La amusia de Ravel

Nunca deja de sorprender que haya músicos sordos y que a pesar de esta limitación sean capaces de componer obras magníficas. Los afectados se han quejado amargamente de esta suerte (desde el divino Beethoven a los menos divinos Smetana o Fauré), pues ¿puede haber algo peor para un músico que no poder oír? Pues resulta que sí lo hay: que la música desaparezca de su cerebro.

La lesión de las áreas neurológicas que procesan la información musical hace que el afectado pierda la capacidad de apreciar melodías, leer o tocar música. La jodienda en cuestión se llama amusia.

Quizás el caso más famoso de amusia sea la triste enfermedad que acabó con el genial Maurice Ravel. El 28 de diciembre de este 2017 se cumplen justo 80 años del fallecimiento del compositor, sin duda uno de los más famosos, interpretados y grabados del siglo XX. Antes de seguir leyendo háganme el favor de ir a Youtube o Spotify y ponerse música de monsieur Maurice como banda sonora.

Ravel, el dandi canijo

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El compositor francés Maurice Ravel (1875-1937).

Nació en Ciboure, pueblo colindante con San Juan de Luz, a cuatro pasos de la frontera guipuzcoana, el 7 de marzo de 1875, el mismo año que Antonio Machado y el psicoanalista Jung, y apenas cuatro días después del estreno de la Carmen de Bizet.

Su madre era de ascendencia vasca y dejó en Maurice un trasfondo del folclore musical euskaldún. Sin embargo, Ravel no se crio en Iparralde pues el mismo año de su nacimiento la familia se trasladó a París.

Se formó e inició su carrera en ese París de la Belle Époque de finales del siglo XIX y principios del XX que era un hervidero artístico e intelectual como pocos se han visto. Allí estaban Debussy, Satie, Fauré o Hahn, allí acudieron Manuel de Falla y Stravisnky, Matisse, Braque y Picasso, allí Diaguilev contrataba y hacía colaborar a todos estos artistas en sus famosos Ballets Rusos; todo el que quería ser alguien en las artes buscaba su sitio en aquel París. Y Ravel logró su sitio en ese mundillo, donde, como en cualquier mundillo, todos se conocían y eran amigos y enemigos intermitentes, donde todos comadreaban y criticaban de frente y por la espalda a los colegas.

Ravel era el dandi impecable, perezoso y amable, aunque a la hora de componer era extraordinariamente minucioso y perfeccionista; ello, sumado a su afición a coleccionar juguetes de cuerda y cachivaches mecánicos, hizo que el ácido Stravisnky lo apodara «el relojero suizo».

La efervescencia artística del momento se detuvo cuando la Belle Époque se fue a tomar viento con la Primera Guerra Mundial. Curiosamente, aquel dandi de buena familia se empeñó en alistarse en las filas francesas pero fue rechazado por canijo, baja estatura y bajo peso. Al final logró participar como conductor de vehículos y fue a parar a Verdún. Mientras estaba en el frente fue notificado del fallecimiento de su madre, con quien estaba muy unido.

El horror de la guerra y la pérdida materna condicionaron un cambio de actitud vital en Ravel, que se hizo mucho más introvertido, taciturno, menos interesado por la vida social. También se reflejó en su música, como es lógico. El resto de su carrera como compositor y pianista fue bastante exitoso.

Si hay una palabra que define la música de Ravel es elegancia. Es una música limpia, luminosa, delicada, lo que un cursi llamaría deliciosa; hasta las disonancias las hacía elegantes. Ravel logró un sonido propio más allá de seguir el impresionismo debussyano; exploró otros horizontes, como el jazz, el blues, la música del lejano oriente, el folclore hebreo, griego, escocés y español.

Su objeto principal fue el piano, pero destacó infinitamente como maestro de la orquestación, tanto así que adaptó para orquesta muchas de sus piezas para piano y orquestó obras de otros autores —bastaría lo que hizo con Cuadros de una exposición de Mussorgsky para ganarse todo el respeto.

Don Maurice hizo frecuentes giras internacionales y recibió honores. Pero su cerebro dejó de colaborar en sus últimos años de vida.

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Historia clínica raveliana

Quede claro, de entrada, que no hay un diagnóstico definitivo de la enfermedad de Ravel. Aunque hay numerosos artículos que discuten el caso, es imposible tener certeza debido a las limitaciones de la época y a que su cerebro no fue preservado en un frasco para estudios posteriores.

Como antecedentes: fumador habitual; juventud de fiesta, trasnocho y enolismo; operado de «peritonitis» durante su servicio en el ejército; padre afectado de demencia.

El 9 de octubre de 1932 iba Ravel en un taxi por París cuando otro coche se les empotró en un cruce. Nuestro músico sufrió un traumatismo craneofacial, contusión torácica y le saltaron unos dientes. Sin embargo, no requirió mayor atención de urgencias; el mismo Ravel le quitó hierro al incidente en una carta dirigida a Falla. Casualidad o no, a partir del trauma Ravel manifestó cambios anímicos, insomnio, retraimiento y, peor aún, dificultades motrices, de memoria y lenguaje.

En realidad los síntomas neurológicos habían comenzado, de forma leve, en 1927: olvidos de alguna palabra, alguna dificultad expresiva, saltarse una parte al ejecutar una pieza, cambios de humor… Pero podía hacer una vida normal y productiva. A partir del accidente el deterioro neurológico se aceleró y, de hecho, Ravel ya no pudo componer más.

Dos manifestaciones dominaron el cuadro: dificultad para ejecutar actos motores voluntarios (apraxia) y dificultad para el procesamiento del lenguaje (afasia). Explicaré brevemente estos fenómenos, en consideración con el público general o los traumatólogos que puedan leer este artículo.

La apraxia es la incapacidad para realizar tareas motrices sin tener parálisis muscular o alteración de la coordinación. El paciente puede hacer esas tareas de modo automático o inconsciente, pero al pedirle que lo haga se queda parado o lo hace erróneamente. En la apraxia ideomotora la persona entiende lo que se le solicita y sabe cómo hacerlo, hasta puede describir los pasos para hacerlo, pero no lo puede hacer; suele deberse a lesiones frontales del hemisferio dominante. Hay otros tipos de apraxia que afectan a territorios musculares concretos, como la boca o los ojos.

La afasia es un variado conjunto de trastornos del lenguaje donde se daña la comprensión, la emisión o ambos. La famosa afasia de Broca o afasia motora limita la expresión oral y escrita, pero el paciente entiende perfectamente lo que oye o lee, incluyendo sus propios errores al hablar. En la afasia de Wernicke o afasia de comprensión, por el contrario, el afectado puede hablar y escribir, pero no tiene buena comprensión de lo que lee u oye, su habla es profusa y está llena de palabras fuera de lugar, cambiadas o inventadas. Hay afasias globales, subcorticales o transcorticales, según donde esté la lesión, y afectan de modos diferentes las capacidades de hablar, escribir, leer, oír, nominar, numerar o repetir.

Ravel sufría una apraxia motriz progresiva que no le permitía, por ejemplo, tocar el piano aun sabiendo las teclas y el orden en que debía tocarlas, o hacer tareas como encender su vicio tabáquico o nadar. Su neurólogo tratante, Alajouanine, indicó que presentaba afasia de Wernicke, pero lo que describe y lo que se extrae del relato de testigos es que se trataba de una afasia expresiva, donde Ravel tenía dificultad para encontrar las palabras adecuadas, sufría para escribir pocas palabras o notas musicales y su fluencia se fue reduciendo hasta terminar emitiendo monosílabos.

También la amusia de Ravel era de tipo expresivo, pues podía reconocer notas, melodías e intervalos, reconocía fallos de afinación o tempo, pero no podía cantar, tocar o escribir música. Por ello, a partir de 1933 apenas pudo dejar algún breve bosquejo, pero ninguna composición. Tenía proyectada una ópera sobre Juana de Arco y se quejaba con toda la debida amargura de tener la música en la cabeza pero no poder sacarla de allí.

En varios artículos se lee que los problemas neurológicos pudieron influir en algunas de sus últimas obras, especialmente en la más popular, el Bolero (1928). Es una obra melódicamente muy simple, armónicamente elemental y rítmicamente monótona, cosa que da pie a que algún neurólogo lo considere manifestación de perseveración y estereotipia propias de lesión cerebral. Pero el Bolero es esencialmente un tremendo ejercicio de orquestación, una pieza de «música sin música», como la definía su autor, un hipnótico crescendo de un cuarto de hora donde Ravel mostró toda su maestría a la hora de sumar instrumentos. Basta escuchar la riqueza de obras posteriores, como los dos conciertos para piano (en sol mayor y para la mano izquierda) y las tres canciones de Don Quijote a Dulcinea para dudar de tal hipótesis. Si una obra como el Bolero de Ravel es producto de un daño cerebral ¿qué queda para los reguetoneros y cancionistas del verano? Han de ser una legión de muertos vivientes pangangrenados.

¿Cuál es su diagnóstico, doctor?

La neurología antes de las imágenes por resonancia magnética era una cosa llena de incertidumbres. Así que ante la falta de neuroimágenes, estudio anatomopatológico o genético es imposible saber el diagnóstico, pero tanto sus médicos como los posteriores comentaristas han apuntado diversas opciones.

¿Alguna relación con el accidente del taxi? ¿Hematoma subdural? ¿Consecuencia de latigazo cervical? ¿Enfermedad vascular en un paciente fumador? ¿Variedad de demencia? El diagnóstico más apuntado ha sido la enfermedad de Pick (no confundir con la de Niemann-Pick), una taupatía (no confundir con la puta engañifa de la tautopatía) o enfermedad degenerativa por depósitos de proteína tau en forma de ovillos o cuerpos de Pick, por lo que se requiere estudio histopatológico para su confirmación, cosa que no hubo en el caso de Ravel. Actualmente se considera que la enfermedad de Pick es una variante de la degeneración frontotemporal, entidad que incluye a la demencia frontotemporal, a la afasia primaria progresiva y la demencia semántica.

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Dr. Clovis Vincent (1879-1947), neurólogo y neurocirujano de la Pitié-Salpêtrière de París.

Otros médicos tratantes de Ravel fueron Clovis Vincent y Thierry de Martel, los pioneros de la neurocirugía francesa. El Dr. Vincent —discípulo de Harvey Cushing— contempló la etiología tumoral debido al rápido empeoramiento ocurrido en otoño de 1937. Ubicó la posible lesión en área silviana derecha y optó por algo que ahora nos da escalofríos: la craneotomía exploratoria.

Ravel fue intervenido el 19 de diciembre de 1937 mediante craneotomía frontal derecha, apertura de duramadre, exploración de estructuras y punción ventricular, sin ningún hallazgo patológico reseñable. Tras salir de la operación Ravel pronunció pocas palabras y entró en un estado comatoso del que no se recuperó y falleció el 28 de diciembre a los 62 años.

El cerebro musical

Antes se simplificaba diciendo que las capacidades musicales estaban en la región temporoinsular derecha, mientras el lenguaje pertenecía al hemisferio izquierdo (siguiendo el mito del «hemisferio cretivo» vs. el «hemisferio racional»), pero hoy se sabe que en el procesamiento musical participan múltiples áreas corticales según sea el aspecto musical que se analice. Se separa la identificación de tonos, intervalos y melodías (sistema melódico), de la métrica, ritmo y tempo (sistema temporal). El sistema melódico se ubica principalmente en el giro temporal superior derecho y secundariamente en áreas frontales, mientras el sistema temporal requiere amplia participación bilateral temporal y frontal.

Las amusias son muy variables en su presentación pues, como buen idioma que es la música, puede afectar a su emisión (tocar, cantar, escribir notas) o a su recepción (oír, leer partituras); además existen amusias selectivas para cada aspecto musical.

Puede que el paciente no reconozca melodías previamente conocidas (amnesia musical), o que solamente las reconozca cuando lee la partituta pero no cuando la oye (como en este caso). Puede que pierda la capacidad de diferenciar un tono de otro (amusia perceptiva o sordera de tono) y todas las notas le parezcan igual. Puede que sea incapaz de tararear o silbar una melodía aunque la sepa y la reconozca al oírla (amusia motora), o que no pueda tocar un instrumento que dominaba (apraxia musical). O que ya no pueda leer o escribir notación (alexia musical y agrafia musical, respectivamente).

También existe una amusia congénita que parece afectar hasta a un 5 % de la población y que hace que los afectados no distingan notas, desafinen terriblemente al cantar o, en algún caso, que los sonidos musicales armónicos le resulten totalmente cacofónicos (aquí un caso relatado por el neurólogo Oliver Sacks).

Recomendaciones:

En 2012, por la conmemoración de los 75 años de su fallecimiento, el programa Grandes ciclos de Radio Nacional de España hizo una interesantísima, completísima y recomendabilísima serie de 16 programas dedicados a Ravel: aquí el podcast.

Hay un curioso peli-documental franco-canadiense llamado Ravel’s Brain, del año 2001, donde el barítono Richard Cowan hace de Dr. Clovis Vincent y canta el caso clínico sobre música del propio Ravel.

Referencias:

  • Alexoudi A, Sakas D, Gatzonis S. The “Ravel issue” and possible implications. Dementia. 2016:9-12. doi:10.1177/1471301216642066.
  • Alossa N, Castelli L. Amusia and musical functioning. Eur Neurol. 2009;61(5):269-277. doi:10.1159/000206851.
  • Cardoso F. The movement disorder of Maurice Ravel. Mov Disord. 2004;19(7):755-757. doi:10.1002/mds.20087.
  • Clark CN, Golden HL, Warren JD. Acquired Amusia. Vol 129. 1st ed. Elsevier B.V.; 2015. doi:10.1016/B978-0-444-62630-1.00034-2.
  • García-Casares N, Berthier Torres ML, Froudist Walsh S, González-Santos P. Modelo de cognición musical y amusia. Neurologia. 2013;28(3):179-186. doi:10.1016/j.nrl.2011.04.010.
  • Gasenzer ER, Kanat A, Neugebauer E. Neurosurgery and Music; Effect of Wolfgang Amadeus Mozart. World Neurosurg. 2017;102:313-319. doi:10.1016/j.wneu.2017.02.081.
  • Gasenzer ER, Kanat A, Neugebauer E. The Unforgettable Neurosurgical Operations of Musicians in the Last Century. World Neurosurg. 2017;101:444-450. doi:10.1016/j.wneu.2016.11.144.
  • Henson RA. Maurice Ravel’s illness: a tragedy of lost creativity. Br Med J (Clin Res Ed). 1988;296(6636):1585-1588. doi:10.1136/bmj.296.6636.1585.
  • Kanat A, Kayaci S, Yazar U, Yilmaz A. What makes Maurice Ravel’s deadly craniotomy interesting? Concerns of one of the most famous craniotomies in history. Acta Neurochir (Wien). 2010;152(4):737-741. doi:10.1007/s00701-009-0507-y.
  • Seeley WW, Matthews BR, Crawford RK, et al. Unravelling Boléro: Progressive aphasia, transmodal creativity and the right posterior neocortex. Brain. 2008;131(1):39-49. doi:10.1093/brain/awm270.

«Ceterum censeo Podemus esse delenda»

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Doppler

Físicos haciendo Medicina: Christian Doppler

«Pídele un doppler», dice el torradillo adjunto al residente, quien lo apunta tal cual en el papel, a lo mejor con una ‘p’ de menos. La ecografía-doppler es una prueba de lo más común actualmente, pero el principio en el que se basa fue formulado hace 175 años en Praga por el físico, matemático y astrónomo Christian Andreas Doppler. La RAE acepta ‘doppler’ con minúscula y cursiva para referirse a la prueba médica, y ‘efecto doppler’ como denominación del fenómeno físico. No sé si cuando el propio nombre pasa a ser el nombre de una cosa y a escribirse con minúscula significa un rotundo éxito profesional o, al contrario, una desmemoria del personaje.

La historia del efecto Doppler comenzó con una aberración óptica y su explicación astronómica, pasó a los pitos de los trenes, después a la radiación electromagnética y a la relatividad especial, de allí se aplicó a la expansión del universo, a los radares, a los sonares, a los satélites y, por último, a los ultrasonidos para que las embarazadas lagrimeen cuando escuchan el corazón de su fetito.

Christian Doppler

Christian Andreas Doppler en foto de 1853. Vía www.christian-doppler.net.

Toda la vida picando piedra

Christian Doppler nació en Salzburgo en 1803. Su casa natal está a cuatro pasos de la de Mozart (números 1 y 8 de la Makartplatz, respectivamente) y, al igual que Mozart, hizo fama en otros lares y poco pisó su ciudad natal tras abandonarla. La mala salud respiratoria que siempre padeció el muchacho le permitió librarse del negocio familiar de picar piedra en cantera-construcción y pudo cultivar su talento para la matemática y la física. Sin embargo, tras acabar sus estudios en Linz y Viena siguió «picando piedra» con contratos temporales, bajas, becas, portamaletines de profesores, etc. Tras cuatro años de oposiciones fallidas y precariedad laboral (nada nuevo bajo el sol) estuvo tan harto que decidió irse a hacer las Américas, pero en último momento encontró una plaza de profesor preuniversitario en Praga y allá se fue a vivir durante más de una década.

Tanto en la preparatoria como en la Universidad de Praga Doppler picó piedra como nadie, asumió una enorme carga lectiva, con muchos alumnos, muchas clases y muchas evaluaciones. Tuvo fama de coco, de profesor durísimo. Ese mantenido esfuerzo vocal en sus conferencias no le ayudó en su salud, considerando que padecía tuberculosis laríngea.

En 1848 se cambió al Instituto Politécnico de Viena y en 1850 fue nombrado director del recién inaugurado Instituto de Física de la Universidad de Viena. Allí tuvo entre sus discípulos al padre Gregor Mendel, famoso horticultor de leguminosas. La tuberculosis siguió consumiéndolo y en 1853 se trasladó a Venecia, como tantos tuberculosos de su época, en busca de un clima beneficioso para su mal. Doppler murió allí al cabo de unos meses.

Publicó medio centenar de trabajos científicos, de los que casi ninguno tuvo relevancia, bien por ser ideas de bombero o por quedarse atrás respecto a contribuciones de sus contemporáneos. Únicamente la descripción del efecto Doppler le ha valido merecida fama.

Fiiiiiiiiiiuuuuuuuu… el efecto Doppler

El origen de la observación, el planteamiento del fenómeno y su aplicación para explicar lo que Doppler pretendía no fueron correctos del todo, pero la idea central resultó ser cierta y trascendente. Doppler buscaba una explicación para la aberración de la luz estelar descrita por Bradley en 1725, es decir, un desplazamiento aparente de la posición de una estrella debido a la velocidad de traslación de la órbita terrestre. El profesor Doppler filosofó acerca del efecto que podía tener un desplazamiento a alta velocidad sobre las ondas emitidas por las estrellas: argumentó que si un cuerpo celeste se desplaza a gran velocidad distorsiona las ondas de la luz que emite, de modo que por una parte estarán más apretadas —tendiendo al azul— y por otra más holgadas —tendiendo al rojo—. Así lo publicó en 1842 en su obra Ueber das farbige Licht der Doppelsterne und einiger anderer Gestirne des Himmels (Sobre el color de la luz de las estrellas binarias y otros astros celestes).

Doppler publicación

Portada de la breve obra original de Christian Doppler donde enuncia su efecto epónimo. Vía Google Books.

La verdad es que ello no explicaba la aberración de Bradley y la tecnología de la época no estaba para observar corrimientos al rojo o al azul en los cuerpos celestes. Sin embargo, el principio propuesto por Doppler era aplicable a cualquier variedad de onda, sea electromagnética, de sonido o las ondas mecánicas producidas en un estanque tranquilo por un objeto que se desplaza en su superficie.

Tres años después de la publicación el efecto fue demostrado experimentalmente para las ondas sonoras por el holandés Buys Ballot. Puso a músicos a emitir una nota concreta desde un tren en marcha y a otros músicos a replicar la nota que oían desde tierra según pasaba el tren. Así se observó un aumento de la frecuencia aparente del sonido cuando el tren se acercaba y una reducción de frecuencia cuando se alejaba.

Doppler Buys-Ballot

Buys Ballot intentó demostrar que la idea de Doppler era errónea, pero acabó confirmándola. Aunque se nos antoja un experimento sencillo y evidente, a Buys Ballot le costó lo suyo acabarlo con éxito. El músico del tren no aprecia cambios en su nota, mientras el que oye en tierra sí detecta un cambio aparente del tono por el cambio de frecuencia inducido por el desplazamiento.

Actualmente el efecto Doppler es fácil de observar a pie de calle con cualquier coche que pasa, cualquier sirena de ambulancia o quinqui con música a toda castaña en su vehículo tuneado. Pero antes de la revolución industrial no había objetos que se desplazaran a gran velocidad y que pudieran distorsionar el sonido, excepto proyectiles de cañón —si bien durante un bombardeo nadie se pone a pensar en frecuencias de onda—.

Musicis digressio.- Los compositores clásicos no han usado mucho la imitación del efecto Doppler en sus obras. Lo más parecido que me viene a la mente es precisamente en simulación de bombas y pirotecnia bélica. El ejemplo más siniestro está en la Octava Sinfonía de Shostakovich. Las «sinfonías de guerra» de Shostakovich son la auténtica banda sonora de la Segunda Guerra Mundial. La 8.ª sinfonía data de 1943, en lo más álgido del conflicto. Su tercer movimiento es una hipotiposis bélica de seis minutos de música tensísima, conducidos por un tema en ostinato de las cuerdas sobre el que los bajos y la percusión dan golpes como de detonación y, cada tanto, se repite una figura con una larga nota aguda seguida por un salto con ligadura a su octava inferior, cosa que recuerda el paso doppleriano de un obús.

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Fragmento del tercer movimiento de la octava sinfonía Op. 65 de Dimitri Shostakovich, donde se observa la figura musical que recuerda al efecto Doppler de un proyectil. Los violines hacen una nota larga y aguda in crescendo, que súbitamente baja en glissando. Las violas tocan el tema en ostinato que vertebra la pieza.

El segundo ejemplo está traído por los pelos, la verdad: está en el Concierto Emperador de Beethoven. Este 5.º concierto para piano también tiene un trasfondo bélico pues se compuso durante el ataque de Napoleón a Viena. Hay un breve momento de diez compases en el desarrollo del primer movimiento donde el pianista toca progresiones ascendentes del tema principal (fortspinnung) mientras la mano izquierda acompaña con escalas descendentes cromáticas que acaban con la pulsación del compás acompañadas de acentos de la orquesta. El efecto es una reminiscencia de batalla con proyectiles cayendo —no digo que ésta fuera la intención del compositor—, como aquellos cañonazos franceses que tanto aterraron a Beethoven, escondido en el sótano de casa de su hermano y cubriendo su cabeza con cojines para mitigar el malestar que las explosiones tenían que causar a sus perjudicados laberintos. Ni este enorme concierto ni ninguna otra obra de su período «heroico» puede encasillarse como música marcial y de soldaditos —bueno, la excepción es ese truñico llamado La batalla de Vitoria, Op. 91—, aunque algunos analistas se queden en esa observación superficial. La obra de Beethoven es infinitamente trascendente.

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Pequeño segmento del quinto concierto para piano Op. 73 de Beethoven. La mano derecha del pianista toca un fortspinnung del tema principal, con aire batallador, mientras la izquierda hace repetidos descensos cromáticos. Estas figuras descendentes también las usó Beethoven en su antes mencionado Op. 91.

Doppler, relatividad y big bang

El efecto Doppler es un postulado relativístico, ya que depende del movimiento relativo del objeto emisor respecto a un observador referencial. El músico que va en el tren no nota ninguna variación en la nota que está emitiendo, mientras que el observador que escucha inmóvil sí nota la deformación sonora inducida por el desplazamiento de la fuente emisora.

De hecho Einstein tiró del efecto Doppler-Fizeau como parte de su teoría de la relatividad especial de 1905 (Hippolyte Fizeau describió en 1848 el mismo fenómeno que Christian Doppler aplicado a las ondas electromagnéticas). Según ello un objeto que se acerca al observador a una velocidad cercana a la luz presentaría un corrimiento al azul en la luz que emite, mientras que si se aleja se apreciaría un corrimiento al rojo.

Los astrofísicos observaron mediante espectroscopia que las galaxias muestran un corrimiento al rojo, es decir, se están alejando unas de otras. Ello condujo al padre Lemaître y a Hubble (en 1927 y 1929, respectivamente) a formular la teoría de la expansión del universo. Si se está expandiendo es porque en el pasado la materia cósmica estuvo concentrada en un punto, y esa es la base de la teoría del big bang y del cálculo de la edad del Cosmos. Casi na.

Doppler

Christian Doppler (1803-1853), aquí con el disfraz de “efecto Doppler” de Sheldon Cooper.

El efecto Doppler es uno de los principios del radar. También se considera en telecomunicaciones para corregir señales de satélites; incluso una persona que usa su móvil desde un vehículo en marcha presenta una deformación de las ondas de radiofrecuencia que puede afectar a su rendimiento.

El doppler para detectar flujos

Hablo de flujo sanguíneo, por supuesto, no lo que los ‘gines’ llaman flujo. La tecnología del eco-doppler suma los principios del efecto Doppler y de la ecolocalización; este último es la base de la ecografía convencional y del sonar que usan los barcos, los cetáceos y los murciélagos.

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Shigeo Satomura y su publicación en japonés sobre eco-doppler en la Revista de la Sociedad Acústica Japonesa de 1959. Satomura murió al año siguiente por una hemorragia subaracnoidea.

El grupo del físico Shigeo Satomura (1919-1960), en Osaka, fue el primero en pensar cómo aplicarlo en el estudio no invasivo del sistema cardiovascular durante los años 50 del s.XX. En la siguiente década se sumaron más investigadores en otros países, entre quienes destaca Robert F. Rushmer (1914-2001), de Seattle. En los años 80 se desarrolló el eco-doppler bidimensional.

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Foto de Robert Rushmer, pionero del doppler clínico (vía U.S. National Library of Medicine) y figura de su artículo junto con Dean Franklin en la revista Science del 25 de agosto de 1961.

Los equipos de doppler médico se fueron sofisticando y redujeron su tamaño. Ahora es de uso común en cualquier centro de ecografía, cirugía vascular, hemodinamia u obstetricia. Hasta se venden dopplers de andar por casa por poco más de 20 € para que las embarazadas escuchen el corazón de sus bebés cuando quieran.

El doppler permite localizar vasos sanguíneos al detectar su flujo, mide la velocidad del flujo, su dirección, la presencia de turbulencias y el ritmo de las pulsaciones. En los modos dúplex y tríplex suma información funcional a la información anatómica que da la ecografía modo B. Resulta básico en la monitorización fetal, en la enfermedad vascular periférica, en el estudio de la enfermedad carotídea, determina inversiones de flujo en venas arterializadas por fístulas o malformaciones arteriovenosas, y no se diga su utilidad en ecocardiografía.

doppler umbilical

Imagen de ecografía doppler de la vena y las arterias umbilicales (www.kpiultrasound.com).

De nuevo vemos aquí dos características de la buena Ciencia: primero, la universalidad de sus principios permite aplicarlos en áreas totalmente alejadas de donde se realizó la investigación original; así, una idea originada en lejana astrofísica ha terminado aplicándose en la vida común, sea para ponerte una multa por radar o para diagnosticarte la cardiopatía que afloró tras recibir la multa. Segundo, el trabajo aditivo y colaborativo de los científicos, pues la ecografía-doppler no existiría sin otro montón de aportes, desde la propuesta de Spallanzani sobre la existencia del ultrasonido hasta el descubrimiento del efecto piezoeléctrico hecho por los Curie. La pseudociencia y la charlatanería no logran recorrido, hacen daño en donde se inventan (por lástima, demasiado en salud) y no pueden progresar con nuevas evidencias.

«Ceterum censeo Podemus esse delenda»

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El farsante doctor Taylor y sus damnificados Händel y Bach

Matasanos. Peor el remedio que la enfermedad. Charlatán, curandero, sacacuartos, asesino, carnicero… Desde que existe, el oficio de médico siempre ha convivido con epítetos y refranes de carácter despreciativo hacia la profesión y sus ejecutantes. Razones había, considerando que hasta el s.XIX no comenzó una Medicina verdaderamente científica y que la farmacopea y cirugía disponibles hasta principios del s.XX eran más bien escasas y con frecuencia contraproducentes.

Ese doctor que no cura, incluso causa daño, y encima está en un pedestal de erudición, sabiduría y libros en latín, no podía menos que generar antipatía y suspicacia. Hoy tendremos aquí a un galeno del s.XVIII conocido por mezclar la Medicina seria de su tiempo con prácticas de charlatán ambulante a gran escala. El Dr. John Taylor, que así se llamaba este oftalmólogo inglés, es aún más famoso por estar implicado en la ceguera de los dos compositores más grandes del Barroco: J.S. Bach y G.F. Händel.

Bach, Haendel y Taylor

La época de las pelucas ilustradas. Johann Sebastian Bach (izquierda) y Georg Friedrich Händel (derecha) flanqueando al sacaojos y sacacuartos de John Taylor.

Le Chevalier

John Taylor nació en 1703 en Norwich, en familia de tradición médica, y falleció no se sabe si en Roma, París o Praga, si en 1770 o 1772. Se formó en Londres y desde el principio se centró en la oftalmología. A partir de 1727 inició una vida nómada que lo llevó por múltiples Universidades (como Leiden, Basilea, Lieja, París o Colonia) y a ejercer su oficio oculístico de manera ambulante por toda Europa, desde Portugal hasta Rusia, incluso en Persia.

Esta movilidad, asociada a su labia, cultura y don de gentes le hizo una persona muy bien relacionada socialmente. Trató con Haller, Boerhaave, Morgagni, Winslow, Munro, J.L. Petit o Hunter, entre otros célebres eponímicos, también con Lineo, Metastasio y con lo mejorcito de la nobleza y el clero de la época. Llegó a ser nombrado cirujano ocular del rey Jorge II de Inglaterra y se presentaba como “el Chevalier Taylor, oftalmiatra, médico real, pontificio e imperial”.

Publicó numerosos tratados en múltiples idiomas sobre fisiología ocular, tratamiento de las cataratas y otras enfermedades oftalmológicas. Fue el primero en describir el queratocono (aunque otros le asignan el honor a Benedict Duddell) e introdujo novedades en el tratamiento del estrabismo. Hasta aquí todo parece muy bien, pero…

“Una muestra de lo lejos que la ignorancia es arrastrada por el descaro”

Así definió a John Taylor su contemporáneo Samuel Johnson, famoso literato y crítico. La verdad es que muchos de los eruditos con los que Taylor se jactaba de tener amistad se tapaban la nariz al opinar sobre el sujeto. El título nobiliario de chevalier y toda la pompa con que se presentaba eran autoatribuidos.

Taylor fue un maestro de la publicidad y el autobombo. Lo que mejor sabía hacer era venderse y promocionar los éxitos milagrosos de sus tratamientos, pero la realidad de su práctica médica dejaba mucho que desear. Durante sus giras europeas iba dejando un reguero de damnificados ciegos a su paso.

Cuando la caravana de Taylor se dirigía a una localidad, sus agentes llegaban con antelación para hacer publicidad y anunciar el advenimiento del sabio. Aparecía Taylor en su pintoresca carroza, con su séquito, era recibido por las autoridades del lugar y su primer acto era hacer una doctísima conferencia pública demostrando su sapiencia.

Posteriormente comenzaba a examinar pacientes y a operarlos, a saco, practicando las intervenciones él o algún ayudante en sitio público y al aire libre. Sus estipendios no eran nada económicos, el hombre tenía un caché importante. Tras las intervenciones ordenaba mantener un vendaje ocular hasta por una semana. Cuando los pacientes se destapaban y descubrían su mala o nula visión o sobrevenía una complicación, ya el Dr. Taylor había tenido días de margen para correr kilómetros hasta otro pueblo. El chevalier corría más deprisa que su fama.

Sin embargo no todos tenían mala opinión de Taylor, muchos clientes le estaban agradecidos y sus buenas relaciones con la jet set y su dominio del marketing le proporcionaron prestigio y posición. Por otra parte Taylor fue objeto de caricaturas y sátiras teatrales, incluyendo una ópera inglesa anónima llamada The Operator.

caricatura de John Taylor

Caricatura de John Taylor realizada en Florencia en 1770 por Thomas Patch.

No sé, pero a mí ese perfil de experto sobrevalorado, que figura en todos lados aunque sus capacidades profesionales sean más bien justitas, me sigue resultando familiar. Por suerte los mecanismos de control hacen poco probable que un “doctor muerte” como Taylor campe a sus anchas actualmente. Sin embargo muchos colegas reconoceréis personajes en vuestros entornos más interesados en figurar y estar bien relacionados, más decididos a hacerse bombo a sí mismos y a sus clínicas, más urgidos de publicar lo que sea y donde sea, y más preocupados de estar en el ajo que en hacer bien su trabajo asistencial del día a día.

Los desgraciados ojos de J.S. Bach

Cada uno tendrá sus preferencias, pero nadie puede dudar de que Johann Sebastian Bach (1685-1750) encabeza la lista de los mejores de la historia. Compuso música en tal cantidad y de tal calidad que cuesta creer tanto genio junto. Pocas noticias se tienen sobre la patobiografía de Bach, aunque parece haber gozado de buena salud y los 20 hijos de sus dos esposas demuestran que estaba fuerte.

Se supone que Bach tenía una leve miopía. Hacia 1749 su agudeza visual había menguado hasta dificultarle el trabajo; según sus allegados se debía al esfuerzo visual de las horas escribiendo música incluso de noche con velas (¡ay!, si hubieran existido las pantallicas “reticare” entonces…), pero la causa real no la sabemos: pudo ser por cataratas, glaucoma crónico, incluso por retinopatía diabética en el contexto de un síndrome metabólico –en el famoso retrato de Haussmann se lo ve rellenito–. En cualquier caso fue una pérdida visual progresiva e indolora (sólo Forkel, uno de sus primeros biógrafos, habla de dolor ocular).

He aquí que en marzo de 1750 quiso el destino que arribara a Leipzig el charlatán de le Chevalier Taylor con su parafernalia. Muchos amigos y familiares de Bach le insistieron que se dejara examinar por esta eminencia inglesa de tanto renombre y el viejo músico accedió de mala gana. El diagnóstico de Taylor fue de cataratas y procedió a realizarle la pertinente cirugía.

¿Cómo se operaban las cataratas a mediados del s.XVIII? Pues no muy diferente de como se hacía en Mesopotamia y Egipto 3000 años antes. El paciente sentado, sujeto por uno o más ayudantes y atontado como mucho mediante opio y algún lingotazo, el cirujano delante manteniendo el ojo abierto con una mano y con la otra maniobrando una lanceta que se introducía por limbo o por pars plana temporal para luxar el núcleo hacia la cámara vítrea. Con suerte la catarata madura se hundía envuelta en su cápsula y no ocurría mayor daño, pero otras el núcleo del cristalino se sacaba del saco capsular y había probabilidades altísimas de facoanafilaxis, glaucoma secundario o uveítis, amén del riesgo de desgarros de retina, hemorragia intraocular y endoftalmitis. Terrible.

Bach sufrió la luxación de sus cataratas y vendaje ocular prolongado según el protocolo de Taylor, pero el maestro debió ser intervenido nuevamente al cabo de una semana por las complicaciones del primer procedimiento. No queda claro en qué momento se operó cada ojo ni cuántas veces, pero el resultado de estos dos actos quirúrgicos fue que Bach quedó más ciego que Pepe Leches y con una grave y dolorosa inflamación ocular bilateral.

Antes de huir hacia Berlín, siguiente destino del oftalmiatra, Taylor dejó prescrito un tratamiento a base de sangrías, incisiones oculares de drenaje y vendajes con emplastes varios. Como resultado del ensañamiento terapéutico Bach tuvo que recluirse en su habitación a oscuras, soportando el dolor de un probable glaucoma secundario y su salud fue decayendo hasta quedar postrado y morir apenas pasados tres meses de la intervención, quizás debido a un ictus. Poco antes de morir dijo haber recuperado la visión por momentos y ver la cara de su esposa Anna Magdalena… una alucinación de Charles Bonnet, seguramente.

Händel y la enfermedad ateroembólica

Händel y Bach tienen muchas coincidencias y contrastes en sus biografías. Ambos nacieron en 1685 en Alemania, ambos compusieron enorme cantidad música y representaron el ápex de la música barroca; y ambos se cruzaron con John Taylor. Pero mientras Bach no salió de Alemania y llevó una semianónima vida familiar y luterana, Händel recorrió mundo, disfrutó fama, fue empresario teatral y no tuvo hijos.

Sobre la salud de Georg Friedrich Händel tenemos más datos pues al haberse radicado en Londres, donde el oficio de periodista de famosos tiene larga tradición, hay numerosas notas de prensa y relatos biográficos.

caricatura Haendel

“The Charming Brute”, caricatura en la que Händel aparece como un cerdo que toca el órgano sentado sobre un tonel de vino y rodeado de volatería. Grabado de Joseph Goupy de 1754.

El maestro Händel era gordo, comedor y bebedor descomedido, de temperamento iracundo. Podemos imaginarlo hipertenso no controlado, aterosclerótico y quizás hiperglicémico. A sus 52 años sufrió un episodio de parálisis del miembro superior derecho que se recuperó en meses pero se repitió 6 años después acompañado de disartria o afasia (sugiriendo ambos cuadros afección parcial del territorio de la arteria cerebral media izquierda).

En febrero de 1751 (hacía 7 meses que Bach había muerto ciego) Händel perdió indoloramente la visión de su ojo izquierdo y así lo anotó en la partitura en que estaba trabajando. La agudeza mejoró levemente en las semanas siguientes. Probablemente fue una neuropatía óptica isquémica anterior (NOIA) o un embolismo retiniano (recordemos que tenía afectada la circulación carotídea izquierda). Pero en agosto de 1752 perdió también la visión del ojo derecho, sea por NOIA consecutiva en dicho ojo, por oclusión de arteria central o quizás por ictus cerebral posterior. La cosa en que a partir de entonces el pobre Händel se quedó casi como un gato de yeso.

 

Haendel Jephta

Página de la partitura autógrafa del oratorio “Jephta” de G.F. Händel en cuya esquina inferior derecha aparece la anotación: “Biss hierher komen den 13. Febr. 1751 verhindert worden wegen relaxation des gesichts meines linken auges so relaxt” (“Hasta aquí este miércoles 13 de febrero 1751, incapaz de continuar debido al debilitamiento de la visión del ojo izquierdo”). Vía impls.org. Clic para aumentar.

Fue examinado por el oftalmólogo Samuel Sharp quien diagnosticó gutta serena, es decir, ceguera sin alteración externa del ojo –donde caben todas las enfermedades antes propuestas–. Posteriormente fue intervenido de cataratas por William Bromfield sin mejoría alguna de visión, pero por suerte sin las terribles complicaciones que tuvo Bach. La visión residual de Händel era suficiente para seguir componiendo y dirigiendo sus obras.

En 1758 coincidió Händel con el matasanos Taylor, quien lo examinó y aparentemente volvió a intervenirlo. En la prensa local aparecieron unos versitos alusivos donde ponían a Taylor a la altura de Apolo y Asclepio por devolver la vista al viejo compositor (típica maniobra de propaganda del charlatán), pero la realidad es que no hubo ninguna mejoría visual.

Durante la Semana Santa del año siguiente Händel sufrió una crisis, quizás cardíaca o cerebrovascular de la que vino su fallecimiento. Fue enterrado con honores en la Abadía de Westminster tras un funeral multitudinario. En cambio Bach había sido discretamente enterrado sin identificar en la iglesia de San Juan de Leipzig. Durante una reforma a finales del s.XIX se intentó rescatar su cuerpo; el encargado de estudiar los huesos fue Wilhelm His, anatomista y embriólogo suizo creador del micrótomo y padre del Wilhelm His que describió el haz de His y el sulculs terminalis cardíacos.

Vale la pena meditar sobre el gigantesco avance en salud y calidad de vida que disfrutamos actualmente. En la época de estos genios no había “código ictus”, no se podía imaginar siquiera un diagnóstico por imagen ni una trombolisis por radiología intervencionista. No había antihipertensivos, hipoglicemiantes ni antiagregantes. Actualmente la cirugía de cataratas es tan efectiva y cómoda que mucha gente la toma a la ligera, como ir a teñirse el pelo, no comprenden que pueda haber complicaciones de “una cosa tan sencilla” y exigen una calidad visual perfecta tras la intervención. Nos acostumbramos a lo bueno y siempre queremos más, es nuestra naturaleza.

En los podcast de Radio Clásica de Radio Nacional de España se puede disfrutar del programa “La hora de Bach”, dedicado exclusivamente a su música y comentarios biográficos. También han sacado “La hora de Haendel”.

Bibliografía recomendada:

  • Tarkkanen A. Blindness of Johann Sebastian Bach. Acta Ophthalmol. 2013;91(2):191-2. PMID: 22339937 (Acceso libre)

  • Jackson DM. Bach, Handel, and the Chevalier Taylor. Med Hist. 1968;12(4):385-93. PMID: 4884222 (Acceso libre)

  • Miranda M. La enfermedad neurológica de Georg Friedrich Händel. Rev Med Chil. 2007;135(3):399-402. PMID: 17505588 (Acceso libre)

  • Zegers RH. The eyes of Johann Sebastian Bach. Arch Ophthalmol. 2005;123(10):1427-30. PMID: 16219736

  • Bäzner H. Georg Friedrich Händel: a case of large vessel disease with complications in the eighteenth century. Prog Brain Res. 2015;216:305-16. PMID: 25684296

  • Trevor-Roper P. Chevalier Taylor–Ophthalmiater Royal (1703-1772). Doc Ophthalmol. 1989;71(2):113-22. PMID: 2663393

 

Nombres tontunos en Medicina: Madame Butterfly

Si usted escucha que se practicará una cirugía de Madame Butterfly ¿qué le viene a la cabeza? Quizás sea por mi afición operística, pero para mí la única asociación quirúrgica posible con Madama Butterfly sería una laparotomía exprés para eviscerarse según el suicida ritual japonés del seppuku.

Pero no es el caso. Resulta que tal intervención no incluye desparramamiento de intestinos, sino que es una técnica oculoplástica para corregir el descenso de los párpados inferiores. Con el nombre de procedimiento “Madame Butterfly” apareció publicado en 1985 en la recién nacida revista Ophthalmic Plastic and Reconstructive Surgery (alias OPRS, hoy la más relevante de la especialidad). Sus autores fueron Norman Shorr y Martin Fallor, del Instituto Jules Stein de California: “Madame Butterfly” procedure: combined cheek and lateral canthal suspension procedure for post-blepharoplasty, “round eye,” and lower eyelid retraction. Ophthal Plast Reconstr Surg. 1985;1(4):229-35.

En el artículo se explica la técnica quirúrgica para corregir la retracción palpebral inferior que ocurre como complicación de la cirugía de “bolsas” de los párpados, sin tener que optar por un antiestético injerto de piel. Incluye unas explicativas ilustraciones a lápiz bastante buenas (cuyo autor, como es costumbre, ni en los agradecimientos aparece). La técnica está bastante extendida y la practicamos con relativa frecuencia. Por suerte el apelativo dado por Shorr no se ha difundido tanto.

Así se sube el párpado de abajo

Como ya mencionamos, el procedimiento se planteó para elevar el párpado inferior caído tras blefaroplastia, cosa que da un feo aspecto de ojo redondo (“ojo pescao”) además de causar desprotección de la parte inferior de la córnea. Pero además es aplicable a otras condiciones con retracción palpebral inferior sin déficit de piel, como tras fracturas orbitarias, traumatismos faciales, cicatrización conjuntival o en casos de ojos saltones asociados a hipoplasia maxilar.

El primer paso es disecar el canto lateral y el fondo de saco conjuntival inferior, a través del cual se puede despegar cualquier cicatriz en la zona y liberar los tejidos de la mejilla para fijarlos en una posición más alta mediante suturas ancladas al periostio del reborde orbitario. Esta maniobra descarga el peso que la mejilla ejerce sobre el párpado inferior.

A continuación se tensa el tendón cantal lateral re-anclándolo al reborde orbitario lateral. Suele ser necesario añadir un injerto espaciador bajo el tarso inferior, para asegurar que éste mantenga la altura adecuada y no vuelva a descender ni adherirse a otros tejidos. El espaciador se extrae de paladar duro o del tarso superior, pero también se ha empleado dermis acelular, cartílago autólogo, cornete inferior, esclera de donante o pericardio bovino liofilizado. Conviene dejar suturas de tracción que estiren el párpado hacia arriba durante unos cuantos días.

midface lifting

Cirugía para la retracción del párpado inferior (vista de cirujano). A: incisión en fórnix y disección hasta reborde orbitario, se despega el tejido malar del plano óseo y se eleva fijándolo al reborde. B: se coloca un injerto espaciador bajo el tarso inferior y se tensa el canto lateral. Imagen original de www.ilustracionmedica.es (clic para tamaño completo).

El procedimiento original de Shorr era bastante conservador en su disección malar y no incluía injerto espaciador. Posteriormente se ha ido mejorando la técnica y actualmente se tiende a ser generoso en la elevación malar (midface lifting) y casi siempre se incluye espaciador. El resultado suele ser muy satisfactorio en la mayoría de los casos.

Shorr_Madame_Butterfly

Imagen original del artículo de Shorr (OPRS 1985) mostrando un paciente con descenso de párpados inferiores (A), el resultado postoperatorio inmediato tras elevación malar y cantopexia (B) con aspecto satánico de máscara kabuki, y el satisfactorio resultado final (C).

¿Por qué Madame Butterfly?

Sí, la técnica es cojonuda, pero el nombre es bastante besugoide. Los autores originales argumentan lo siguiente:

The net result of this procedure should be to impart a slightly greather tan normal mongoloid slant to the eyelids, hence the title, “Madame Butterfly” procedure.

O sea, que los ojos quedan achinados y por eso es Madame Butterfly. ¿Por qué no procedimiento Yoko Ono, Bruce Lee o Jackie Chan? O bien Genghis Khan. O bien máscara Kabuki. O bien Señor Miyagi. O bien Turandot, que también es ópera de Puccini y de tema oriental. No sé.

Esta operación no es la única que achina los ojos, pues con una común cantopexia o tira tarsal lateral para arreglar un ectropión o un párpado laxo ya se tiene el resultado mongoloide (transitorio siempre, con las semanas va volviendo al aspecto “occidental”).

Quiero incidir aquí en el rigor a la hora de bautizar un procedimiento, técnica, síndrome o condición. Hablar de elevación mediofacial más injerto espaciador es suficientemente descriptivo para cualquier cirujano del área. Resulta innecesario y endeble el sobrenombre aplicado en este caso.

Una cosa es usar apelativos coloquiales en la práctica diaria, dentro del departamento, y otra es publicarlos así en una revista científica. En donde estudié llamábamos “maniobra de la mortadela” a lo que pasaba en diabéticos con macroangiopatía, donde empezabas amputando un dedito del pie y con el tiempo ibas subiendo hasta acabar en supracondílea. Pero sería una animalada pretender publicar en serio este nombre.

En fin, son las licencias que se permiten los autores anglosajones, más si proceden de centros prestigiosos: poder publicar a placer aun metiendo morcillas. Luego los demás repetimos sus máximas con escaso atisbo crítico (ya lo comenté en el post del síndrome del centurión). Los revisores implacables son para otros.

El Dr. Norman Shorr sigue promocionando su técnica con el nombre de Butterfly (he aquí un artículo de 2005 y una entrevista en Ophthalmology Times). Por suerte el apelativo operístico no se prodiga mucho más allá de los allegados al Jules Stein Eye Institute, aunque a veces uno se topa con algún iluminado.

Chocho-San

madama butterfly ricordi

Cartel de Madama Butterfly para la Editorial Ricordi, de 1904, diseñado por Leopoldo Metlicovitz.

La ópera Madama Butterfly fue compuesta por Giacomo Puccini (fumador adicto, muerto por un tormentoso cáncer laríngeo) y se estrenó en la Scala de Milán en 1904. Su argumento se basa en hechos que pudieron pasar en Japón a finales del s.XIX tras su apertura al comercio internacional durante la restauración Meiji, cuando comenzaron a llegar marineros de todas partes a sus puertos.

La ópera está musicalmente muy ambientada en aire japonés e incluye varias citas del himno nacional norteamericano y otros topicazos yanquis. Es una buena pieza para iniciarse en la ópera, pues tiene una trama lineal, la música es preciosa y solo dura poco más de dos horas. Aquí os vinculo dos versiones en vídeo (voces justitas), una del Sferisterio de Macerata de 2010, de ambientación tradicional, y otra del Teatro Regio di Torino de 2014, modernizada con cafiches de Hong-Kong y todo.

La historia es que Pinkerton, un marino yanqui, se compra una adolescente japonesa “como esposa”, para los meses que iba a estar allí. La chica en cuestión se toma en serio el asunto marital y cuando el marino se pira la muy boba se queda esperando años, hasta verse abandonada y en la ruina. El nombre de la japonesita es Chocho (en japonés chō 蝶 es mariposa), cosa que se presta a cachondeo en nuestro idioma (oye, propongo que la operación se llame Chocho surgery: “hoy operaré un Chocho…”).

Total que el americano cabrón vuelve con su esposa gringa sólo para llevarse al niño nacido de la cohabitación. Tragedión en toda regla que lleva a la pobre Chocho a un harakiri espantoso. Por cierto, el suicidio femenino japonés no se llama harakiri ni seppuku, sino jigai, y la herida se infligía a nivel del paquete vascular yugulocarotídeo y no en el abdomen, como en el caso masculino y como suele representarse en esta ópera.

Ya lo del suicidio por honor no se lleva. En la antigüedad un romano de pro caído en deshonra optaba por arrojarse sobre su espada. Luego Séneca popularizó lo de cortarse las venas en una bañera con agua caliente. El seppuku japonés de los samuráis se prohibió en 1873, pero muchos lo practicaron durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Os imagináis a algunos de nuestros políticos caídos en la más profunda deshonra, asumiendo sus actos y empuñando un arma blanca para librarnos de su nefando peso?

Haciendo la web de Ilustración Médica

orando-et-laborando

Llevo semanas enfrascado en hacer la web de Ilustración Médica. Acarrea su trabajo: primero hacer un estudio previo de lo que debe incluir la web, a quién va dirigida, etc.; después hacer los primeros diagramas y maquetarlos con Photoshop o Illustrator y descartar los diseños menos interesantes; a continuación elaborar y recopilar el material gráfico; por último abrir el Dreamweaver y hacer la página propiamente dicha, es decir, programar, meter código, meter código, meter código…

Mi mayor dificultad es que disto mucho de ser ducho en programación web. Ni pa tras. Lo común es que el diseñador haga las maquetas como mencioné antes y luego las entregue al programador para que las transforme en lenguaje html. Sin embargo quise aprender el sistema y en eso he estado.

Para la fecha de este post ya tengo algunas páginas disponibles, aunque de momento llevan insertado el sello de “en construcción” que aparece arriba, también currado en casa. Quise huir del típico “work in progress” con cintas de franjas negras y amarillas, o de obreros con casco. Preferí componerlo con instrumentos de pintura y de cirugía, que de eso va mi chiringuito. Y además una referencia a la regla benedictina “ora et labora”, concisa imagen de disciplina y constancia en el trabajo.

La verdad es que el lenguaje de programación html es ingeniosísimo. Se desarrolló a partir de 1991 gracias al inglés Tim Berners-Lee y el primer servidor en usarlo fue el del CERN (sí, ese mismo que se ha hecho famoso por el bosón de Higgs). Desde entonces se ha ido ampliando y complicando, de modo que vamos por la versión HTML5. A esto se añade otro componente de diseño web que son las hojas de estilo en cascada (con acrónimo en inglés CSS) y una serie de microprogramas que pueden insertarse dentro del código html, como javascript, flash, jquery, php y muchísimos más. Así lo que nació para que los físicos del CERN intercambiaran datos ha llegado a ser la plataforma donde se distribuye porno en cantidad industrial, se difunde a chorlitos haciendo el mongolo en youtube y se cazan ofertas de última hora, 2×1 y demás.

El lenguaje HTML (hypertext markup language) consiste en una serie de etiquetas que proporcionan al texto y a su soporte diferentes características, como color, tipo de letra, negritas, cursiva, estilo de párrafo, etc. Si alguien no ha visto nunca las entrañas de una página web puede hacerlo con cualquiera, ésta misma por ejemplo, clicando con el botón derecho del ratón y buscando la opción “ver código fuente” que aparece en algún sitio del menú desplegado. Se abrirá una pantalla que muestra algo como esto:

codigo-fuente

inicio del código fuente de este blog

Teóricamente si alguien escribe todo esta letanía directamente en un archivo de texto y después lo abre con un navegador vería exactamente la página web en todo su esplendor.

Este código fuente es de lo más parecido a una partitura musical. Es un lenguaje paralelo que se manifiesta en forma de sonidos en la partitura y visualmente en el html. Para quien no lo entiende, ver una página musical o un código fuente representa un galimatías incomprensible carente de significado. Así, quienes carecemos de formación en solfeo no podemos imaginar cómo suena esto:

clarodeluna

Beethoven, inicio del 3º movimiento de la sonata “Claro de luna” (escuchar), facsímil de la primera edición, publicada en Viena, 1802. Accesible en imslp.org.

Toda la intensidad de esta música queda fuera de nuestra percepción si no contamos con un intérprete que transforme el código musical en algo que el cerebro pueda procesar.  De igual manera, los navegadores web (Chrome, Internet Explorer, Mozilla, Safari, Opera, etc.) actúan como intérpretes del código web y hacen visible a nuestra percepción lo que esconde dicho código.

Lo mismo que hay mejores y peores intérpretes musicales, los navegadores web tienen prestaciones diferentes y pueden leer el código con ciertas diferencias. Eso hace que la página que uno diseña no se vea igual en todos los navegadores, y si a ello se suma que la visualización también depende de la configuración de la pantalla donde se mira, el resultado es que uno jamás estará seguro de cómo se verá su página web en los diferentes ordenadores, tablets y móviles. Siempre puede quedar algo descuadrado, fuera de pantalla, o cambiar la tipografía. Todo ello ha mejorado mucho, pero aún persiste esta variabilidad.

Por cierto www.ilustracionmedica.es está optimizada para Chrome y Safari.

Si usted no es Mozart entonces haga borradores

La improvisación es un arte reservado a los Maestros, y no a todos. Sorprende cuando un músico, un artista plástico o, incluso, un cocinero, crea a partir de nada y sin ensayos previos una cosa magnífica. En cambio los mortales no podemos fiar el resultado de nuestro trabajo a la improvisación a pelo.

Esto es muy aplicable cuando se prepara una comunicación científica, sea en forma de artículo escrito o de presentación oral, y más si se considera que el común de la gente de ciencia no posee una flama artística creativa, sino que está hecha para manejar evidencias, hechos objetivos y bloques de conocimiento bien estructurado.

Antes de ponerse delante del Word o del PowerPoint a teclear por inspiración divina (lo más probable es que los dioses estén en otra cosa) vale la pena detenerse a esquematizar las ideas que se quieren “vender” en la comunicación. Pretender sacar las diapositivas una tras otra de la nada o escribir de corrido una discusión es pretender ser un genio mozartiano. Amadeus ha habido uno.

Primer paso, lápiz y papel. Garabatear las ideas relevantes. Una idea es relevante bien porque es parte estructural del tema a tratar (por ejemplo, factores de riesgo conocidos para una enfermedad, agentes causales en enfermedades transmisibles…), o porque da una nueva visión sobre el tema, o porque es una completa novedad (un primer caso descrito o una nueva técnica).

Esa idea clave se merece ser enunciada claramente en una frase contundente y limpia. Merece ocupar por sí sola una diapositiva entera, sin compartir espacio con otra información menos relevante que le estorbe. Tras seleccionar el puñado conceptos clave queda rellenar los espacios con la información pertinente que los desarrolle y decidir el material gráfico que ilustrará demostrativamente tales ideas.

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Segundo paso, lápiz y papel, de nuevo, para hacer el borrador propiamente dicho. En el caso de una presentación con diapos, este borrador consiste garabatear (o prediseñar, vaya) las diapositivas vertiendo la información esquematizada en el primer paso. Viene a ser como un storyboard de lo que se va a contar en la presentación, donde cada viñeta dibujada corresponde a una diapo. Este borrador se cambiará tantas veces como sea necesario hasta dar con el mejor relato posible para la comunicación, ajustándolo al público y al tiempo previsto.

Aquí os dejo una muestra de los garabatos jeroglíficos usados como primer esquema y borrador para la presentación que colgué en un post pasado sobre quemaduras oculares, de la Dra. Marta Calatayud. Tales notas solo las entiende quien las hace, pero si alguien tiene ocio suficiente puede rebuscar entre los garabatos y ver el camino hasta la presentación final.

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borrador primitivo para una presentación (clic para aumentar), a partir de aquí se puede hacer un segundo borrador más dirigido y “bonito”, y después llevarlo al programa informático

Únicamente cuando se haya cumplido con estos pasos previos es cuando nos podemos sentar a teclear. En realidad el trabajo previo ahorra horas de irritante trabajo de ordenador y mejora ostensiblemente la calidad de la presentación final.

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el pequeño Wolfgang haciendo el geek

Para acabar, unas líneas sobre el mito de Mozart componiendo del tirón como si nada. Durante el siglo XIX se forjó la idea romántica de Mozart como genio divino y milagroso que tomaba un folio de papel pautado y lo llenaba con notas casi como si lo hiciera al dictado, sin correcciones ni copias. La verdad es que incluso Mozart hacía bosquejos previos, anotaba ideas que podía retomar años después. Es cierto que no se conservan demasiados borradores y que no solía hacer copias de sus originales. Tenía una memoria musical fantástica que le permitía el lujo de llevar las notas en su disco duro cerebral.

Según los analistas de sus manuscritos, Mozart partía de la idea general, es decir, de la línea melódica que tendía a escribir de principio a fin de la pieza, dejando en blanco el resto de la partitura. A continuación escribía las segundas voces y acompañamiento armónico para reforzar y desarrollar la línea principal. ¿Os suena esto de empezar por una o unas ideas principales y a partir de allí añadir elementos de refuerzo y desarrollo? Al final es el mismo método que hemos comentado, solo que Mozart lo hacía más rápido, más eficiente, más elegante, más genial y mejor que nadie.

Si alguien desea presenciar el raro arte de la improvisación musical, le recomiendo buscar en youtube a la pianista venezolana Gabriela Montero. Hay cantidad de vídeos donde la artista improvisa a partir de temas propuestos por el público (un ejemplo, otro ejemplo y otro ejemplo). Acojona.