contiene la salida de los conductos galactóforos y que sirve para la succión del niño. Tanto la areola como el pezón tienen células musculares que colaboran en la salida de la leche.

La palabra pezón deriva del latín pecciolus, a su vez diminutivo de pes, pie (voces relacionadas: pedículo, pedicelo, pedúnculo). En botánica se usa peciolo para referirse al tallo corto que une las frutas o las hojas a la rama. Esa forma de pequeño tallo o pie se aplicó, por similitud, al punto prominente de las mamas. Por su parte, areola o aréola es diminutivo de área, y visto así suena de lo más inespecífico; más preciso es hablar de areola mamaria.

La voz griega para pezón es θηλή (thelé) y está en el origen del término epitelio, introducido por el holandés Frederik Ruysch (1638-1731) para referirse al aspecto microscópico mamelonado de las capas celulares que recubren numerosos tejidos, como piel y mucosas. La etimología de epitelio es equívoca, pero ha permanecido como un fundamento de la histología. Véase este artículo de Francisco Cortés en el Diccionario Médico de la Universidad de Salamanca.

La raíz pezonil aparece en otros términos médicos, como politelia (presencia de pezones o mamas supernumerarios —más exactamente, polimastia—) y telotismo. Este último se define como la contracción de las células mioepiteliales de la areola y el pezón que inducen la erección del mismo, por efecto del estímulo táctil, erótico o del frío. En la entrada del otoño es frecuente apreciar por la calle telotismo en aquellas muchachas que aún no han adecuado su indumentaria al cambio de estación.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

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Electra y el amor paterno

Hace tres años publiqué un post sobre las implicaciones médicas de la historia de Edipo de Tebas: el archiconocido complejo de Edipo de la mitología freudiana y el menos conocido edipismo o autoenucleación ocular que ocurre en algún psicótico. Ese día amenacé con dedicar una entrada a la contraparte paternofilial del Edipo, conocida como complejo de Electra, y hoy cumplo mi amenaza.

El mito clásico de Electra

El relato de Electra no se relaciona con el de Edipo. Este último pertenece al ciclo tebano mientras el primero es un ramal del enorme ciclo troyano. Alguno hay con poca cultura clásica que piensa que Electra fue la hija que cuidó de Edipo, y de allí el nombre del otro complejo freudiano, pero nada menos cierto. La abnegada hija de Edipo era Antígona, ejemplo del cuidado paterno pero sin oscuridades libidinosas.

Electra (Ἠλέκτρα) fue, ni más ni menos, la hija de Agamenón y Clitemnestra, sobrina por tanto de Menelao y Helena, hermana de Orestes, Ifigenia y Crisótemis. Una familia disfuncional donde las haya –¡ay!, si hubiesen existido las “constelaciones familiares” entonces…

Electra, apegada a su padre, el Rey de Micenas, tuvo que separarse de él cuando éste partió a la cabeza de la coalición aquea contra Troya. Durante ese penoso decenio Electra tuvo que sufrir cómo la pajarraca de Clitemnestra se amancebaba con Egisto, primo de Agamenón y un trepa de cuidado.

En descargo de Clitemnestra hay que considerar que fue desposada forzosamente con Agamenón después de que éste matara a su primer marido, Tántalo, y los hijos habidos con él (no confundir a este Tántalo con el otro más famoso, condenado a eterna sed y rodeado de agua que no podía beber, cosa que en oftalmología da nombre al ojo seco tantálico, es decir, aquel que está seco pero a la vez llora). También Agamenón entregó a Ifigenia, hija de ambos, como víctima propiciatoria antes de la partida a Troya, cosa que no pudo perdonar Clitemnestra.

Agamenón volvió victorioso tras la toma de Troya, pero la alegría de Electra fue breve. La terrible dupla Egisto-Clitemnestra aprovechó mientras el rey se relajaba en un baño para abrirle la cabeza como un coco. Electra logró salvar a su hermano pequeño, Orestes, de las manos de Egisto y expatriarlo a escondidas a un reino vecino donde fue criado por amigos de Agamenón. A partir de entonces el odio de Electra hacia su madre fue irrefrenable. Fue apartada de la corte y relegada a vivir pobremente entre las criadas.

muerte de Agamenón

Asesinato de Agamenón. Cuando el rey salió del baño se puso un albornoz que le acercó Clitemnestra, pero en realidad era una red para atraparlo. En esta crátera ática del 460 a.C. (Museum of Fine Arts, Boston) vemos a Agamenón envuelto en la red y a Egisto dispuesto a matarlo, detrás de Egisto está Clitemnestra con un hacha en la mano derecha y tras el rey su hija Electra espantada. Las otras dos mujeres podrían ser Crisótemis y la cautiva Casandra.

Electra y Orestes

Electra, Orestes y Pílades ante la tumba de Agamenón. Cuando Orestes vuelve de incógnito a Micenas y va a rendir ofrendas a su padre se reencuentra con su hermana a la que no veía desde su huida años atrás. (Cerámica del s.IV a.C., Louvre).

Durante los siguientes siete años Electra conspiró contra los usurpadores del trono hasta lograr el retorno de su hermano Orestes, ya adulto, quien cobró venganza con las vidas de los conjurados, incluyendo a su propia madre.

Tras el matricidio Orestes se volvió loco y huyó perseguido por las Erinias (alegoría del remordimiento), vagando por variados territorios hasta que al final fue sometido a juicio ante un jurado popular y absuelto por mayoría simple.

Electra acompañó y cuidó de su hermano desquiciado y al final se casó con el compañero de crianza y mejor amigo de Orestes, Pílades, con quien tuvo dos hijos y parece que vivió en paz, cosa rara en la mitología griega.

El relato de Orestes y Electra ha inspirado montones de versiones desde la Grecia clásica hasta los tiempos modernos. Obviamente los tres grandes trágicos, Esquilo, Sófocles y Eurípides dedicaron múltiples obras a estos personajes.

También han sido pasto de los libretistas de ópera. Electra es un personaje secundario de la ópera Idomeneo re di Creta, uno de los primeros éxitos teatrales de Mozart; aquí Electra aparece refugiada en la corte de Idomeneno tras huir de Micenas debido al matricidio y sirve de excusa para un triángulo junto a Idamante, hijo del rey, e Ilia, una cautiva troyana. Aun siendo secundaria, el personaje de Electra canta las dos arias más intensas y famosas de esta obra (aquí, 1 y 2).

Pero la mejor adaptación operística, sin lugar a dudas, es la Elektra de Richard Strauss (1909), con un sangrante libreto de von Hofmannsthal basado en la Electra de Sófocles. Una obra oscurísima, mentalmente extenuante por su intensidad, a pesar de no ser muy extensa, y con una música revuelvetripas perfecta para la ocasión.

Händel, Taneyev y Theodorakis también compusieron sobre estos personajes.

Orestes y Clitemnestra

Orestes a punto de asesinar a su madre Clitemnestra, seguido probablemente por Electra y Pílades. Cerámica ática, museo del Louvre.

Electra y la electricidad

Ciertamente el malhumorado, irritable y empecinadamente vengativo personaje de Electra echaba chispas, pero no viene de allí la relación con el mundo eléctrico. En griego, electro/electron (ήλεκτρον) significaba brillante o emisor de chispas, por ello se llamaba así a la lustrosa aleación de oro y plata (como la que cubría el piramidión de las pirámides de Giza) y en especial se refería a la resina del ámbar, la cual al ser frotada con piel se cargaba eléctricamente y emitía algún chispazo, además de atraer vellos y pelusas, como había observado Tales de Mileto.

Así que si Electra hubiese sido un invento del moderno Hollywood se habría llamado Amber, nombre más propio de actriz porno o pilingui de Las Vegas que de la hija del mismísimo rey de reyes argivo.

El término actual de electricidad fue introducido en 1600 por el médico inglés William Gilbert (1544-1603) en su obra De Magnete. A la medicina no parece que Gilbert contribuyera mucho, pero fue el primer estudioso serio de los fenómenos eléctricos y magnéticos, aunque sin saber que se trataban de la misma fuerza. Gilbert experimentó sobre la electricidad estática, la electrificación por frotamiento e inventó el primer electroscopio. También estudió los imanes, la imantación y se aventuró a proclamar que el planeta tenía un enorme campo magnético. Ya se encargarían después Faraday y Maxwell de dar forma y matemática al electromagnetismo.

El mito psicoanalítico de Electra

Freud planteó su complejo de Edipo en 1910 y posteriormente lo desarrolló en su obra “Tótem y tabú”. En 1912 su colaborador Carl Jung sugirió en su “Ensayo de exposición de la teoría psicoanalítica” llamar complejo de Electra a la contraparte niña-padre del Edipo freudiano.

Se supone que este complejo aparece durante la fase fálica (3 a 5 años, o poco más) junto al “complejo de castración” y la “envidia del falo”. La niña migra su objeto erótico de la madre hacia el padre y desea suplantar a su madre como posesora del amor sexual paterno. Esto es lo que concluyeron las borboteantes mentes freudianas de la típica respuesta “me casaré con mi papá” que da cualquier niña de 4 años.

Mirándolo bien, el nombre del complejo cojea un poco, pues se centra en el deseo de eliminación de la madre, pero Electra ansiaba destruir a la madre por venganza del honor paterno, no por una inclinación incestuosa hacia Agamenón que no figura en ninguna versión del mito. Pasa igual con Edipo, que si bien mató al padre y se empotró a su madre fue sin saberlo y sin quererlo.

Relatos antiguos e incestuosos hay un buen puñado. Sin ir muy lejos el mismo Egisto causante de los males de Electra fue producto de un violento incesto, pues su madre Pelopia era hija de su padre Tiestes, quien la violó para tener un hijo que, según el puto oráculo de turno, se cobraría las cuentas pendientes con su hermano Atreo –padre de Agamenón y Menelao, vaya pastel familiar, ni los Carmona-Heredia-Cortés se lo montan así.

Otro ejemplo, ahora bíblico, la historia de Lot y sus hijas. Lot fue el sobrino de Abraham que se salvó del cataclismo de Sodoma; conocido es que durante su huida Lot perdió a su esposa –la famosa estatua de sal– y se refugió en una cueva a vivir como troglodita con sus dos hijas. Éstas, carentes de varón que las preñase, decidieron inducirle sendos palimpsestos alcohólicos a su anciano padre (a saber de dónde sacaban tanto vino) y aprovechar su embriaguez para embarazarse de él. La mayor lo hizo una noche y la menor a la siguiente.

Ambas parieron, una a Moab y otra a Amón, patronímicos legendarios de los moabitas y amonitas; estos pueblos fueron rivales de los israelitas y ya se sabe que la tradición hebrea gustaba dar orígenes deleznables a sus vecinos, como el bastardo Ismael del que descienden los musulmanes, los edomitas descendientes del que cambió su herencia por un plato de lentejas o los dos pueblos mencionados, de origen incestuoso.

El hecho más pasmante de la historia de Lot es cómo demonios puede un señor anciano y borracho hasta las trancas cumplir como un Ron Jeremy supermachote repetidamente. O el buen hombre era un portento de la virilidad o bien sus chicas conocían el arte del óxido nítrico en los cuerpos cavernosos.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

Ni lo grave es severo ni las suturas se reabsorben

“El que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”
José de Letamendi (1828-1897)

Ya sé que me repito más que el compango de fabada, pero debo insistir en que el lenguaje es una herramienta central para médicos y científicos, que las habilidades comunicativas deben ejercitarse de la misma manera que se practican las habilidades quirúrgicas o las destrezas matemáticas.

En Ciencias pateamos gustosamente el idioma. En Medicina parece que nos regocijamos en hablar con falta de corrección y en masacrar la elocuencia. Nos queda el consuelo del lenguaje aberrante usado en el área de económicas y empresariales, incomprensible spanglish que limita aún más su comprensión para quienes somos ajenos a las finanzas.

En este artículo voy con materia dura: tres palabras de frecuentísimo uso en Medicina e incorrectamente usadas con demasiada asiduidad. Me refiero a “severo”, “estadio” y “reabsorbible”.

Ochoa sí que era Severo

Quede claro de una vez que en el castellano actual severo no es sinónimo de grave. Sin embargo hemos asimilado el inglés severe como severo cuando queremos decir grave, debido a la influencia de la ingente literatura anglosajona y la perpetuación del propio vicio en el habla médica cotidiana.

Hay que reconocer que el uso de severo en nuestra profesión está hondamente incrustado y muchos lo usamos aun sabiendo su incorrección. Tal falta ha sido manifestada por la RAE, la Real Academia de Medicina y Fundéu. Se puede leer una amplia explicación sobre la confusión entre severo y grave en un artículo de los profesores Murube, Muñoz-Negrete y Arruga en Arch Soc Esp Oftalmol de 2007 y en otro de las doctoras Alonso y Pastor en Medicina Clínica de 2004.

Empecemos por las definiciones actuales de estos vocablos que aparecen en la 23ª edición del DRAE:

severo, ra
Del lat. sevērus.
1. adj. Riguroso, áspero, duro en el trato o el castigo.
2. adj. Exacto y rígido en la observancia de una ley, un precepto o una regla.
3. adj. Dicho de una estación del año: Que tiene temperaturas extremas. El invierno ha sido severo.

grave
Del lat. gravis.
1. adj. Dicho de una cosa: Que pesa. U. t. c. s. m. La caída de los graves.
2. adj. Grande, de mucha entidad o importancia. Negocio, enfermedad grave.
3. adj. Dicho de una persona: Que padece una enfermedad o una lesión graves.
4. adj. Circunspecto, serio, que causa respeto y veneración.
5. adj. Dicho del estilo: Que se distingue por su circunspección, decoro y nobleza.
6. adj. Arduo, difícil.
7. adj. Molesto, enfadoso.
8. adj. Dicho de un sonido: Que tiene una frecuencia baja de vibraciones, por oposición al sonido agudo. U. t. c. s. m. No me gustan los graves de esta grabación.
9. adj. Fon. Dicho de una palabra: llana. U. t. c. s.

Por tanto, severo se refiere a riguroso, estricto, recto o inflexible, mientras grave –dentro de su polisemia– denota importancia, seriedad o extremo de un asunto. Si decimos “cometió una falta grave y se le aplicará un castigo severo” queda muy clara la diferencia entre los dos términos. La etimología del latín severus tiene como raíz verus –verdad, verdadero, recto–. De severo también provienen aseverar y perseverar.

Por su parte gravis significaba en origen algo que tenía peso, en contraposición a levis, escaso de peso. En sentido de pesado se aplicó gravidez para el estado de la hembra preñada o gravedad para la tendencia de los cuerpos a caer por su peso, por contraposición a levedad. En su acepción de asunto de peso, serio e importante se aplica grave/gravedad al grado más avanzado o de riesgo vital de una enfermedad.

Esa contraposición grave-leve indica que lo correcto al graduar un proceso patológico es decir leve, moderado y grave, en vez de calcar el inglés mild, moderate, severe. Sin embargo, había cierta superposición entre gravis y severus en latín clásico y a veces eran usados como términos sinónimos. En este sentido pasó severe al inglés a través del francés antiguo.

La profunda impregnación del “severo” en la jerga médica hará que la corrección del vicio sea difícil. Coincido con lo planteado en el artículo del Dr. Murube antes citado, de que teniendo en consideración que en el fondo tal acepción de severo significa rescatar uno de sus significados en latín, no se trataría del peor pecado verbal de los médicos. Incluso podría animarse a la RAE a incluirlo como acepción válida, como hizo con la palabra testar (aquí lo comentamos), así no se tendría esa mala sensación visceral al escuchar el palabro.

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Estadio: distancia, recinto y fase

El vocablo estadio nos viene del griego στάδιον a través del latín stadium. En la Antigüedad el estadio era una medida de longitud definida como 125 pasos; como entonces no había una oficina internacional de pesos y medidas, la variabilidad de esos 125 pasos era considerable de un sitio a otro, pero más o menos rondaba los 185 m (entre 178 y 210 m).

La distancia del estadio era utilizada para la carrera de atletas en las olimpiadas, de modo que la propia prueba recibió el nombre de estadio y finalmente el recinto donde se practicaba también acabó por llamarse estadio.

En su sentido de espacio estipulado, estadio adquirió el significado de período o fase definida de un proceso, y en este sentido es como se emplea en Medicina. Usamos estadio para referirnos a las distintas fases por la que pasa una enfermedad, especialmente en oncología, donde las clasificaciones TNM de los tumores definen una progresión por estadios.

Hasta aquí todo bien y correcto. El problema es la tendencia de muchos colegas a tachonarle un acento en la “i” y pronunciar estadío en vez de estadio. No sé si les suena más elegante o moderno (como esos que dicen intérvalo en vez de intervalo, que es para matarlos).

Otros dos términos mal construidos a partir de estadio son estadiar y estadiaje. Cuando se realiza la clasificación por estadios se está haciendo una estadificación, no un estadiaje. Y el verbo correcto es estadificar, nunca estadiar. Basta consultar el Diccionario de la Lengua para comprobarlo.

estadio_ilustracionmedica

Pues eso, no inventéis palabros

Mediante la aplicación ngram viewer de Google se puede comparar la frecuencia de uso de palabras o expresiones en la literatura publicada. Allí se observa que hasta la pasada década el uso de estadificar y estadiar era similar, pero en los últimos años ha aumentado el uso del término correcto. Algo similar ocurre con estadificación y estadiaje. Muy bien.

ngram_estadio

Capturas de los gráficos generados por ngram viewer, donde se compara la frecuencia de uso de expresiones en la literatura publicada. En este caso se aprecia el avance del correcto uso de estadificación y estadificar en vez de sus variantes indebidas.

Reabsorber es absorber dos veces

Como cirujano remendón que soy tengo que escuchar con demasiada frecuencia aquello de “suturas reabsorbibles”. Me jode vivo.

En clínica médica y en fisiología se usa reabsorber para indicar que vuelve a absorberse una sustancia previamente secretada o exudada. Por ejemplo, en los túbulos contorneados de la nefrona se reabsorben solutos (glucosa, aminoácidos, etc.) y agua que se habían filtrado de más en el glomérulo. En el tubo digestivo se absorben los nutrientes externos ingeridos, mientras se reabsorben las sales biliares secretadas en la bilis. Una efusión pleural se reabsorbe, lo mismo que un derrame articular.

Lo que no puede reabsorberse es algo que no está producido dentro del organismo, de manera que es imposible que unos puntos de sutura o un implante biocompatible sean reabsorbidos, simplemente se absorben y ya. Para rematar la cagada se inventan irreabsorbible para los materiales de sutura no absorbibles.

reabsorbible_ilustracionmedica

Las suturas se absorben, no se reabsorben

Por una vez podíamos aplicar un calco del inglés de esos que tanto nos chiflan, y copiar su uso de absorbable and non absorbable sutures. Cierto que también se encuentra resorbable aplicado a materiales quirúrgicos, en especial en implantes de material biológico tipo colágeno o membrana amniótica. Pero insisto, si no está hecho dentro del propio individuo no se reabsorbe, sino que se absorbe.

Lamentablemente en este caso el ngram viewer revela un irritante predominio del absurdo e incorrecto uso de “suturas reabsorbibles”. ¡Hacedme el favor, carajo!

ngram_reabsorbible

Gráfico de ngram viewer mostrando el pedorro predominio de la malsonante y errónea expresión “sutura reabsorbible”, vicio quirúrgico que habría que corregir.

Otro término parecido que también se usa en Medicina es resorción, es decir, la acción y el efecto de resorber, y resorber se define como “recibir o recoger dentro de sí un líquido que ha salido de sí mismo”. Es obvio el parecido con reabsorber, ya que solamente hay resorción de algo que ha salido de uno. Como término médico resorción se usa como sinónimo de reabsorción y en especial se aplica a la degradación del tejido óseo.

Advierto a residentes y colegas que estén cerca de mí en quirófano que si escucho lo de puntos irreabsorbibles cuando tengo en las manos un objeto punzo-cortante, puedo causar severas lesiones que dejen un avanzado estadío de incapacidad.

Ceterum censeo “Podemus” esse delenda

Colegas y colegos

Ya está en marcha la campaña electoral de 2015 para las Cortes. Nos vamos a hartar de oír oratoria vacua y tontismos de todo calibre, en especial la recurrente moda de duplicar sustantivos, adjetivos y pronombres en masculino y femenino («trabajadores y trabajadoras», «ciudadanos y ciudadanas»…), para ser políticamente correctísimo y gramaticalmente papanatas. Así es, lectores y lectoras míos y mías, escasos son los políticos y activistas que no se han apuntado a tan malsonante vicio oratorio repetidamente denunciado por lingüistas y profesionales de la escritura, de la RAE para abajo. Exhorto a mis colegas de ciencias y medicina a repudiar semejante pendejada.

Muy recomendable la lectura del amenísimo libro «Las 101 cagadas del español», editado por María Irazusta Lara, donde hay un par de entradas sobre este tema. También se han publicado numerosos artículos en la prensa, como éste de Ricardo de Querol o éste otro de Ignacio Bosque, ambos en El País, o el inmejorable de Javier Marías en Letras Libres. La Real Academia lo ha dejado muy claro en su web y en el Diccionario panhispánico de dudas. Lo mismo Fundéu y el Instituto Cervantes.

Género no es sexo

Mal se comienza en la lucha por la igualdad entre machos y hembras cuando metemos por medio la palabra género, ya que género es un término ampliamente polisémico, con al menos 15 acepciones en el diccionario de la RAE, y en lo tocante a masculino y femenino género es una categoría lingüística y no sexual.

Es decir, las palabras no tienen sexo per se, un camión no tiene testículos aunque es de género masculino ni una ventana tiene clítoris aun siendo de género femenino. El problema viene al hablar de seres animados que sí tienen sexo, y en especial al hablar de personas en plural, pues el plural genérico o neutro coincide en nuestro idioma con el plural masculino.

Al decir «los enfermos» se incluyen a todas las personas enfermas, tanto mujeres como hombres. Es el único modo correcto de decirlo, todas las demás fórmulas no son sino bobadas y subterfugios sin fundamento, ni hablar de «enfermos y enfermas», ni «enfermos/as», ni «enferm@s», ni «enfermxs», ni «los y las pacientes» o descalabros similares.

El plural genérico coincidente con el masculino es algo común en las lenguas romances y no representa en modo alguno un menosprecio hacia la hembra de la especie; si en origen fue un uso machista hace ya muchos siglos que eso ha quedado atrás para permanecer como una forma de economía del idioma y que todos entendemos. En inglés no pasa esto pues sus artículos y adjetivos carecen de género y hasta que no aparece un pronombre por la frase uno puede no saber si se refiere a él, a ella o a algo inanimado. Repito, género no es sexo, para que se entienda:

Género:
  • Género masculino: el, los (y sus concordancias con el sustantivo, pronombre o adjetivo que les sigue).
  • Género femenino: la, las (y sus concordancias con el sustantivo, pronombre o adjetivo que les sigue).
  • Género neutro: lo
Sexo:
  • Sexo masculino: picha
  • Sexo femenino: chichi
  • Otras variantes sexuales: hermafrodita, asexuado

La coincidencia del género neutro con el masculino también ocurre en singular: «lo bueno y lo malo», «el bueno y el malo», «la buena y la mala». Aquí «bueno» y «malo» indican tanto el masculino como el indeterminado, pero estos casos no son los que escaman a los crispados y a las crispadas de la igualdad.

Si se reclama igualdad de géneros, un vendedor de telas podría responder «pero si todos mis géneros son igualmente buenos». La infame violencia entre hombres y mujeres no debería llamarse violencia de género (discusión ésta que se tuvo en su momento), pues no es la violencia de una categoría gramatical contra otra, sino entre personas. Hasta se habla de «transgénero» en vez de transexual, no sea que alguien se imagine a una loca travestida.

Recordemos, por otra parte, que género es una de las principales categorías taxonómicas. ¿Debe considerarse machista que el género de nuestra especie sea Homo –literalmente «hombre»–? Tal vez lo políticamente correcto sea hablar de Homo/Mulier sapiens para no pecar de discriminación contra la mujer. ¡Absurdo!

Palabras tan suculentas para los «buenrollistas» como Humanidad, humano, humanitario, humanizar, etc., provienen todas de ‘hombre’ en última instancia. ¿Habrá que buscar cómo feminizar todos estos términos?

Arroba es la cuarta parte de un quintal

Esta fue en su origen la unidad de medida representada con el símbolo «@». Tanto la arroba como el quintal están en desuso como pesos y el símbolo de la primera se rescató en programación informática.

A algún iluminado, a saber quién, se le ocurrió que «@» tenía un ambiguo perfil entre la a y la o y que, por tanto, sería buena solución para evitar el intolerante plural genérico masculino. Pero escribir cosas como «l@s cirujan@s» es un disparate porque ¿cómo se lee eso? La @ es un glifo sin fonema asociado y por tanto no cabe como letra dentro de una palabra. El lenguaje escrito está supeditado al lenguaje oral: no se debe escribir lo que no se puede pronunciar.

generos

Idiotas e idiotos al poder

El mantra de duplicar los géneros ha arraigado entre políticos, administración pública, oenegés y agentes sociales como las hifas en las uñas de los pies. Diría que la cosa comenzó desde sectores considerados progresistas, sensibilizados con la igualdad y la justicia social, cosa que está muy bien aunque no da salvoconducto para distorsionar el idioma.

Como el peor ejemplo de hasta dónde ha llegado la tontería tenemos a esa bestia inverecunda y maloliente llamada Nicolás Maduro. Este animal ha asumido tanto el protocolo de duplicación de géneros que con frecuencia suelta rebuznos como «millones y millonas», «liceos y liceas», «alertas y alertos», «libros y libras» (y hasta se lo toma a broma, el cretino). Pero qué se puede pedir, partiendo de que la Constitución Nacional chavista está plagada de florilegios como estos:

Artículo 33. Son venezolanos y venezolanas por naturalización:
1. Los extranjeros o extranjeras que obtengan carta de naturaleza…
2. Los extranjeros o extranjeras que contraigan matrimonio con venezolanas o venezolanos desde que declaren su voluntad de serlo…

Artículo 35. Los venezolanos y venezolanas por nacimiento no podrán ser privados o privadas de su nacionalidad…

Artículo 39. Los venezolanos y venezolanas que no estén sujetos o sujetas a inhabilitación política ni a interdicción civil…

Artículo 41. Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad, podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y aquellos contemplados en la ley orgánica de la Fuerza Armada Nacional.
Para ejercer los cargos de diputados o diputadas a la Asamblea Nacional, Ministros o Ministras, Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia…

Habrá a quien esto le parezca lo correcto, pero no lo es en cuanto a gramática ni retórica, y además es signo de inoperancia de pensamiento. Es llenar con palabras y más palabras vacías que no aportan nada al mensaje.

El desdoblamiento de géneros es una de las herramienta para que los discursos políticos puedan contener más palabras sin decir nada adicional, para parecer que se dice más cuando no se dice nada. Recuerda al estilo de los charlatanes que se dirigían rimbombantemente a la gente: «Señoras y señores, damas y caballeros, amigos y amigas…»

Se me tapa una arteriola de la sustancia blanca cada vez que escucho una declaración política aderezada con mamarrachadas de esta guisa.

Da la impresión de que en los círculos gerenciales públicos hay que usar más palabras de las necesarias y complicar los nombres de las cosas para que parezcan más de lo que son, para hacer como que se hace más de lo que se hace. Por ejemplo, en el sector hospitalario catalán donde trabajo ya casi no hay hospitales, hospitales a secas, ahora abundan especies como: Ciudad Sanitaria, Consorcio Hospitalario, Corporación Sanitaria, Consorcio Sanitario Integral, Centro de Atención, Parque de Salud… a los que hay que añadir el topónimo, el epónimo y la categoría universitaria, si procede. El resultado es un larguísimo nombre institucional que sólo aparece en impresos y bocas de gerentes, porque el personal y los usuarios siguen llamándolo «el hospital de tal sitio» y ya. Mientras, las listas de espera no bajan a pesar del espectacular artilugio nominativo.

Lenguaje machista

Por supuesto que existe lenguaje sexista, lo mismo que lenguaje racista y expresiones ofensivas de toda índole. Es sin duda necesario cuidarse de proferir frases que sean o puedan interpretarse de modo peyorativo, aunque lo de que «puedan interpretarse» reside en buena medida en quien recibe el mensaje y el problema puede estar allí más que en las palabras. Tal es el caso de plural genérico en nuestra lengua, pues si a alguien le parece excluyente y ofensivo el problema es suyo, no del idioma.

Resulta desazonador ver cómo han aparecido muchas guías para lenguaje no sexista en organismos públicos, sindicatos, institutos y universidades, donde se mezclan recomendaciones razonables con otras sin sentido y opuestas a la economía y elegancia de nuestra lengua.

Lamentablemente usar el desdoblamiento de géneros no sirve para que haya menos maridos zurradores ni para que los sueldos y oportunidades laborales sean equivalentes para mujeres y hombres. Si fuera así de fácil…

Como decía Javier Marías en su artículo antes citado, no hay que fiarse de quienes empleen estas cantinelas en su discurso, porque «son unos cantamañanas y unos farsantes, unos cobistas, unos embaucadores y unos falsos (o, en el mejor de los casos, unos melindrosos y unos acomplejados)», demagogos disfrazados de corrección política.

A quienes os guste la irreverencia de la serie South Park, en esta temporada 19 están explotando al máximo el sinsentido de lo políticamente correcto, reduciendo a situaciones extremas y absurdas la hipersensibilidad, hipertolerancia e hipercorrección que abunda en el mundo occidental.


Colegas y colegos –
CC by-nc-nd 4.0 –
Manuel Romera

Ortografía retiniana

“A ti, querido Vulgo, que de todo lo malo te enamoras, va dedicado este librito.”

Este es el íncipit del libro “Cizaña del lenguaje” del escritor granaíno Francisco José Orellana, obra de 1889 donde denuncia “disparates, extranjerismos, barbarismos y demás corruptelas, pedanterías, y desatinos en la lengua castellana”. Se ve que la degradación del idioma no es una preocupación nueva.

El cáncer del maltrato al español por parte de los científicos que escriben en nuestra lengua parece incontenible. El elemento de mayor peso en esta corrupción quizá sea el abuso de anglicismos y calcos lingüísticos tanto ortográficos como gramaticales.

Amigos científicos, médicos y técnicos: si escribimos en castellano hay que cumplir las reglas oficiales de nuestro idioma, si escribimos en inglés se deben respetar sus normas, y así sea cual sea la lengua que empleemos. Los spanglishismos suelen revelar un nivel deplorable en el escritor científico.

Hoy tengo el gusto de cargar tintas contra los colegas especialistas en retinología. En virtud de mi espurio oficio de asesor comunicativo / diseñador gráfico, tengo oportunidad de revisar la redacción de artículos, tesis y presentaciones científicas en los que descubro frecuentes vicios idiomáticos. En el caso de los brothers retinólogos los errores más comunes incluyen precisamente la palabra central de sus vidas: retina. He aquí los problemas que aparecen cuando se le añaden sufijos y prefijos.

Los usos del sufijo “–al” en buen castellano

“Retinal”, “coroidal”, palabros que en boca o pluma de colegas me cuartean las retinas y los tímpanos. Son evidentes calcos ortográficos del inglés, donde se emplea los adjetivos retinal y choroidal (p. ej. retinal detachment, choroidal vessels). ¿Es correcta la terminación –al en estos casos?

Veamos lo que dice la Real Academia en su diccionario:

-al.

(Del lat. -ālis).
1. suf. En adjetivos, indica generalmente relación o pertenencia. Ferrovial, cultural.
2. suf. En sustantivos, indica el lugar en que abunda el primitivo. Arrozal, peñascal.

El uso más frecuente es para indicar una ubicación, un lugar donde abunda el elemento indicado, como en terrenos (lodazal, arenal, robledal) o plantaciones (maizal, patatal, naranjal). También, de modo más figurado, a un sitio o circunstancia donde tercia algo en cantidad (“hay que pagar un dineral”).

En cuanto a su uso en los adjetivos, como bien define el DRAE, es indicativo de pertenencia a una instancia, por ejemplo administrativa (estatal, municipal, catastral), un período de tiempo (semanal, quincenal, anual) o una miscelánea de actividades o circunstancias (nominal, ordinal, fenomenal, sexual, ganancial y muchísimas otras).

Recordemos también que –al es el sufijo usado en química para indicar grupos aldehído, incluido el derivado aldehídico de la vitamina A, el retinal. Este retinal es un sustantivo y puede confundir en búsquedas bibliográficas con el adjetivo homógrafo.

Aplicando los criterios de la RAE sería correcto retinal como adjetivo relacionado con la retina. Pero en castellano tenemos otros sufijos indicativos de pertenencia o relación, como –ano, –eo, -ario o –ico en palabra esdrújula (p. ej. sifilítico), que pueden ajustarse mejor a nuestro usos. Así, resulta mucho más natural y adecuado decir retiniano que no retinal: mejor “isquemia retiniana” que “isquemia retinal”. Igual con la coroides, preferible hablar de coroideo que no coroidal: “metástasis coroideas”, no “metástasis coroidales”.

En general es preferible no usar el sufijo –al mientras haya otro disponible que resulte más natural. Por ejemplo es más adecuado decir vírico que viral, u orbitario que orbital, aunque todas estas acepciones estén reconocidas. Tiroideo y no tiroidal; esteroideo y no esteroidal. Sin embargo, siempre hablaremos de abdominal, cerebral, epitelial o, para seguir en el ojo, escleral o corneal (pues corneano suena a rayos y córneo se emplea en otro sentido en dermatología y anatomía patológica).

Errores lingüísticos retinológicos: usar sufijos en -al y omitir la doble erre intervocálica al añadir prefijos. ¡No cometa estos atropellos!

Errores lingüísticos retinológicos: usar sufijos en -al y omitir la doble erre intervocálica al añadir prefijos. ¡No cometa estos atropellos!

La erre intervocálica se escribe “rr”

Es un principio muy elemental, pero habrá que recordarlo. Una palabra que empiece por “r” debe escribirse con doble “r” cuando se le antepone un prefijo que acabe en vocal, así mantiene su fuerte sonido de “erre” y no se convierte en suave “ere”. Por ejemplo: infrarrojo, prerrománico, prerrenal.

Esto no se hace en lengua inglesa, por lo que pueden escribir intraretinal, preretinal o chorioretinal tranquilamente. En cambio, en español es obligatorio escribir intrarretiniano, prerretiniano, epirretiniano, coriorretiniano o vitreorretiniano. Se excluyen, claro está, subretiniano o panretiniano por tener consonante antes de la “r”. La otra opción es usar guion, vítreo-retiniano, en cuyo caso vítreo conserva su acento.

No es raro ver a insignes eruditos de la retina caer en semejantes errores, impregnados como suelen estar por la literatura anglosajona en la que viven imbuidos. Luego va el senior y describe “múltiples hemorragias preretinales” y después logra dormir en paz. Precisamente lo básico de esta regla ortográfica hace que presenciar tales faltas sea como un pisotón escrotal (¿escrótico, escrotario, escrotiano?).

Sé que estas gambas no se meterán en el venidero simposio de barcelonaretinameeting.com, organizado por mis curruños J.Crespí, J. Díaz y J.I. Vela, del Hospital Sant Pau, pues son ponentes de primera línea y han seleccionado un egregio grupo de especialistas de indudable calidad. El evento será el 6 de noviembre de 2015, recordadlo, aunque si no estáis inscritos aún, me da que lo tendréis complicado por aforo al límite.

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Más frutas escondidas en términos médicos

Hoy es el turno de manzanas, uvas y bellotas. Son varias las entradas de este blog donde se ha comentado el origen alimentario de muchos términos anatómicos y médicos, como frutas (ver post) o marsicos (ver post). Resulta lógico utilizar la analogía para denominar partes de cuerpo o descubrimientos científicos según su semejanza con objetos comunes, en especial comestibles.

Manzana

En latín malum, el fruto del manzano (Malus domestica) da nombre al hueso malar y a la región malar, es decir, la parte alta de la mejilla o pómulo. El nombre viene por la semejanza morfológica del contorno de la manzana, más curvada en su parte superior que en la inferior, con el del tercio medio facial. La analogía es mayor en personas jóvenes y más si las mejillas son sonrosadas. De malum viene ‘mela’, nombre de la manzana en italiano.

El hueso malar también se llama cigomático, palabra proveniente de ζυγός (yugo). Alude al arco cigomático que une a los huesos malar y temporal en forma de puente o yugo. De ζυγός también deriva ‘cigoto’ –el óvulo fecundado– en referencia a la unión de la pareja, como en una yunta.

El contorno del pómulo es similar al de una manzana, en latín 'malum', de allí el nombre de región malar. A la derecha se muestra el hueso malar o cigomático resaltado en amarillo.

El contorno del pómulo es similar al de una manzana, en latín ‘malum’, de allí el nombre de región malar. A la derecha se muestra el hueso malar o cigomático resaltado en amarillo.

Un tercer sinónimo más coloquial para el malar es ‘pómulo’, diminutivo del latín pomus, que significa manzana y, por extensión, fruto carnoso comestible. De aquí viene el término botánico ‘pomo’ que define a este tipo de frutos, el nombre de objetos más o menos esféricos asibles con la mano como el pomo de una puerta y el nombre de manzana en francés (pomme) o catalán (poma), además de formar parte de pomme de terre o pomodoro.

Otro término médico derivado de pomus es ‘pomada’, pasta medicinal de textura similar al puré de manzana.

Nuestro castellano ‘manzana’ viene de mala mattiana, una variedad del fruto bautizada por Caius Matius, romano del s.I a.C. partidario de Julio César y posteriormente de Octaviano, quien fue autor de algunos volúmenes sobre agricultura y gastronomía.

Uvas

En otro post mencionamos que de ‘uva’ provienen los términos ‘úvula’ y ‘úvea’, y que el griego βότρυ (racimo de uvas) origina el término ‘botrioide’ para describir cosas arracimadas. La palabra griega para uva es σταφύλι (stafili), la cual participa como raíz en ‘estafilococo’ y ‘estafiloma’.

El primero en describir la configuración de los cocos en racimos y en cadenas fue el cirujano escocés Alexander Ogston (1844-1929) a partir de material extraído de abscesos; lo publicó en el British Medical Journal de marzo de 1881. Posteriormente se acuñó el nombre de Staphylococcus para estas bacterias arracimadas, gracias al alemán Friedrich Julius Rosenbach (1842-1923). En su monografía Mikro-Organismen bei den Wund-infections-krankheiten des Menschen de 1884 reconoce las aportaciones de Ogston y diferencia los estafilococos dorados de los blancos y de los estreptococos.

Ogston y Rosenbach

Alexander Ogston (A) describió los cocos agrupados en racimos como las uvas. Rosenbach (B) los denominó estafilococos. C: dibujo de la publicación original de Ogston de 1881. D: portada del libro de Rosenbach sobre infecciones bacterianas.

El estafiloma es una “dilatación con aspecto de uva” que aparece en la superficie del globo ocular. Se debe al adelgazamiento de la esclerótica que permite tanto la protrusión de tejido como la transparencia del oscuro tejido uveal subyacente. Los estafilomas anteriores son consecuencia de inflamaciones graves del segmento anterior –como escleritis o abscesos–, glaucoma congénito o traumatismos. En cambio, los estafilomas posteriores suelen ser constitucionales y asociados a alta miopía.

estafiloma anterior

Estafiloma anterior por escleromalacia en un caso de glaucoma congénito. Vía webeye.ophth.uiowa.edu.

Bellota

Baste decir que la palabra latina para bellota era glandem. Pues eso, que el fruto de la encina es quien da nombre al extremo distal del órgano copulativo masculino. Resulta obvia la semejanza de forma entre el glande y la bellota; de hecho el diccionario de la RAE da ‘glande’ como segunda acepción de ‘bellota’, y como su tercera acepción “botón o capullo del clavel”, de donde se justifica el uso peyorativo de ‘capullo’.

En Roma también se designaba ‘glande’ a los proyectiles lanzados mediante honda, pues tenían esa aerodinámica forma abellotada o de balón de rugby. Estos glandes se hacían de piedra, arcilla o plomo y solían llevar alguna inscripción injuriosa hacia el enemigo. Los honderos baleares fueron célebres como mercenarios tanto de los ejércitos púnicos como romanos.

Glandes iberos, proyectiles para lanzar con honda. Foto vía amigosmuseovvadecordoba.blogspot.com.es.

De glandem/glans deriva el nombre de la bellota en idiomas vecinos: gland (fr), ghianda (it), ghindă (ru), gla o aglà (cat) y landra (gall). Nuestro español ‘bellota’ y el portugués ‘bolota’ vienen del árabe belluta o balluta, que a su vez deriva del griego βάλανος (balanos, bellota en griego), origen de ‘bálano’ –sinónimo de glande– y del poluto surco balanoprepucial, acumulador de esmegma.

El diminutivo de glans es ‘glándula’, antiguamente aplicado a cualquier bulto abellotado, fuera fisiológico o tumoral, pero que condujo a la denominación de los órganos secretorios del cuerpo.

Sabiendo esto se antoja menos apetecible el jamón de bellota. Me causa unas asociaciones que ciertamente me dificultan pasar un cuchillo por su carne.

Sobre testículos, hábitos, prisas y patadas al lenguaje en la jerga científica

El extraño título de esta entrada, bastante absurdo, es reflejo del absurdo que supone el uso frecuente de ciertas expresiones dentro de la jerga científica: concretamente me refiero a los palabros testar, customizar y randomizar, cuyos orígenes se relacionan con los términos mencionados en el título.

Si bien los neologismos y los préstamos lingüísticos son elementos enriquecedores y dinamizadores del idioma, es deseable que los nuevos términos cumplan unas condiciones mínimas para ser aceptables, como que no haya palabras equivalentes en el idioma propio, o que la nueva expresión sea mucho más descriptiva o elocuente que cualquiera de sus similares nativos.

En la jerga técnica y científica abundan los anglicismos, como es lógico y hasta necesario, pero también los calcos gramaticales y semánticos del inglés, casi siempre desafortunados, como los ejemplos comentados a continuación.

Está testado, lo juro por mis huevos

El verbo testar existe en castellano y significa hacer testamento o declarar como testigo. En la moderna jerigonza científica se usa ‘testar’ para indicar que algo se ha probado en un ensayo de laboratorio o clínico: “El efecto de la inhibición de los canales de calcio fue testado en cultivos de células PC12…”

Se trata de un calco semántico del inglés to test, que sí significa probar u obtener prueba. La palabra ‘test’ está aceptada en el DRAE únicamente para referirse a las evaluaciones donde se selecciona una respuesta entre varias posibilidades, no como sinónimo de probar.

La etimología de test es diferente del origen del correcto verbo testar y sus términos relacionados: testamento, testigo o testificar. El inglés test deriva del latín testum, vasija o vaso de barro (tiesto), también aplicado a concha u otras partes duras, de donde terminó por aplicarse a la cabeza y de allí proviene testa, testuz o testarudo.

Durante la Edad Media se derivó de testum la acción de analizar la pureza de los metales preciosos, pues se usaban recipientes cerámicos para hacer los estudios. Así tenemos test (in), tester (fr), testar (pt) o testare (it), para referirse al ensayo de una sustancia. Aún estando en los idiomas vecinos, el término no arraigó en castellano, en el cual se emplea ensayar (nota: véase la adenda más abajo). También esta palabra se relaciona con el análisis de los metales, pues ensayo deriva del latín exagium, acto de pesar o estudiar algo, específicamente aplicado a metales. Del primitivo testum de barro para hacer exagium provienen los actuales test-tube o tubos de ensayo.

Testar no es sinónimo de probar

Mejor que ‘testar’ o ‘testear’, es ‘probar’ o ‘ensayar’. En español testar significa hacer testamento y se origina de la misma raíz que testigo y testículo. El inglés ‘test’ deriva de los recipientes cerámicos donde se analizaba el metal, que en latín se llamaba ‘testum’.

Por otra parte, el origen de testar y testificar, así como su relación con el testículo resulta más confusa. El nombre latino del sacro órgano huevil era testis y así se sigue nombrando en la Nómina Anatómica Internacional, mientras que testículo sería el diminutivo de testis. El término latino para testigo es teste/testi, según declinación.

Abunda por internet, incluso en algún libro serio, la anécdota de que los antiguos romanos prestaban juramento como testigos apretándose los huevos con la mano, y de allí vendría el origen común de testículo y testigo. A primera vista parece un hecho plausible (a pesar de lo dificultoso de asir la huevada a través de la toga), pero me extraña no haber leído nunca nada sobre este tipo de juramento en las fuentes originales, cosa corroborada por otros frikis del mundo antiguo. Y mira que en la literatura romana hay juramentos a cascoporro, la mayoría sobre dioses (que para eso tenían un panteón enorme), o con el gesto de arrojar una piedra, o las mujeres que juraban por su cabellera. Pero de jurar por el paquete nada.

Testis parece provenir de ‘tristris’, de la raíz indoeuropea ‘tri’, en referencia a la tercera persona que intervenía en algo, es decir, al testigo del hecho. Resulta curioso que el nombre de un órgano par provenga de la raíz para ‘tres’. Una máxima jurídica dice “Testis unus, testis nullus”, es decir, “un solo testigo no es testigo”, en el sentido de que no basta la acusación de una sola persona mientras no se apoye en un tercero. Que los testimonios tuvieran que venir a pares, como las colganderas gónadas, no se sabe si influyó en el nombre testicular. Reputados lingüistas dicen que los testículos “atestiguan la virilidad” y de allí el nombre. Otra posibilidad, más que probable, es que el término gonadal y el jurídico fuesen independientes pero homófonos, y ello se prestara a juegos de palabras, como puede comprobarse en la literatura romana.

En cualquier caso, volviendo al argot científico, la corrección obliga a emplear ensayar o probar en vez de testar, para no tocar los testes a quienes apreciamos el lenguaje pulido.

Adenda diciembre 2015: en la edición del Tricentenario del Diccionario de la RAE se ha incluido la palabra “testar”, definida como “someter algo o a alguien a un control o prueba”. Así que toda la disertación anterior se queda en bragas. Dado el origen latino de la palabra (aunque en el DRAE se especifica su procedencia del inglés) y que es un vocablo ampliamente utilizado, resulta adecuada su inclusión. Aunque yo seguiré siendo más de “ensayar”.

Expresiones customizadas

Lo de customizar es una auténtica aberración sin sentido ni justificación, a pesar de lo cual su uso es extenso no sólo en ambientes técnicos, sino en moda, diseño y otras áreas. El palabro es un desagradable calco del inglés custom, término para hábito, cosa acostumbrada o hecha al uso, pero también para algo hecho a la medida de una persona.

No diga 'customizar' sino 'personalizar'.

No diga ‘customizar’ sino ‘personalizar’. El inglés ‘custom’ se origina del término latino para ‘costumbre’, posteriormente derivado a algo hecho a medida.

La etimología de custom es la misma que la de costumbre en español, costume en italiano o coutume en francés: todas derivan del latín consuetudo/consuetudinis, con significado de práctica habitual, uso tradicional de algo. De este mismo origen proviene costume en inglés y francés, es decir, el hábito o traje de una persona. Cuando este traje se hace a medida entonces el costume es customized, de donde hemos pillado el mal uso lingüístico.

La palabreja no existe en nuestro idioma ni como verbo ni como sustantivo, y esperemos que la Real Academia no la incluya en el futuro, pues para eso contamos con ‘personalizar’ y ‘personalizado’, que son las expresiones correctas para referirnos a algo hecho a medida.

“Random jacta est”

El inglés random significa al azar, aleatorio. En este sentido se aplica a la distribución no sistemática o aleatoria de las muestras o individuos dentro del diseño de un estudio científico. De allí se han adoptado, infaustamente, términos como randomizar o randomizado para designar los estudios con muestreo aleatorio.

Esta palabra inglesa no tiene origen latino, como las anteriores, sino viene del sajón rinnan, que significa correr, ir con prisa, y de la cual también se origina run. Así que random era hacer algo con prisa, sin meditación, al tuntún y, por extensión, al azar.

En nuestra adorada lengua contamos con ‘azar’ y ‘aleatorio’, ambas palabras relacionadas con los dados. El nombre del dado en latín era alea, de modo que cuando Julio César soltó aquello de “alea jacta est”, literalmente dijo “los dados están lanzados” o “eché los dados”, aunque se traduzca como “la suerte está echada”.

Por su parte ‘azar’ proviene del vocablo árabe para dado, y más específicamente para la cara desfavorable del dado con la que se perdía la jugada; de modo que ‘azar’ estrictamente se referiría a la suerte adversa (de allí lo de ‘azaroso’).

No diga 'randomizado' sino 'aleatorio'

No diga “estudio randomizado”, sino “estudio con muestreo aleatorio”. ‘Random’ es un término inglés que deriva de una cosa hecha con prisa. ‘Aleatorio’ proviene de ‘alea’, nombre del dado en latín. ‘Zahr’ era la palabra árabe para flor (de donde deriva ‘azahar’) y también se usaba para designar la cara del dado con la marca que hacía perder la jugada, de allí ‘azar’ y ‘azaroso’.

De modo que no hay ninguna necesidad de usar random, randomizar o randomizado, teniendo no uno sino dos términos propios: azar y aleatorio (y más sinónimos, como fortuito y casual, no muy aplicables en este caso). Lo malo es que nuestro DRAE no incluye el verbo aleatorizar, cosa que sería deseable para poder hablar con propiedad de estudios aleatorizados, en vez de estudios aleatorios (que suena como si salieran de chiripa) o azarosos (aunque muchos así lo sean).

Que seamos de ciencias y no de letras no sirve de excusa para patear el idioma. La elocuencia suele ser signo de preparación, inteligencia y distinción. Se puede ser científico y elegante a la vez.

Adenda diciembre 2015: en la edición del Tricentenario del Diccionario de la RAE se incluye, ¡hosanna!, el término aleatorizar, definido como “someter algo o a alguien a un proceso aleatorio”. Así que lo de ‘randomizado’ sigue siendo para patada en el perineo.