Anuncios pagados por virus

Continuamos comentando la publicidad televisiva típica del invierno. En el post anterior cargamos contra los repetidos episodios psicóticos —disfrazados de anuncios— con los que las marcas de perfumes nos acosan durante todo el mes de diciembre y hasta el día de Reyes; tras el 6 de enero desaparecen por completo esos sainetes perfumísticos y ceden su espacio publicitario a los productos sustitutivos del tabaco (por aquello de los propósitos del nuevo año) y, en especial, a los cócteles farmacológicos de venta libre para el tratamiento de los resfriados y gripes. Éstos se emitirán hasta que sean sustituidos por los anuncios de antihistamínicos con la entrada de la primavera.

Todos nos tomamos nuestro frenadol cuando estamos moqueando y con malestar y, la verdad, se agradece su ayuda para pasar los malos días del catarro. Ahora bien, me parece que la aproximación que hacen las agencias publicitarias roza la irresponsabilidad. Paso a exponerlo.

Si yo fuera virus financiaría esa publicidad

Clásicamente los comerciales de antigripales han vendido el bienestar físico secundario al alivio sintomático: la descongestión, mejoría de la tos, alivio de la cefalea y las mialgias… Pero se ve que eso no es suficiente. Para ganarle a la competencia hay que ofrecer más: una existencia normal y plena a pesar de tener un rinovirus replicándose en la mucosa respiratoria.

Así, gracias al preparado de turno, el enfermo podrá irse de pesca al río, podrá tirar rumbo a la montaña nevada con los esquís en el techo del coche, podrá cumplir con el torneo de paintball, podrá cantar y bailar, correr y jugar; todo ello en compañía de sus hijos, familiares o la patota de amigos.

¿Y qué tiene esto de malo? ¡Parece cojonudo! El problema es que esa normalización de la actividad del enfermo atenta contra dos principios básicos del cuidado del catarro: el oportuno reposo y, muy especialmente, el aislamiento relativo que tan necesario es para que el individuo infecto no esparza sus miasmas víricas sobre sus prójimos.

Por eso, si yo fuera un rinovirus estaría encantado de esa publicidad que invita a contagiar la enfermedad indiscriminadamente bajo la falsa seguridad de sentirse bien y mantener contacto con los demás durante el período contagioso. Es magnífico para el negocio… del virus.

catharrhinol

Tómate un ‘catharrhinol’ y haz tus actividades como si nada, no importa que por tu culpa se contagie un puñado de inocentes.

Durante el catarro sea considerado con los demás

Los virus del resfriado común y de la gripe se transmiten a través de las secreciones nasales y faríngeas, sea por contacto directo, a través de manos impregnadas de mocos, de los objetos que tocan estas manos y, más relevante aún, mediante partículas en aerosol expelidas durante los estornudos, la tos y el resoplón nasal. Esas gotitas aéreas son respiradas por la persona sana, o bien el incauto se lleva sus manos contaminadas a su mucosa óculo-rino-oral y así el virus entra en contacto con el epitelio respiratorio donde anida y se multiplica. Tras un par de días de incubación aparecerán los síntomas.

Por ello, si usted está resfriado, tenga cuidado con la diseminación de sus humores nasales, tápese el hocico para estornudar o toser —no sé a qué edad aprenden los niños este importante gesto—, lávese las manos con frecuencia o use esos geles alcohólicos desinfectantes, evite el contacto innecesario con otras personas que no tienen culpa de sus males. Sana envidia me dan los japoneses, que usan mascarillas cuando están acatarrados por respeto y consideración a los demás, para limitar el contagio en sus atiborrados medios de transporte público.

Cómo actúan los virus respiratorios

Los resfriados comunes están causados principalmente por rinovirus y coronavirus; son las infecciones víricas más frecuentes del humano. La gripe, en cambio, está ocasionada por virus influenza o parainfluenza y ocasiona cuadros más serios. Otros virus que afectan la vía aérea son el sincitial respiratorio, adenovirus y algunos enterovirus como el Coxsackie.

Los rinovirus son una familia grande, con más de cien serotipos y fácil mutabilidad de sus epítopos inmunogénicos, por ello no es factible formular una vacuna adecuada contra los catarros humanos. Algo parecido ocurre con el virus gripal, de modo que las vacunas que se ponen cada año son “aproximadas” en relación con el virus de la temporada.

Los viriones del rinovirus se adhieren a moléculas específicas de la superficie epitelial, por ejemplo ICAM1, y son engullidos por la célula mediante endocitosis. Dentro de la célula epitelial el virus despliega su kit de proteínas para escapar de la vesícula endocítica y replicar su ARN mediante su propia polimerasa. Usa la maquinaria ribosomal del hospedador para generar las proteínas que ensamblarán nuevas copias virales y así puede expandirse la infección a células vecinas.

La diseminación hemática de los viriones —viremia— no es muy relevante en el caso de los rinovirus, aunque se ha relacionado con cuadros de mayor gravedad. En cambio, en la patogenia de la influenza y los adenovirus sí ocurre viremia (dos, de hecho) y ello influye en la intensidad de sus cuadros clínicos.

La respuesta inmunológica armada para eliminar las partículas virales y las células infectadas en la principal responsable de los síntomas. La vasodilatación y la hipersecreción mucosa que obstruyen las fosas y las ponen a gotear, el combinado de citoquinas responsables del malestar general y la fiebre (sobre todo INF, IL-1 y TNF, de hecho los pacientes que reciben INFα para tratar otras enfermedades pueden sufrir un cuadro pseudogripal como efecto secundario).

Tratamiento de elección: «agua y ajo»

No se emplean antivirales para limitar la replicación de rinovirus ni coronavirus, pues no son eficaces y lo limitado de la enfermedad no lo justifica. La enfermedad dura entre 3 y 7 días si no se trata, y entre 3 y 7 días si se prescribe cualquier tratamiento. Por ello toca «agua y ajo», expresión apocopada para indicar que hay resignarse a aguantarse y a joderse durante esa semanita.

Reposo y mucho líquido, como siempre, y una caja de clínex. Sobre el resto de tratamientos probados, que han sido muchísimos, no hay evidencia que apoye firmemente el uso de casi ninguno. A pesar de lo frecuente de esta enfermedad los ensayos clínicos controlados son complicados, dada la variabilidad de los agentes causales y de la respuesta inmunológica de los pacientes, dados los factores de confusión y sesgos al analizar los datos, y dado que casi todo lo probado puede tener un efecto placebo subyacente. Podéis mirar unas revisiones en CMAJ. 2014;186:190 y en Am Fam Physician 2013;88.

Las megadosis de vitamina C no previenen ni curan los catarros. La vitamina D podría reducir el riesgo de pillarlos, pero la evidencia es muy endeble (además, hay que considerar el riesgo de hipervitaminosis). Los suplementos orales de zinc sí podrían reducir el número y duración de los resfríos, al menos en niños, que es donde se ha ensayado.

Ni el ginseng, ni la Echinacea, ni el ajo, ni el vaporub, ni los probióticos actimélicos, ni los hiebajos con cagarros tradicionales chinos, ni ¡claro que no! los azucarillos homeopáticos han demostrado ningún beneficio que justifique su uso.

bobocatarro

Tomar ‘oscillococcinum‘ y esas homeobobadas es tirar el dinero… en el bolsillo del imperio Boiron.

El paracetamol y el ibuprofeno sí funcionan para aminorar los síntomas generales. Los antihistamínicos solos no ofrecen beneficio, pero van mejor en combinación con paracetamol o AINEs. El ipratropio intranasal, un anticolinérgico, mejora la congestión nasal en niños y, quizás, la tos.

En cuanto a los cócteles tipo bisolgripfrenadoldesenfriolcouldinapharmagripfluimucil, éstos incluyen de dos a cinco componentes, para escoger. Los principales ingredientes son:

  • Analgésico-antipirético: normalmente paracetamol o ácido acetilsalicílico. Alivian el dolor corporal, la cefalea, el malestar y la fiebre.
  • Antihistamínico: de los antiguos, tipo clorfeniramina o bromfeniramina. Pueden contribuir a la descongestión nasal y a reducir estornudos. Como suelen dar sueño ayudan a dormir mejor.
  • Vasoconstrictor: como fenilefrina, pseudoefedrina o cafeína. Se supone que reducen la congestión de las mucosas.
  • Antitusígenos: habitualmente dextrometorfano.
  • Mucolíticos: acetilcisteína, ambroxol, bromhexina. Se indican cuando hay congestión mucosa bronquial, aunque su eficacia se discute.
  • Chucherías: algunos de estos brebajes incluyen vitamina C, para que no se diga.

Lo dicho, los antigripales ayudan a pasarlo mejor, nada más.

Moco verde ≠ antibiótico

La peor de las cagadas que se perpetran en el curso de un vil catarro es terminar tomando algún antibiótico. En ese terrible error caemos médicos, farmaceutas y la propia gente. Los virus se pasan los antibióticos por el parrús, de modo que su administración sólo afecta a la microbiota (alias flora) del individuo, en el mejor de los casos, y en el peor ayuda a generar resistencias bacterianas, y de eso ya tenemos un problemón encima.

En la fase de recuperación de un catarro pueda haber una condensación del moco nasal y bronquial, que se torna espeso y verdosín, pero ello no es secreción mucopurulenta ni indicativo de sobreinfección bacteriana. También en el transcurso del resfrío puede aparecer dolor de oído o síntomas de sinusopatía, pero secundarios a alteración de la ventilación de las cavidades paranasales y timpánica por la inflamación de la mucosa rinofaríngea, no por sobreinfección bacteriana. Por lo general esos síntomas se resuelven con paciencia y sin antibióticos.

A un médico con buen juicio clínico no le costará determinar cuándo una faringitis, otitis o sinusitis puede ser realmente de origen bacteriano. Quizás la infección por Mycoplasma pneumoniae sea la que más se acerque a los síntomas respiratorios y generales de una influenza.

Debe desestimarse, pues, la prescripción alegre de antibióticos, incluidos esos modernos macrólidos de dosis cortas. Hay algunos estudios que indican que estos macrólidos pueden reducir la invasión de las células epiteliales respiratorias por rinovirus, pero son ensayos in vitro o en bronconeumópatas crónicos. Actualmente sólo se recomienda considerar la adición de antibiótico al tratamiento de catarros complicados en pacientes con bronconeumopatía crónica, fibrosis quística o exacerbaciones asmáticas serias. Si usted está sano no haga el canelo y evite tomarse un placebo tan caro y serio.

En resumen, no haga caso a la publicidad de combinados antigripales y no se vaya de aventura por el mundo, quédese en su casa y descanse un par de días, si puede, y si tiene que ir al curro e interactuar con terceros, mantenga sus manos limpias, cubra su morro para toser o estornudar y haga lo posible para no obsequiarle el virus a sus amigos.

 

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

 

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Conocimiento científico, pensamiento científico

Hoy me pondré filosófico. La culpable de ello es de la directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), Belén Crespo. Muchos estaréis al tanto del plan de autorizar formalmente la comercialización de productos homeopáticos como si fueran medicamentos, y del revuelo que han provocado sendas escandalosas entrevistas que esta funcionaria concedió a El Mundo y El País; o bien las periodistas responsables tuvieron muy mala uva o bien las declaraciones emitidas fueron rebuznos a hocico abierto. Por ello llevamos muchos días de ebullición en redes sociales y todo aquel escéptico con blog ha puesto su opinión al respecto.

Sobre la ausencia de fundamentos científicos de la homeopatía podéis encontrar extraordinario material en internet, desde la más básica demostración del fraude mediante química elemental (1,2,3) o la refutación de la alucinatoria teoría de la memoria del agua y su supuesta evidencia científica (1,2), hasta filigranas ejemplares como el cálculo de por qué el cadáver de Bin Laden disuelto en todos los océanos del mundo no llega a alcanzar  una dilución suficientemente extrema para tener rango terapéutico homeopático.

Aquí quiero abordar el tema desde la vergüenza que me causa la práctica de este fraude por parte de médicos, licenciados en universidades, con su título oficial legal y registrado. No deja de asombrarme que los médicos practicantes de homeopatía han estudiado lo mismo que yo, han recibido más o menos las mismas asignaturas, han estudiado bioquímica, fisiología y farmacología; si dominan lo básico de estas asignaturas (eso espero si están ejerciendo) ¿cómo pueden dar crédito a semejante práctica? ¿Cómo puede haber amparo desde organizaciones colegiales y hasta de universidades a tales variedades de chamanismo?

Quizás habría que buscar el fallo en la escasez de pensamiento científico en nuestra profesión. No es lo mismo pensamiento científico que conocimiento científico, aunque ambos conceptos se relacionen estrechamente.

El conocimiento científico se refiere a informaciones concretas obtenidas como conclusión de investigaciones realizadas. Así sabemos, por ejemplo, el punto de ebullición de una sustancia aunque no la hayamos medido en persona, o que un determinado fármaco se depura a través del hígado, o incluso que la Tierra es una esfera, aunque pocos puedan decir que la han circunnavegado o la han visto desde el espacio.  El conocimiento científico es fácil de adquirir, está en los libros de texto y fuentes referenciales, basta con hincar los codos y leer.

En cambio, el pensamiento científico es mucho más difícil de dominar porque no nos es innato ni fisiológico a los humanos. Al humano le atrae lo asombroso, le entusiasma lo sobrenatural, prefiere relaciones causa-efecto sencillas y directas, prefiere explicarse algo por obra divina o fantástica o hasta dejarlo en misterio antes que explicaciones complejas pero lógicas. Preferimos que nos cuenten una historia a que nos presenten evidencias; damos por hecho veraz lo que nos cuenta alguien que nos inspira confianza y por naturaleza acatamos el parecer de las figuras de autoridad. Eso no es malo, es lo que somos, lo que arrastramos en nuestra herencia de especie.

Por ello el pensamiento científico no es natural para el humano y exige un esfuerzo intelectual añadido. El pensamiento científico es crítico, no asume un postulado por fe sino porque cumple una serie de características: es racional, posee coherencia interna y externa (respecto a los conocimientos previos), sus conclusiones son resultado de la aplicación del método científico y por tanto se trata de un resultado verificable por terceros.

El problema en las facultades médicas es que la enseñanza se basa casi por completo en impartir conocimientos científicos y se deja muy abandonada la enseñanza del pensamiento científico. Es bastante lógico, por lástima, pues es tal el volumen de los contenidos del pensum que no bastaría la ya prolongada duración de nuestra carrera para realizar además un aprendizaje crítico de cada asignatura. Vamos, que la orientación de la enseñanza médica va claramente dirigida a la adquisición de habilidades para un oficio, como si fuera una versión XXL de la FP (formación profesional).

La parte mala de esto es que un endeble pensamiento crítico en los médicos nos hace fácil presa de charlatanes, a saber:

  • Pseudomedicinas y terapias alternativas, que las hay a puñados, ninguna con aval científico de peso. Los médicos que asumen estas modalidades se mezclan con practicantes no médicos, carentes de formación científica, rebajando nuestro Arte a la altura de curanderos, iluminados, ritualistas orientales, metafísicos y conspiranoicos. Ello me causa vergüenza.
  • Farmacéuticas: la propia industria se vale de nuestra debilidad formativa para meternos bolas sobre nuevos productos y nuevas indicaciones terapéuticas. Así, en ocasiones nos presentan fármacos más caros que tienen un perfil similar a otros más antiguos y económicos, o nos venden suplementos nutricionales con más que dudoso efecto protector ante las enfermedades anunciadas. Se tira del marketing para presentarnos datos que si tuviesen suficiente evidencia bastarían por sí mismos. ¿Y quiénes son los encargados de traernos estos datos? Pues son los…
  • Visitadores médicos: partiendo de la simpatía y el respeto por quienes se han visto obligados a subsistir de tal oficio, no deja de resultarme llamativo que los laboratorios nos envíen a comerciales de orígenes y niveles formativos muy dispares, en general con baja cualificación en materia científica. Los preparan con unos cursillos básicos y los lanzan a enfrentarse a profesionales de la salud a quienes deben explicar datos farmacológicos y estudios clínicos. Nos dejan unos folletos con colorines y un bolígrafo de propaganda. Ese es el respeto que nos tiene la industria.
  • Opiniones de “expertos”: cosa que todos vivimos en los congresos de la profesión, en especial en las “mesas redondas” donde cada experto invitado nos da su personal receta sobre un tema. Y es algo que muchos hemos hecho, coger el micrófono y responder sin rubor “yo lo que hago es…” demostrando que no manejamos mucho los niveles de evidencia de la investigación clínica. Otro problema es que entre los expertos se pueden colar charlatanes y figuras de dudosa sinceridad científica.
  • Artículos cuestionables en revistas: el principal combustible del avance médico es el conocimiento vertido en las miles de publicaciones científicas que se editan en el mundo. En principio los artículos pasan un filtro de revisión, pero aun así se cuelan trabajos dudosos. Por suerte el conocimiento científico es verificable, de modo que tarde o temprano las falsas conclusiones son puestas en evidencia. La sola lectura de un paper valorando la metodología o el manejo estadístico ya nos alerta del crédito que se puede dar al mismo. Extraña cuando un autor publica un tratamiento con elevadísima tasa de efectividad y que luego ya no se vuelva a hablar del tema.

Y si tales debilidades científicas presentamos los encargados de velar por la salud y la vida humana, no es de extrañar que el público general se deje influir por cualquier corriente, aparentes expertos, vendedores de novedades y sesgos de medios comunicativos.

La adquisición de pensamiento científico racional y crítico debería ser universal, pues cualquier ciudadano puede sacar beneficios de ello, y no en temas específicos de ciencia sino en la vida diaria, en protegerse ante engaños de marketing, manipulaciones mediáticas, engañifas políticas, etc.

Volviendo a la reciente polémica homeopática os recomiendo curiosear el hashtag #NoSinEvidencia en Twitter, o a sumaros a la petición al Ministerio de Sanidad en change.org. Con estos temas termina pasando como con ciertos asuntos políticos, religiosos o deportivos, donde uno acaba por no hablar de ellos con amigos y colegas adeptos porque la cosa acaba en gresca.

Nota: advierto de antemano a los internautas que pretendan colocar comentarios en defensa de las terapias pseudocientíficas que se ahorren y me ahorren la molestia. Este es un simple blog personal y no un espacio de debate público, y paso de dar cancha al proselitismo chamánico y de perder tiempo refutando tontadas.