Sobre calcos médicos, again

Existen en Twitter numerosas cuentas sobre idioma y ortografía; recientemente me topé con las de @PatiOrtografico, @ElCorrectorDeTV y la tronchante @Cosmopaletation, ávidos rastreadores de meteduras de pata lingüísticas en las redes sociales, especialmente desde los medios de comunicación. Abruma ver la cantidad de erratas que los profesionales de la información cometen en su oficio y la de burradas que los usuarios comunes perpetran sin pudor. El twitter de Cosmopaleto está especializado en la denuncia de los calcos absurdos y anglicismos sin sentido que contaminan profundamente el idioma de uso diario. Con bastante mala baba, Cosmopaleto imita el estilo tan habitual en revistas como Cosmopolitan, plagadas de patadas al correcto castellano, y utiliza con ironía el término obsoleters para referirse a los que aún hablamos y escribimos a la antigua usanza.

En Medicina abundan los cosmopaletismos, préstamos y calcos innecesarios del inglés, usados irreflexivamente en detrimento de las palabras que ya tenemos en nuestro idioma para decir lo mismo. El origen obvio de esta mala praxis lingüística está en la constante lectura de textos especializados en inglés, cosa necesaria para que los médicos estemos al día en nuestro oficio. Los préstamos entre idiomas están justificados cuando no hay traducción posible o cuando el término extranjero define muchísimo mejor el concepto que cualquier combinación en la propia lengua. Por lo demás son una tontería.

Es un error la pretensión de justificar los anglicismos bajo el argumento de que «así es como aparece en la literatura especializada». Calcos absurdos hay en Medicina para aburrir; en este blog ya lo hemos discutido antes (1, 2, 3, 4) y hoy tocan unos cuantos ejemplos más.

Tidal

En quirófano no es raro escuchar a los anestesistas hablando de ajustar el «volumen tidal», cosa que instintivamente me hace levantar la cara del campo operatorio como si fuera un suricato. En inglés tide es ‘marea’ y tidal es ‘relativo a las mareas’. Este volumen «de marea» o tidal volume no es más que aquello que en nuestros bien traducidos libros de fisiología se denomina «volumen corriente», es decir, ese medio litro de aire que entra y sale de los pulmones con cada inspiración y espiración normal.

pantalla ventilador anestesia

Pantalla de un equipo de anestesia general. El parámetro Vt, aquí ajustado a 600 ml, indica el volumen corriente respiratorio. Vía www.ijaweb.org.

El ajuste del volumen corriente es importantísimo durante la anestesia general, pues el respirador se encarga de insuflar aire en los pulmones en un volumen y a una presión precisos para mantener la correcta oxigenación sanguínea.

Todos los estudiantes de medicina aprenden lo de volumen corriente cuando estudian fisiología respiratoria. Es el término apropiado e inequívoco en español, por ello no hay justificación posible para que anestesistas, neumólogos y espirometristas percudan su elocuencia con lo de tidal. Leñe.

anestesia_tidal

Para demostrar que el calco existe: pantalla de equipo de anestesia en uno de los quirófanos que frecuento, con la interfaz en castellano, se supone.

Tiltar

Bien sabéis, lectores avezados en la lengua inglesa, que tilt significa inclinación o inclinar, según se use como sustantivo o como verbo. Sinceramente, ¿hay alguna razón humana, divina, judicial o filosófica para inventarse el palabro tiltar, cuando existe ‘inclinar’ y toda su sinonimia?

He tenido oportunidad de oír tal aberración, no pocas veces, saliendo de las fauces de oftalmólogos: «La lente intraocular ha quedado tiltada». Y yo aprieto la mano en el bolsillo para que no salga expelida rumbo al bofetón.

El tilting aparece en la literatura médica en inglés sobre todo para referirse al desequilibrio de uno o más componentes que deben estar alineados, como en los elementos ópticos del ojo, estructuras osteoarticulares o dentales. En neurooftalmología se oye el término en el «tilted optic disc», disco oblicuo o inclinado, que describe la apariencia sesgada de la papila óptica en ojos de altos miopes debido al peculiar ángulo de inserción del nervio en el globo; también está la «ocular tilt reaction» o respuesta de inclinación ocular, mecanismo que conecta la información del oído interno con los músculos oculares para ajustar la posición de los globos ante movimientos de inclinación de la cabeza; este reflejo se asocia con una anomalía también harto conocida por su anglicismo: skew deviation o desviación oblicua.

No hay que ahondar demasiado en que decir tiltar o tiltado es una abominación criminal y un cosmopaletismo de primera categoría.

Flop, flop, floppy

floppy eyelid

Síndrome de laxitud palpebral. Es notoria la elasticidad del párpado, que se evierte fácilmente y muestra una conjuntiva alterada.

Aquí me acuso de haber pecado, pues en mi especialidad, cirugía oculoplástica, existe una entidad relativamente frecuente que en las publicaciones inglesas se llama «floppy eyelid syndrome». Y allí nos vemos los iniciados hablando del floppy y operando casos de floppy. Este «síndrome de laxitud palpebral» o de «párpado laxo» se distingue de la laxitud propia de los párpados seniles porque aparece en personas de menos edad, más en hombres, obesos, roncadores o con apnea obstructiva del sueño. Los afectados tienen párpados como de chicle, que se estiran extraordinariamente y ocasionan alteraciones en la superficie ocular. Una de estas alteraciones es la pérdida de células caliciformes de la conjuntiva.

En inglés las caliciformes se llaman goblet cells, literalmente «células copa». Alguna vez he presenciado con terror a un experto hablando de «células de Goblet», como si aquello fuera un epónimo. Así que ni floppy, ni goblet, ni leches.

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Córneas burbujeantes

Cuesta mucho que las nuevas técnicas adapten los nombres de las publicaciones en inglés a los idiomas locales. En el caso de los trasplantes corneales, actualmente existen diversas técnicas para trasplantar capas concretas de la córnea en vez de la clásica queratoplastia penetrante. Los nombres de estos procedimientos son largos y se conocen más por sus siglas inglesas: DALK, DMEK o DSAEK, por ejemplo. Hay que reconocer que estas siglas en castellano (QLAP, QEMD, QEDMD) resultarían poco reconocibles por los oftalmólogos.

Una maniobra común en estas intervenciones es inyectar aire en la cámara anterior o en el propio estroma corneal; de ahí vienen términos como big bubble, bubbling o rebubbling. Los especialistas de esto incluyen en su jerga cositas como “bublear” y “rebublear”. Ciertamente, la traducción literal sería ‘burbujear’, pero esa palabra tiene la connotación de hacer burbujas múltiples y continuas, diferente de la inyección de una única burbuja de aire. Quizás bastaría con decir inyección y reinyección de aire, en vez de blubblinbluses.

DMEK_ilustracionmedica

Queratoplastia lamelar endotelial tipo DMEK. La inyección de aire ayuda a extender el injerto y, posteriormente, a adherirlo a la superficie posterior de la córnea.

Otra moderna intervención corneal es el cross-linking para el tratamiento de queratocono y otras formas de ectasia. Consiste en crear enlaces laterales entre residuos de lisina del colágeno mediante la aplicación de riboflavina y luz ultravioleta, lo que aumenta la rigidez y la resistencia del estroma corneal. Lo de cross-linking es fácilmente traducible como ‘entrecruzamiento’ o como ‘reticulación’, por lo que no habría necesidad del anglicismo y menos hablar de crosslinkear una córnea.

Vaya injuria

Un calco por demás infame es usar ‘injuria’ como traducción directa de injury, cuando se quiere decir ‘lesión’ o ‘daño’. Así se leen lindezas como «efecto de la injuria hipóxica». El término ‘injuria’ se usa en el sentido de agravio o ultraje, incluso de calumnia, si bien en la tercera acepción del DRAE indica que es «daño o incomodidad que causa algo», aunque eso dista del concepto de lesión orgánica propio de los procesos fisiopatológicos.

La importancia de los expertos

Las figuras de autoridad en los distintos campos científicos no solo tienen el deber de investigar y difundir los avances en sus áreas, sino que tienen la obligación de comunicarlos bien. Ello requiere un uso correcto del lenguaje.

Cuando una de estas figuras habla en un congreso nacional e introduce las últimas novedades del mundillo tiene la opción de ajustar los nuevos conceptos a nuestro idioma (aunque, por supuesto, haga referencia a los términos publicados en inglés) o bien hacer el cosmopaleto y entregarse a spanglishismos poco elegantes.

Recuerdo un caso espantoso en el que un señalado experto conferenciaba sobre la proliferación vitreorretiniana (PVR, en inglés VRP) y, aparte de mezclar diapositivas en español e inglés indiscriminadamente, pronunciaba PVR como «pi-vi-ar». ¿Eso qué cojones es?

Recomendación: Fernando A. Navarro (@navarrotradmed), traductor especializado en lenguaje médico y coordinador del blog Laboratorio del lenguaje en Diario Médico, es autor del Libro rojo: diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico, disponible bajo suscripción en la web de cosnautas.com. Es una utilísima fuente referencial para intérpretes y traductores de textos médicos y, también, para médicos que quieran aclarar sus incertidumbres lingüísticas.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

Trucos para PowerPoint: complementos de Office

Las aplicaciones de la suite Microsoft Office tienen la posibilidad de añadir complementos (add-ins o plugins) desarrollados por terceros para cumplir funciones específicas o aumentar algunas capacidades de los programas originales.

Los complementos se manejan desde la pestaña “Insertar” del programa de Office, en la que aparecen los iconos “Mis complementos” y “Tienda”, donde se muestran y descargan los add-ins disponibles. Hay complementos genéricos para cualquier aplicación del Office, mientras que otros son específicos; así, para Word abundan las herramientas de traducción, diccionario o consultas web, para Excel las herramientas de cálculo y para PowerPoint los complementos gráficos y de interactividad.

Cómo conseguir los complementos

El modo más directo es dentro de la propia aplicación, como ya indicamos, a través del icono de “Tienda” de la pestaña “Insertar”, que abre una ventana con el catálogo de complementos. Lo mismo puede hacerse desde la web de la Tienda Office. La mayoría de estos complementos son gratuitos, pero otros son de pago o tienen versiones premium previa cuota. En la página de soporte de Office también ofrecen ayuda sobre la descarga y gestión de los complementos.

tienda complementos office

Interfaz de la Tienda de Complementos de Office dentro de PowerPoint, en la pestaña del menú “Insertar”. En “Mis complementos” se administran los add-ins descargados.

Otros plugins se pueden localizar directamente en las webs de sus desarrolladores e instalarse dentro de Office, gratiñán o paganini. En estos casos hay que tener las precauciones propias de cualquier descarga de software en cuanto a virus y malware.

Ejemplos de complementos para PowerPoint

Aquí solamente quiero mostrar algunos complementos para dar idea del tema; los complementos van cambiando, aparecen y desaparecen con el tiempo, además de funcionar mejor o peor según la versión de Office y el sistema operativo empleado.

Quizás los más útiles sean los add-ins que permiten incrustar marcos con contenido HTML5 o scripts para integrar con contenido online.

Visor Web es un complemento propio de Microsoft para colocar una ventana de navegación donde se muestra una página web completamente funcional.

Visor Web

Visor Web, complemento que permite ver páginas web y navegar por ellas desde una presentación.

Web Video Player permite incrustar videos desde YouTube o Vimeo para reproducirlos en una presentación sin necesidad de tenerlos dentro de la misma; eso sí, es obligado tener acceso a internet durante la presentación.

Web Video Player

El complemento Web Video Player sirve para proyectar un video de YouTube o Vimeo directamente desde internet sin salir de la presentación.

Hay diversas aplicaciones para hacer encuestas o votaciones durante una presentación, algunas pensadas para usuario único (por ejemplo como autoevaluación en una presentación interactiva de uso privado), otras para que vote un auditorio en tiempo real. Entre las primeras están los cuestionarios de MS Office, y entre las segundas los add-ins de Poll Everywhere, Live Survey o Ficus.io.

complemento de Poll Everywhere

El complemento de Poll Everywhere para PowerPoint sirve para realizar votaciones sobre preguntas planteadas al público, quien vota a través de sus móviles, por mensaje o por navegador.

Finalmente comento herramientas para introducir elementos gráficos, sean símbolos y caracteres especiales, fotografías (Shutterstock, Pexels, Pickit, con las limitaciones típicas de estos bancos de imágenes) o gráficos y mapas.

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Problemas con los complementos

Los inconvenientes son los esperables en el universo Microsoft: incompatibilidad según sistema operativo y versión del Office, fallos de funcionamiento en algún caso, abundancia de complementos mierders como bibliotecas de emoticonos y clip-art

Alguna aplicación, aun siendo gratuita, cobra por bajar contenido o por ampliar capacidades. Otras necesitan tener cuenta de usuario en la web del desarrollador.

Pues eso, de vez en cuando vale la pena echar un ojo por la tienda de complementos a ver si hay algo de utilidad para nuestras presentaciones.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

Cibercondría o hipocondría 2.0

Las nuevas tecnologías traen nuevas opciones, nuevas conductas y modas, nuevas palabras y hasta nuevas enfermedades. En un cibermundo donde todos somos cibernautas es obligado que existan ciberpatologías.

Se viene llamando cibercondría a la forma de hipocondría donde el afectado alimenta sus temores sanitarios a través de la información extraída de internet. Como cualquier otro hipocondríaco, el cibercondríaco sufre un estado ansioso derivado de malinterpretar síntomas (reales o no) con la persistente creencia de tener una dolencia grave que acabará consigo, por lo que busca información y consejo en la abundantísima oferta online en temas de salud. ¿Es realmente el cibercondríaco algo diferente a la hipocondría habitual y requiere de un apelativo nuevo?

Hipocondría e hipocondrios

El término ‘hipocondría’ es un vestigio médico arqueológico que proviene de la antigüedad clásica. Deriva de ‘hipocondrio’, literalmente “bajo el cartílago”. De las nueve regiones en que se divide la topografía abdominal, los hipocondrios corresponden a las dos esquinas superiores, derecha e izquierda, ubicadas justo bajo los cartílagos costales, de allí su nombre.

¿Y qué tiene que ver esto con los síntomas de la hipocondriasis? Pues proviene de la antiquísima teoría hipocrática de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra), a cada uno de los cuales se les atribuía un tipo de personalidad y estado anímico.

En el hipocondrio derecho está el hígado, productor de bilis, en griego χολή (choli) raíz que aparece en cólico, colédoco, colestasis o coluria, pero también en cólera y colérico, precisamente el tipo de carácter donde predomina la bilis amarilla según la teoría humoral.

En el hipocondrio izquierdo está el bazo, órgano que según aquella teoría producía la bilis negra, en griego μελαγχολία, literalmente ‘melancolía’, humor relacionado con estados anímicos tristes y depresivos.

Los clásicos se refirieron como hipocondríacos a aquellos pacientes con molestias abdominales que asociaban trastornos del estado de ánimo. A saber si en este grupo caía cualquier enfermedad ulceropéptica, colon irritable, enfermedad inflamatoria intestinal o dispepsias menores. Bien se sabe la relación del estrés con los trastornos gastrointestinales.

Hipocondría: la histeria de los hombres

Tras Galeno el término vuelve a aparecer en escritos de Alejandro de Tralles (s.VI d.C.) y en algún autor medieval. Se consideraba la hipocondría como un trastorno físico y no mental, lo mismo que la histeria, cuyo origen se atribuía al útero (υστεροσ, histeros). De hecho se tomó la hipocondría como la versión masculina de la histeria, y así lo enseñaba el gran Sydenham.

Portada de la traducción de J. Alsinet del libro de Pierre Pommé sobre hipocondría e histeria, publicado en 1794. (ver facsímil en )

Portada de la traducción de J. Alsinet del libro de Pierre Pommé sobre hipocondría e histeria, publicado en 1794 (ver facsímil en babel.hathitrust.org).

Por curiosidad podéis hojear el libro “Nuevo método para curar flatos, hypocondría, vapores y ataques hystéricos” de Pierre Pommé, traducido al español por José Alsinet en 1794, disponible aquí, con pintorescas teorías sobre el origen y cura de estos males.

Por esos mismos tiempos estaba el alemán Hahnemann maquinando su propia teoría salud-enfermedad a la que llamó homeopatía. Las hipótesis de entonces se basaban en el limitado conocimiento de la época y en principios filosóficos más que científicos. Lógicamente, ahora las suposiciones sobre “vapores y flatos” nos mueven a hilaridad por su falta de fundamento. Esa es la diferencia entre la Ciencia y las posturas pseudo-religiosas de los seguidores de Hahnemann.

A principios del s.XX ya tenía la psiquiatría una solidez propia que le permitió incluir la hipocondría como una condición mental de tipo neurótico. Actualmente la hipocondría se clasifica en el epígrafe 300.7 del DSM-IV, dentro de los trastornos somatomorfos, junto con la somatización, la conversión, el pánico y el trastorno corporal dismórfico (que tanto ha lucrado a los plásticos).

¿Es correcto hablar de “cibercondría”?

A diferencia del nefasto y sinsentido término “nomofobia” del que hablamos previamente y cuya incorrección denuncio abiertamente, con “cibercondría” tengo más dudas sobre si es adecuado o no.

Comencemos por la raíz “ciber-“, tan abusada en el ámbito tecnológico. El origen de ‘cibernética’ es el griego κυβερνητική, que significa ‘pilotar una nave’; la raíz kyber- pasó al latín como guber- de donde viene ‘gobierno’ y ‘gobernar’. En los años 50 se aplicó ‘cibernética’ a la naciente rama tecnológica que buscaba aplicar los mecanismos de control y mando propios de los organismos vivos a los sistemas mecánicos o eléctricos, incluyendo así a la robótica y a la inteligencia artificial. Actualmente le añadimos ciber- como prefijo a cualquier situación en la que haya un ordenador por medio, así sea a una cafetería.

Como era de esperar lo de “cibercondría” no es un neologismo proveniente de la ciencia, sino del periodismo. Aparentemente lo acuñó la periodista Ann Carrns en el artículo “On the internet, diseases are rampant, playing to worries of hypochondriacs” de 1999 en el Wall Street Journal.

Si nos ceñimos a la pura etimología, la cibercondría hace pensar en cosas tan bizarras como un cartílago computadorizado o algún tipo de servomecanismo basado en el cartílago… En la web de Fundéu se da por bueno el palabro “cibercondría” y aconsejan escribirlo sin comillas ni cursiva; también sugieren los términos “ciberhipocondría” e “hipocondría digital”. La verdad serían preferibles estas dos últimas opciones, mucho mejor construidas que no la forma más contraída.

La información hace al hipocondríaco

Una discusión aún no cerrada entre psiquiatras es si la ciberhipocondría debe diferenciarse de la hipocondriasis común o es simplemente la forma adaptada a los nuevos tiempos. La principal duda radica en la relación causal internet-trastorno, es decir, ¿es la oferta desmedida de contenidos en la red lo que induce la aprehensión sanitaria, o es la persona aprehensiva la que da cancha a su trastorno a través de internet?

Todo parece indicar que la hipocondría digital no es más que la adaptación del trastorno a las herramientas del entorno. De la misma manera que antes un enemigo te enviaba una nota anónima amenazante y ahora saca un perfil falso en twitter para ponerte a caer de un burro y lo llaman cyberbullying; o en el pasado se iba a salones de mala nota o se traficaba con postales picantonas, después se pasó a las revistas guarretas y a las tan demodé líneas calientes, para terminar ahora con toda la oferta erótica concentrada en internet, y lo llaman cibersexo.

La persona hipocondríaca siempre ha necesitado preguntar por los síntomas que le preocupan, siempre ha necesitado buscar consuelo en quien la escuche y tranquilice (transitoriamente, eso sí). Y siempre se ha dejado influir por los comentarios e informaciones relacionadas con la salud, sean habladurías de vecinas, admoniciones sacerdotales, reportajes en medios de comunicación, etc. El hipocondríaco consultaba en la biblioteca municipal o en el Manual Merck para el hogar, aunque no se llamaba bibliocondría; o se aficionaba a los programas de la tele sobre salud, en especial a aquellos con testimonios y llamadas de gente preguntando por sus achaques, y no se llamaba telecondría. Por ello dudo que, a pesar de la magnitud del fenómeno digital, deba diferenciarse la cibercondría como una entidad propia.

evolución de la hipocondría

Cómo influye la disponibilidad de información en el desarrollo de la hipocondría. La persona afectada desata sus fantasmas por los datos que recibe, sean comentarios de conocidos, noticias, opiniones de expertos o contenidos web. (Pinchar para ver a tamaño completo.)

El hipocondríaco digital sufre el mismo problema del conspiranoico moderno (una especie de hipocondríaco social), pues no logra diferenciar las fuentes serias y confiables de la morralla sin fundamento que prolifera por la red. Se traga todo, pero después es dificilísimo moverlo de sus opiniones por más sólidos que sean los argumentos expuestos. Es un ejemplo claro de la condición tan humana de la necesidad de creer más que necesidad de saber.

Hay una creciente bibliografía psiquiátrica sobre el tema, incluyendo escalas de gravedad de la cibercondría y todo. El tratamiento de la ciberhipocondría parece similar a la de otras formas de trastorno somatomorfo: ansiolíticos para reducir la angustia generada por la perturbación y mucha psicoterapia.

NOTA MUSICAL: el compositor barroco checo Jan Dismas Zelenka (1679-1745) compuso una obra llamada Hipocondrie à 7 Concertanti, publicada en 1723, con un curioso formato instrumental; desconozco el origen del apelativo que lleva esta obra. Aquí la podéis escuchar con la Freiburger Barockorchester. En 1902 estrenó su Segunda Sinfonía el compositor danés Carl Nielsen (1865-1931, este año se celebra su 150 aniversario de nacimiento). Esta sinfonía lleva por título “Los Cuatro Temperamentos”, pues dedica cada uno de sus cuatro movimientos a los clásicos temperamentos (colérico, flemático, melancólico y sanguíneo) derivados de la teoría de los cuatro humores. Aquí se puede escuchar con Neeme Järvi y la Sinfónica de Gotemburgo.

LECTURA RECOMENDADAS:

Nomofobia: una cagarruta etimológica

Quienes escriben en medios de comunicación anglosajones suelen ser bastante aficionados a crear neologismos por contracción de palabras, como “phablet”, “brunch”, “Brangelina” y demás ridiculeces. Sin embargo lo de arrejuntar palabras para crear nuevos conceptos puede ser un buen sistema y numerosas palabras que tenemos por cotidianas tuvieron tal origen, por ejemplo informática (origen francés, información + automática) o transistor (origen inglés, transfer + resistor).

Una de estas invenciones es la “nomofobia”, pretendido término para describir una patología psicológica derivada de la mala adaptación mental a las nuevas tecnologías de la comunicación. En la utilísima y recomendable web de Fundéu (Fundación del Español Urgente), dan por bien construido este término, como puede leerse en su entrada al respecto.

Sin aspirar a corregir a los lingüistas de Fundéu, indigno soy de intentarlo, sí quiero revisar la etimología de semejante palabro y opinar sobre lo inconveniente de su uso en Medicina.

adicción a redes sociales

La dependencia o adicción a las tecnologías de comunicación global es una circunstancia psicológica emergente, que requiere una seria investigación psiquiátrica, pero también una terminología adecuada. (Imagen vía bryankaye.files.wordpress.com)

Nomofobia no significa “miedo a estar sin móvil”

Por todo internet se lee que la nomofobia es ese frecuente estado de ansiedad que a muchos nos asalta cuando nos vemos impedidos para usar el teléfono móvil, sea por olvidarlo en casa o quedarnos sin señal, batería o saldo. Es indudable que tal estado de aprehensión existe, lo mismo que la dependencia de los móviles, y quien más quien menos consulta con cierta obsesión su teléfono para ver cuántos wasapes le han entrado o se siente desnudo cuando viaja al exterior y restringe el uso de datos. Ya hemos hablado aquí de cuánto mandan los móviles en la vida real.

Pero ¿por qué se ha llamado nomofobia a esta condición? Resulta que viene del inglés nomophobia, contracción de no mobile phone” + phobia. ¡Chúpate esa mandarina! Pretender construir así el nombre de una supuesta condición clínica es una gilipollez de nivel cósmico.

Al parecer tan malsonante palabro se acuñó en 2008 como resultado de un “estudio” elaborado por la UK Post Office, reseñado en su momento por la prensa mundial (3, 4) pero cuyo original me ha sido imposible encontrar por la red. Se elaboró mediante encuesta online a unos 2100 voluntarios británicos, a quienes se interrogó sobre las situaciones de ansiedad relacionadas con el uso del móvil. El resultado fue que el 53% de los encuestados sentían estrés cuando no podían usar sus teléfonos. De allí aparecieron titulares como “13 millones de británicos sufren nomofobia (5)”, “el mal del siglo XXI” y demás amarillismos.

El portavoz del supuesto estudio era Stewart Fox-Mills, encargado de marketing y media manager de la UK Post Office, un perfil de profesional hábil en inventar este tipo de conceptos pegadizos a la par de incorrectos.

Nomofobia significa miedo a la ley

Si partimos de la buena práctica de bautizar las fobias con su equivalente en griego, resulta que nomo (en griego νόμος) significa literalmente “ley” y por tanto nomofobia sería el temor a la ley. Sin duda debe haber muchos con aversión a las leyes, considerando la cantidad de gente que se pasa las leyes y los reglamentos por el área ano-genital. De modo que usar el término como miedo a la falta de móvil es una auténtica cagarruta etimológica sin paliativos.

nomofobia es una cagarruta

Por su etimología “nomofobia” significa “miedo a la ley”. Aceptar este neologismo como “fobia a estar sin móvil” atenta contra las reglas de nomenclatura científica. Bien podría llamarse “asindesiofobia” o “asindesmofobia”, considerando que la angustia radica en quedasre desconectado. (imagen original de Ilustración Medica)

La raíz nomo la encontramos, por ejemplo, en “nomograma” (gráfico que permite comparar una magnitud con los valores normales o “reglamentarios”), en “astronomía” o en “gastronomía”.

Inciso: a los aficionados al Egipto faraónico les sonará el término Nomo, pues era el nombre de las jurisdicciones o distritos en que se dividía el territorio egipcio. El nombre original era hesp y nomo es su interpretación en griego. Había 20 nomos en el Bajo Egipto y 22 en el Alto Egipto, aunque los números fluctúan según épocas y fuentes. Cada nomo estaba bajo el mando de un nomarca designado por el Faraón a modo de gobernador. Durante los inestables períodos intermedios era frecuente que algunos nomarcas se convirtieran en reyezuelos y lucharan entre ellos.

La angustia de separación del móvil es real

Insisto, no pongo en duda la veracidad del trastorno sino critico el ridículo bautizo que ha sufrido. Se comprende que el apelativo erróneo surgiera del mundo del marketing y los social media, ajenos a las ciencias psiquiátricas, pero no se justifica su difusión y menos su inclusión en la jerga médica.

En el momento que escribo esta entrada solamente hay tres artículos en PubMed que incluyen nomophobia, todos en revistas de psicología. Dos son de un grupo de Río de Janeiro (éste de acceso libre), donde usan como referencias del término fuentes tan “científicas” como la Wikipedia y el tabloide Daily Mail. El tercero es de la Universidad de Génova y su preocupante título es “A proposal for including nomophobia in the new DSM-V” (acceso libre).

Además hay otro trabajo en Review of Progress, revista no indexada, y se le dedica un capítulo entero en la Encyclopedia of Mobile Phone Behavior (Zheng Yan, editor, Universidad de Albany). En ninguno de estos artículos se hace opinión crítica del neologismo.

Sin duda las consecuencias psíquicas de las tecnologías de la comunicación entrarán antes o después en el chuletario DSM, pero espero que bajo una terminología correcta. Otros han propuesto “cellphobia”, con lo que seguimos ante un neologismo de etimología indebida; o bien emplean apelativos como “angustia de separación del móvil”, “dependencia del móvil” o “adicción al móvil”, mucho más apropiados.

Quienes sufren el trastorno no limitan su afición al teléfono celular, sino es extensible al ordenador, la tableta o cualquier modo de acceder a la comunidad global virtual, que al final es lo que engancha: el acceso a las redes sociales, servicios de chat o vil navegación por la web. El miedo más que a no tener móvil es a estar desconectado del mundo virtual. Si quisiéramos crear un neologismo podríamos emplear el griego para ‘conexión’ (σύνδεση) o ‘enlace’ (σύνδεσμος, aunque sindesmo- se asocia con ligamento anatómico) y hablar de asindesiofobia, aposindesiofobia, asindesmofobia o, incluso, asinaptofobia.

En el próximo post abordaremos la cibercondría, otro de estos nuevos trastornos tecno-patológicos con nombres rimbombantes y de equívoca construcción.

Mi problema con SlideShare

Pues sí, tengo varios problemas con SlideShare, pero en general con las plataformas de difusión online de presentaciones con diapositivas, sea SlideServe, SlideRocket, Calaméo, Scribd, el infausto Prezi u otras tantas.

Ya asomé en otro post que SlideShare usa un estándar 4:3 que estorba para colgar presentaciones en widescreen y que la conversión a flash hace perder calidad de las imágenes. A estos defectos técnicos hay que sumar la limitación de animaciones y la imposibilidad de incrustar fuentes, con lo que si no se tiene precaución las diapos subidas aparecen con una tipografía mierder sustitutiva que descuadra la composición y con pérdida de efectos visuales o aparición de elementos solapados por ausencia de la animación programada.

Actualización (julio. 2014): SlideShare ya acepta formato widescreen, para regocijo de los diseñadores. Persisten las dificultades en cuanto tipografías, animaciones y, sobre todo, el nivel mediocrillo de conversión.

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Sin embargo, la principal objeción que hago a los sistemas de difusión de presentaciones es que legitiman las presentaciones con diapositivas como un fin en sí mismas, más allá de ser un material de apoyo para el orador. Para decirlo claramente, una presentación bien hecha no sirve de nada sin el orador que la expone.

Una presentación adecuada apenas contiene palabras clave, frases escuetas que conceptúan elementos centrales de la exposición y las imágenes demostrativas del tema. Colgar eso en internet sin una voz que lo explique hace perder gran parte del sentido de la presentación, y lo que en vivo resulta una exposición excelente, en SlideShare pasa a ser un boñigo inconexo y deficitario.

En cambio, un powerpoint pésimo, lleno de datos y texto, atiborrado de información, que compite con el orador por la atención del auditorio y que resulta infumable para cualquier oyente normal, pues resulta que visto online parece más comprensible y completo. Esto por lástima contribuye al mito falaz de que unas diapos buenas tienen que rebosar de información, requieren contener todo lo que uno va a decir. Todo lo contrario de lo deseable.

Me da cosita cuando acabo una conferencia y algún asistente se acerca pidiéndome las diapos. No sé cómo soslayarlo sin quedar como un cretino que no quiere compartir el material. La verdad es que tampoco hace gracia ceder a cualquiera el trabajón que se ha tomado uno para hacer la conferencia, pero sobre todo dudo que el incauto solicitante pueda sacar el partido que espera a unos esquemas con cuatro flechas y poco más.

Otra cosa es hacer presentaciones expresamente para compartirlas por la web, tomando en cuenta las peculiaridades del sistema. Personalmente usaré estas plataformas con dos finalidades: colgar pequeñas cápsulas didácticas sobre temas muy concretos (insertadas además dentro de un post de este blog que hace de texto explicativo) y como muestrario “comercial” de presentaciones diseñadas en Ilustración Médica, enseñando el género.

Me parece, sin embargo, que si se desea compartir material sobre algún tema es preferible usar otro formato, por ejemplo documentos en pdf, o vídeos en youtube o vimeo,  o bien presentaciones con voz como en myBrainshark o AuthorStream.

Collage de diapositivas de mal gusto (me disculpo ante sus autores, pero es lo que hay)

Collage de diapositivas de mal gusto extraídas de SlideShare (me disculpo ante sus autores, pero es lo que hay)

Pero como a todo se le puede sacar su lado bueno, estos supermercados de presentaciones permiten fisgar en miles de diapositivas y hacer un ejercicio crítico de las mismas. Aun hallando algunos buenos trabajos, el grueso de lo que hay colgado sirve de ejemplo de diseños defectuosos, ausencia de criterio comunicativo y estética de localización perianal. El que quiera ejercitarse puede tomar diapos de esta estofa y plantearse “cómo las puedo hacer mejor yo”.

Actualización (julio, 2014): hay un par de cosas buenas que he ido viendo en SlideShare, la primera es su aplicación para tablets, que curiosamente da una calidad de imagen de las presentaciones más decente que en pantalla de ordenador (o me da esa impresión), y segundo, las presentaciones recomendadas en la página de inicio suelen estar muy bien diseñadas y sirven como ejemplo de buen criterio. Eso sí, son 99,9% sobre temas de marketing, empresa, redes 2.0, user experience y cosas así; raramente se cuela alguna sobre temas científicos.

Selección de imágenes para PowerPoint

Acojona que el ponente no tenga vergüenza para ahorrarnos una proyección de fotos pixeladas, fusiladas de internet sin misericordia, o pilladas de libros sin buen contraste ni legibilidad. Escucho a uno sentado detrás que murmura: “¡Pero si ese caso es mío! ¿De dónde ha sacado este impresentable mis fotos?” Estas cosas deben evitarse al hacer una presentación seria para una conferencia. Aquí dejo unas diapos que ilustran cómo seleccionar imágenes para presentaciones en PowerPoint:

 

Refiriéndose a imágenes, se llama resolución a la mínima separación que puede distinguirse entre dos puntos. La cantidad de estos puntos por unidad de superficie determina el nivel de resolución. Habitualmente se usan medidas anglosajonas por pulgada, bien sea en puntos por pulgada (dots per inch, dpi) cuando se trata de impresión en papel, o de píxeles por pulgada (ppi) cuando se trata de imagen digital en pantalla. En castellano ocurre que ppp significa tanto punto como pixel por pulgada, lo que se genera confusión, aunque para hacer PowerPiont no nos afecta. Mientras más dpi o ppi o ppp tenga una imagen mejor será su resolución.

Al preparar ilustraciones trabajamos básicamente con cuatro niveles de resolución: 300 ppp para impresión óptima en impresoras profesionales, 150 ppp para impresión de calidad relativamente buena en la impresora de casa, 96 ppp para impresión regulera doméstica o visualización en pantalla con buena calidad, y 72 ppp que es el estándar de visualización de imágenes en pantalla. El común de imágenes que flotan en internet están en esta resolución y por ello no suelen quedar bien al imprimirlas a menos que sean muy grandes.

Como PowerPoint trabaja proyectado en pantalla basta usar una resolución de 72 ppp cuando se elabora una ilustración, aunque yo particularmente prefiero prepararlas a 150 ppp, lo que me da mayor rango para escalar sin pérdida de calidad.

Sin embargo, cuando se habla de resolución de pantalla la cosa cambia: ya no se habla de píxeles por pulgada, sino que se expresa como las dimensiones totales en ancho y alto de la pantalla medidas en píxeles. Por ejemplo, mi pantalla está a 1440×900 px. Las resoluciones más frecuentes para monitor son 1024×768 y 1280×800 px. Obviamente, los notebooks, tablets y smartphones tienen otras medidas. Para saber la resolución de nuestra pantalla en windows basta hacer clic con botón derecho sobre el escritorio y se despliega un menú con la opción “Resolución de pantalla”. ¿Y los proyectores? Básicamente usan resoluciones similares a las de los monitores, así que aunque se proyecte en tamaño cine la resolución no será muy diferente a la de la pantalla del PC.

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Ahora bien, para decidir si una imagen tiene buen tamaño para nuestra presentación hay que relacionarla con la resolución de la pantalla donde se proyectará. Si tomamos una imagen de 300×150 px, por ejemplo, y pretendemos ponerla a tamaño de pantalla completa obtendremos un churro pixelado de vómito y convulsión.  Para usar imágenes sangradas a margen (que ocupan toda la pantalla o página) se necesitan imágenes superiores a 800×600 px, lo más similar a la resolución de nuestra pantalla.  Las imágenes de menor tamaño no deberían escalarse a mayor tamaño para que no pierdan calidad.

Como que somos profesionales serios con título universitario, lo suyo es que la mayoría de las imágenes clínicas que usemos en una conferencia sean de nuestra propia cosecha o cedidas por colegas próximos. Si vas a hablar de tratamiento de la sarna y todas las fotos son bajadas de internet, una de dos: o no sueles ver pacientes con sarna (¿entonces pa qué hablas, chatín?) o no has tenido suficiente interés en hacer un banco propio de imágenes clínicas.

La siguiente fuente de la que hay que echar mano son las imágenes publicadas en revistas y textos científicos. Actualmente se pueden tener los artículos en pdf y es fácil extraer las imágenes de allí, pero de nuevo hay que vigilar la resolución que tienen. Y por último están los bancos de imágenes de internet y los buscadores tipo Google Images, donde es fácil determinar el tamaño en px de las fotos e incluso filtrar la búsqueda por tamaño, color y otros atributos.

Siempre hay que tener elegancia a la hora de usar imágenes ajenas. Si son de un colega, agradecerlo y darle el crédito que le corresponde, si son de bibliografía o de internet hay que especificar el origen. Y cuidadín con la protección de derechos de autor y royalties, en especial si la presentación va a rular por la red.