Ciclopia y malformaciones mitológicas

La invención de monstruos imaginarios es inherente a los humanos, empezando desde los niños pequeños que focalizan sus terrores en bichos malos que salen de la oscuridad. Todas las mitologías y religiones antiguas están plagadas de fantasiosos seres monstruosos, igual que los bestiarios medievales, incluso el gran Ambrosio Paré escribió sus Monstres et prodiges donde mezcló observaciones clínicas con cagarrutas legendarias y folclóricas. Hoy siguen existiendo descolocados que creen y buscan al Yeti, a Bigfoot, a Nessy, al Chupacabras o a los marcianos cabezones gelatinosos y grisáceos; la ciencia ficción no sería nada sin el concurso de los extraños bichos imaginados en sus historias.

Los monstruos materializan los terrores de los seres humanos, subliman experiencias traumáticas en un objeto viviente a quien se responsabiliza del daño; por ello es común en civilizaciones antiguas asignar dioses y seres monstruosos a las fuerzas de la Naturaleza, como los gigantes del interior de las montañas responsables de los movimientos telúricos o las bestias marinas responsables de naufragios. Los animales salvajes y peligrosos eran mentalmente recombinados para inventar terroríficos hipogrifos, quimeras o mantícoras.

Otra posible fuente de inspiración para los monstruos mitológicos son las malformaciones congénitas de humanos y animales. No cuesta imaginarse el terror que podía generar en una familia un nacimiento gravemente malforme, un mortinato deformado, con cráneo y cara irreconocibles, con exceso o ausencia de miembros. También el ganado doméstico es susceptible de tales malformaciones y los antiguos veían cómo a veces nacían becerros con dos cabezas o corderos sin ojos. Esas “maldiciones de los dioses” pudieron dar pie a la invención de algunos monstruos mitológicos, representación de miedos atávicos.

La teratología, la hermana fea de la embriología

Los pioneros de la teratología fueron los naturalistas franceses Étienne e Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, padre e hijo, en la primera mitad del s.XIX. De hecho, acuñaron el término teratología a partir de τέρατος (tératos), monstruo o fenómeno, exactamente el sentido que en inglés tiene la palabra freak. El estudio de las malformaciones está estrechamente unido al del desarrollo embrionario y la genética.

La ciclopia como paradigma de la malformación mitológica

Se llama ciclopia al defecto del desarrollo embrionario en el que se forma una única cavidad orbitaria central en la cara, con un único ojo o dos ojos fusionados (sinoftalmia). Es una circunstancia infrecuente, 1/100.000 embarazos.

La ciclopia acompaña al grado más grave de holoprosencefalia, una alteración del desarrollo del extremo anterior del tubo neural donde falla la separación simétrica de estructuras de la línea media, por lo que no se desarrollan hemisferios cerebrales separados, ni cuerpo calloso ni septum pellucidum.

nihms161898f2

Los defectos de línea media afectan también a la vía respiratoria, pues estos fetos carecen de nariz o la tienen en forma de probóscide, como una trompa en la frente, por encima del ojo ciclópico. Así mismo, tienen hipoplasia o aplasia de la mandíbula y alteraciones orofaríngeas.

ciclopia2

Reconstrucción tomográfica de feto con ciclopia (izquierda), se observa la única órbita con dos hendiduras esfenoideas y un solo agujero óptico (flechas). Corte axial del mismo caso (derecha), donde  se aprecia la fusión de los globos oculares y el doble cristalino (sinoftalmos). Liu D et al. AJNR 1997;18.

La holoprosencefalia se ha asociado a diversas alteraciones cromosómicas, como la trisomía 13. La ciclopamina es un alcaloide vegetal teratogénico que causó una endemia de corderos cíclopes en Idaho en la década de 1950, debido a que las ovejas pastaban Veratrum californicum, planta rica en ciclopamina.

Los fetos con ciclopia/holoprosencefalia no sobreviven, debido a los serios problemas neurológicos y de vía respiratoria alta, y acaban conservados en frascos en la galería de los horrores de los museos anatómicos.

Un gen de videojuego

Sea por teratógenos o defectos cromosómicos, la base última de la ciclopia está en el gen Shh o la vía de señalización que este gen determina. Shh significa gen Sonic hedgehog, que es el nombre del saltarín pilluelo azul de los videojuegos de Sega. ¿Cómo demonios acaba un gen tan importante llevando el nombre de un vil personaje de videojuego?

En ese laboratorio de mutaciones que es la Drosophila melanogaster se identificó un gen cuya ausencia hacía que la larva estuviera cubierta de espículas, como si fuera un erizo (en inglés, hedgehog) y por ello se llamó gen Hh. En vertebrados se han identificado tres genes homólogos al Hh, también con acción morfogénica. A éstos homólogos se los empezó a bautizar con nombres de variedades de erizos: el primero fue el desert hedghoge (Dhh), el segundo fue el indian hedgehoge (Ihh), pero el tercero… como si no hubiese aún un montón de tipos de erizo para escoger, a los investigadores de Harvard que descubrieron el tercer homólogo les dio por ponerle el nombre del erizo Sonic, en claro ejemplo del friquismo con que se estereotipa a los científicos.

La señalización de Shh es esencial para la separación de estructuras simétricas en la línea media del prosencéfalo embrionario, de manera que a finales de la tercera semana de vida se formen dos vesículas ópticas independientes que generen dos ojos bien formados. Un fallo en este momento condiciona la ciclopia y la holoprosencefalia.

Los cíclopes griegos

Quizás sean de los monstruos mitológicos más populares, sobre todo por el cinematográfico Polifemo. Cíclope significa “ojo redondo” (κύκλος, cyclos, círculo o rueda + ὤψ, ops, ojo). Eran seres enormes, forzudos y brutales, con un único ojo en la frente. Había dos familias de cíclopes en la mitología griega, una antigua y otra más moderna.

Los antiguos cíclopes eran hijos de Urano y Gea (del Cielo y la Tierra) y, por tanto, hermanos de los titanes, los gigantes y los hecatónquiros, todos enormes. Eran tres, Brontes, Arges y Estéropes —trueno, relámpago y rayo—. Fueron confinados al Tártaro por Urano, pero liberados por el titán Cronos durante el golpe de estado a su padre, aunque después los volvió a deportar al Tártaro hasta que Zeus los volvió a liberar durante el golpe de estado a su padre Cronos. Estos cíclopes eran hábiles en la herrería y orfebrería, que ejercían en el subsuelo —como los herreros nibelungos germano-nórdicos—, y también hábiles constructores de murallas ciclópeas de grandes bloques de piedra, como las de las ciudades micénicas, cuya construcción se les atribuyó.

Los otros cíclopes eran los monstruos bárbaros que aparecen en la Odisea, hijos de Poseidón y la ninfa Toosa —según otros, hijos de los cíclopes uránidas originales—, dedicados a la ganadería ovocaprina en Sicilia. Odiseo y sus compinches se detuvieron a repostar provisiones en la gruta de Polifemo, pero éste los atrapó y se los fue devorando de dos en dos en cada comida, descabezándolos contra el suelo y zampándoselos como si fueran langostinos. Odiseo le obsequió vino para emborracharlo y, cuando el monstruo hubo caído inconsciente, le vació el ojo con una estaca untada en estiércol y con la punta al rojo vivo. Así pudieron escapar los astutos aqueos de la cueva, camuflados entre los corderos del cíclope cegado. La historia completa está en el canto IX de la Odisea homérica. Otro mito donde aparece Polifemo es en el de Acis y Galatea, pastor él, nereida ella, enamorados los dos y Polifemo enamorado de Galatea; ante el desprecio de la chica, Polifemo apachurró a Acis bajo una roca. Este crimen pasional fue inspiración de poesías, teatro y óperas, como la famosa de Händel (oír aquí), reorquestada después por Mozart (oír acá).

421099_3398662608417_1325318326_3288858_1815166614_n

Ulises y sus compañeros eviscerando el ojo de Polifemo, según se cuenta en la Odisea. Hydra del s.VI a.C., Museo Villa Giulia, Roma (vía arqueologiaenmijardin.blogspot.com.es).

Otros seres de un solo ojo eran los arimaspos, pueblo escita que luchaba contra los grifos para quitarles su oro. Según las representaciones, estos no tenían un ojo central sino que les faltaba uno de los dos ojos, como ocurre con los microftalmos o criptoftalmos unilaterales.

¿De donde proviene la figura de los cíclopes? No puede obviarse su relación con la malformación congénita antes descrita, que tanto horror tenía que causar en quienes presenciaran un nacimiento de ese tipo; aunque asociar directamente el mito con la malformación no es sino una elucubración. El erudito Robert Graves sugiere que su origen terreno está en un grupo de herreros de la Edad del Bronce que, como signo solar de su gremio, se tatuaban unos anillos concéntricos en la frente. El ojo único es un signo frecuente en la cultura griega y ha persistido hasta en los souvenirs para turistos que visitan las islas del Egeo. Las representaciones clásicas de los cíclopes muestran un gran ojo sobre la nariz, a diferencia de la malformación, donde el ojo está por debajo de la probóscide.

Más teratología mitológica

Seguimos con elucubraciones. Cuando estudiaba embriología no dejaba de encontrar paralelismos entre algunas malformaciones y figuras de la mitología clásica. Más allá de los gigantes y enanos presentes en todas las mitologías y con correspondencia clínica en los gigantismos y enanismos hipofisarios, acondroplásicos y similares, hay otros síndromes muy sugestivos.

Ya comentamos en otro post el asunto del mal llamado “síndrome de la sirena” o simelia, y su clara asociación con tritones y nereidas. Otros monstruos mitológicos parecidos a la simelia eran los esciápodos (σκιά, sombra, raíz presente en ‘escotoma’, y ποδός, pie) que Plinio el Viejo ubicaba en la India. Eran seres con un único miembro inferior que terminaba en un pie tan grande que podían usar como sombrilla cuando se echaban en el suelo.

Plinio también escribió sobre los blemias, raza de seres acéfalos con ojos y boca en el pecho, que habitaban más allá de Egipto. Las ilustraciones de blemias recuerdan a varias condiciones clínicas, donde la cabeza es muy pequeña o el cuello está muy acortado; por ejemplo, en fetos con anencefalia la cabeza es pequeña y la grotesca cara parece hundida en el pecho; en el síndrome de Klippel-Feil la fusión de vértebras cervicales también hace que la cabeza parezca unida al tórax, o en el síndrome de Turner, donde el cuello es corto y con aletas (pterygium colli).

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Varios seres mitológicos pueden derivarse del gemelismo siamés:

  • Los siameses parápagos dicéfalos, con un único cuerpo y dos cabezas, como Ortro y Cerbero, perros míticos, el primero con dos cabezas y el segundo, su hermano, con tres. El gigante Gerión, contra quien luchó Heracles, tenía tres cabezas.
  • Los siameses cefalópagos diprosopos, con dos caras, una a cada lado de la cabeza, como el bifaz dios romano Jano. Aunque la doble cara de Jano tiene un sentido diferente, pues es el dios de los inicios y los finales, por ello su mes, Januarius, indica el inicio del año.
  • Los isquiópagos con fusión pélvica, donde los siameses están unidos por el culete, con los cuerpos diametralmente opuestos, cuatro brazos y cuatro piernas; como Aracne, la mujer convertida en araña, con sus ocho miembros, o la Anfisbena, dragón o serpiente con una cabeza en cada extremo.
  • Gemelos parásitos, donde partes de un siamés rudimentario sobresalen del cuerpo principal. Hay parásitos pigomélicos, donde se duplican las extremidades inferiores, también similar a Aracne. En los parásitos onfalópagos, el gemelo rudimentario cuelga de la zona abdominal del gemelo desarrollado, como en la Escila, que tenía cabezas de perro emergiendo de su cintura.
  • Los siameses isquiópagos dicéfalos dípodes tetrabraquios, como su nombre indica, tienen dos cabezas, dos piernas y cuatro brazos, es decir, hay una duplicación de la mitad superior del cuerpo. Los hecatónquiros o centímanos, Briareo, Coto y Giges, colosales hermanos de los cíclopes que tenían cincuenta cabezas y cien brazos, parecen una representación hiperbólica de este tipo de siamés.

En muchas otras culturas se pueden identificar criaturas fantásticas con paralelismos embrionarios. Dejo su búsqueda para los lectores inquietos.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

La placenta, rico postre

No, ni por asomo, no me he convertido en un pirado de la new age de los que comen la placenta de su recién nacido porque eso es una práctica ancestral que nos une a la madre tierra…

Mosaico romano, sirviente con bandeja

Siervo romano portando una bandeja de pasteles o algo así. Mosaico del s.II procedente de Cartago.

Antes de darse este nombre al órgano fetal ya se llamaba así a un popular pastel de la cocina romana antigua elaborado con queso y miel. El nombre en nada hacía referencia al órgano uterino, sino que éste fue bautizado muy posteriormente como el pastel.

La receta de placenta que conocemos proviene del libro De Agri Cultura de Marco Porcio Catón. En esta obra Catón aporta varias recetas de cocina, algunas basadas en el queso: libum, spira, scriblita, globus, enyctum, erneum o spaerita. La receta de placenta según aparece en el artículo 76 del libro de Catón es la siguiente:

Placenta, pastel romano

Placentum sic facito. Farinae siligineae L. II, unde solum facias, in tracta farinae L. IIII et alicae primae L. II. Alicam in aquam infundito. Ubi bene mollis erit, in mortarium purum indito siccatoque bene. Deinde manibus depsito. Ubi bene subactum erit, farinae L. IIII paulatim addito. It utrumque tracta facito. In qualo, ubi arescant, conponito. Ubi arebunt, conponito pariter. Cum facies singula tracta, ubi depsueris, panno oleo uncto tangito et circum tergeto unguitoque. Ubi tracta erunt, focum, ubi cocas, calfacito bene et testum. Postea farinae L. II conspargito condepsitoque. Inde facito solum tenue. Casei ovilli P. XIIII ne acidum et bene recens in aquam indito. Ibi macerato, aquam ter mutato. Inde eximito siccatoque bene paulatim manibus, siccum bene in mortarium inponito. Ubi omne caseum bene siccaveris, in mortarium purum manibus condepsito conminuitoque quam maxime. Deinde cribrum farinarium purum sumito caseumque per cribrum facito transeat in mortarium. Postea indito mellis boni P. IIII S. Id una bene conmisceto cum caseo. Postea in tabula pura, quae pateat P. I, ibi balteum ponito, folia laurea uncta supponito, placentam fingito. Tracta singula in totum solum primum ponito, deinde de mortario tract linito, tracta addito singulatim, item linito usque adeo, donec omne caseum cum melle abusus eris. In summum tracta singula indito, postea solum contrahito ornatoque focum deverrito temperatoque, tunc placentam inponito, testo caldo operito, pruna insuper et circum operito. Videto ut bene et otiose percoquas. Aperito, dum inspicias, bis aut ter. Ubi cocta erit, eximito et melle unguito. Haec erit placenta semodialis.’ Así se hace la placenta: 2 libras de harina para hacer la base, 4 libras de harina y 2 libras de espelta remojada en agua para los tracta (cintas de pasta). Cuando la espelta esté blanda, triturarla en un mortero y escurrirla. Después amasarla con las manos. Cuando esté trabajada añadir poco a poco las 4 lb. de harina. Con esto se hacen los tracta. Colocarlos sobre mimbre y dejarlos secar. Una vez secos disponerlos juntos. Pasarles un paño untado en aceite por cada cara. Así estén, cocerlos bien en un recipiente de barro. Luego amasar las 2 lb. de harina. Con esto hacer una base fina. Remojar 14 lb. de queso freso de oveja no agrio. Macerarlo cambiando 3 veces de agua. Escurrir bien entre las manos y triturar en un mortero lo más fino posible. Pasar por un cedazo fino. Después añadir 4 lb. y media de buena miel. Mezclarla bien junto con el queso. Luego colocar la base estirada en una mesa sobre hojas de laurel untadas en aceite para formar el pastel. Primero colocar una capa de tractum en la base, seguir con la mezcla de queso del mortero, añadir los tracta en capas untando con el queso con miel hasta acabarlo. Terminar con tractum y envolver con la masa base, colocar en un recipiente de barro caliente tapado y colocar brasas alrededor y encima. Vigilar su cocción a gusto. Destapar y mirar dos o tres veces. Una vez cocida, sacarla y bañarla con miel. Esto da para una placenta de medio modio.

Resulta complicado comprender recetas antiguas, pues las cantidades, las herramientas y los ingredientes nos parecen extraños, y no están redactadas de manera explícita. Básicamente la placenta tiene tres componentes: (1) la base de masa tipo tartaleta que sirve de contenedor, (2) la crema de queso con miel alternada a capas con (3) los tracta, finas cintas de masa crujiente.

placenta romana

Así podría ser el aspecto de una placenta romana, siguiendo la receta de Catón. La textura es más la de una empanada semidulce de queso, que no la de un cheesecake actual. Y el sabor del laurel, rompedor.

Cualquier cocinillas puede hacer una adaptación con la información mostrada. La base original está hecha solo con agua y harina, pero este tipo de masas gana con la adición de alguna grasa, y además debe ser muy fina (como alternativa se puede tirar de pasta phyllo). En cuanto al queso se puede usar queso fresco, mató o requesón de oveja –o del mamífero que prefiráis­–. Lo de remojar el queso tiene sentido si es un queso muy salado como el feta.

El elemento más curioso es el tractus, pan finísimo y crujiente, quizás semejante al fino pan sardo (pane carasau) o la lingua de suocera. Bien podrían usarse regañás. La función de las capas de tractum es absorber parte de la humedad del queso triturado, por una parte, y aportar el toque crujiente, por otra. El punto más sorprendente es el sabor conferido por el lecho de hojas de laurel sobre el que se cuece el pastel, aroma muy poco asociado a un plato dulce. Y la cocción, simplemente al horno, pues la olla de barro cubierta de ascuas no es sino un horno primitivo.

La placenta romana ha dejado su rastro en diversos pasteles y empanadas, dulces y salados, que tienen al queso como ingrediente. Por su preparación y etimología hay destacar el pastel rumano plăcintă.

Catón el Censor

busto de Catón el Viejo

Busto de M. Porcio Catón el Censor

Resulta curioso que quien nos dejara este puñado de recetas de cocina fuera uno de los políticos más prominentes de los siglos III y II a.C.: Marco Porcio Catón, alias Catón el Viejo o Catón el Censor (234 – 149 a.C.), quien provenía de una familia plebeya y rural, dedicada al agro. Sin embargo ascendió en el cursus honorum hasta alcanzar el Consulado y la Censura. También fue procónsul de la Hispania Citerior.

Fue un firmísimo defensor de las buenas costumbres romanas y mostró su oposición a los hipster de entonces que seguían las modas helenísticas y gustaban del arte y la literatura griegas. Este fue uno de los muchos puntos de desencuentro con su habitual enemigo, Escipión el Africano, el gran héroe de la Segunda Guerra Púnica. También los separaba el abolengo familiar, la clase social y la orientación política. Catón logró empapelar a Escipión por corrupción, lo que significó el retiro de éste de la vida pública aunque fue absuelto.

Catón fue el promotor de la Tercera (y definitiva) Guerra Púnica. Consideraba que mientras existiese Cartago nunca habría paz; finalizaba sus discursos en el Senado, sea cual fuera el tema, diciendo “ceterum censeo Carthaginem esse delendam” (“por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida”), después deformado en el popular “Delenda est Carthago”.

No hay que confundir a Catón el Censor con su famoso biznieto M. Porcio Catón el Joven, o Catón de Útica (92 – 46 a.C), también defensor de los valores republicanos y uno de los máximos opositores contra Julio César.

La otra placenta

El término ‘placenta’ proviene del griego πλακοῦντα, referido a algo plano, con más superficie que altura. De la misma raíz proviene ‘placa’ y parece que también ‘plácido’ y ‘placentero’, en alusión a la comodidad de un camino llano (o a lo rico que estaba el pastel).

Pero el órgano fetal no recibió tal calificativo hasta el Renacimiento. En griego antiguo las membranas ovulares se llamaban corion (χόριο, membrana) y en latín se hablaba de secundinae, es decir, lo que salía en segundo lugar, tras el bebé (la verdad, muchas veces las membranas salen en tercer lugar, si contamos que la mayoría de las pobres parturientas lo primero que sueltan es un buen ñordo).

realdo colombo placenta

Fragmento de la obra de Colombo donde describe la placenta, usando por primera vez ese nombre.

realdo colombo frontispicio

Frontispicio de la obra de Realdo Colombo “De re anatomica, libri XV”, Venecia, 1559.

En 1559 el anatomista italiano Realdo Colombo, en el libro XV de su De re anatomica, describe al órgano como placenta uteri o ‘pastel uterino’, por su semejanza con una torta. Posteriormente Falopio corrobora el apelativo en sus Observationes anatomicae de 1562.

La placenta es una estructura realmente sorprendente. Hace las veces de pulmón y riñón del feto, también algo de hígado y circulación extracorpórea. Es una efectiva barrera inmunológica que evita el paso de la mayoría de bichos al bebé y le aporta inmunoglobulinas maternas. Tradicionalmente se ha considerado la placenta como un tejido estéril, pero actualmente hay evidencias de que puede haber un microbioma de flora mixta residente, de significación discutida (Prince et al. J Reprod Immunol. 2014 Oct;104). La placenta también produce un buen puñado de hormonas, comenzando por la progesterona vital para el embarazo, estrógenos, gonadotropina coriónica, lactógeno placentario y otras.

La Medicina moderna usa las membranas ovulares como fuente de productos terapéuticos. Por ejemplo, la sangre de cordón umbilical es una fuente de precursores hemáticos y de células madre multipotentes. La membrana amniótica es un tejido extensamente usado en oftalmología, para reconstrucción de la superficie ocular. Sin embargo lo de los champús de placenta para la alopecia no vale un rábano, lo juro por mi reluciente cabeza. Como tampoco tienen base los tratamientos con placenta de yegua que hace la curandera Kovacevic a futbolistas memos.

Sobre la placentofagia

Una cosa misteriosa es por qué las mujeres humanas no comen su placenta tras el parto como lo hace la gran mayoría de las hembras mamíferas, con la excepción de los camélidos, los mamíferos marinos y los marsupiales (éstos ni expulsan placenta). Casi todas las demás especies practican la placentofagia, independientemente de si son herbívoros o carnívoros.

Pero tampoco se sabe bien por qué esos animales sí comen su placenta. Ninguna teoría explica bien el motivo:

  • Defensa del recién nacido ante depredadores, al ocultar pruebas del reciente nacimiento. Pero queda el charco de líquido amniótico, además la madre y el crío permanecen en el sitio durante bastante tiempo, mientras se come las secundinas.
  • Hambre: algunas especies sufren un período prenatal de anorexia, por lo que la placentofagia puede compensar las necesidades nutricionales. Sin embargo también se da placentofagia en ausencia de anorexia preparto.
  • Obtención de hormonas y otras sustancias que pueden ayudar a la madre en los primeros días. Esta es una de las hipótesis más plausibles, aunque también tiene lagunas. Se ha propuesto que la placenta contiene un potenciador de las endorfinas que ayudaría en la analgesia postparto y evitaría la depresión. También se ha dicho que mejora la lactancia.
  • Otras teorías más peregrinas, como que ayuda a que la madre se acerque a la cría, o que representa un episodio de exaltación carnívora.

Si en los animales hay tales dudas, en humanos es que no hay estudios ni medio sólidos. Los de orientación antropológica son claros en reportar la placentofagia como una práctica muy minoritaria en las sociedades humanas. Sí hay, en cambio, culturas donde la placenta es objeto de enterramiento ritual. O algunos grupos que la apartan como algo dañino.

La corriente actual de placentívoros humanos viene de los años 70 –así que nada de práctica ancestral– y proviene de un ámbito de gente con creencias peculiares y que tienen un rollo rarito con la Madre Naturaleza y la Madre Tierra (como aquellas que riegan las plantas con su menstruación).

Que muchos animales lo hagan no es razón única ni suficiente. La mayoría de las mamíferas relame a su cría al nacer, los humanos no rechupeteamos el vérnix caseoso. Y algunas mamíferas se comen a alguna cría de la camada. Ahora bien, no está mal estudiar si la madre humana puede obtener beneficio de algunos componentes presentes en la placenta, pero en ensayos adecuados.

Los modernos placentívoros incluyen tres conductas incoherentes con la “sabiduría de la naturaleza”. Primero, deshidratar y encapsular su placenta, con lo que terminan tomando la placenta a los tres meses del parto, cuando se supone que la necesidad es en el puerperio inmediato. En segundo lugar, cocinar la placenta (en internet podéis encontrar recetarios para todos los gustos); pero con ello se desnaturalizarían muchos de los supuestos principios activos sanadores que contiene, como las hormonas peptídicas. Y tercero, ese asco de aquelarre llamado “placenta party”, donde se invita a familia y a amigos a degustar juntos los platos preparados con la placenta de la madre. En todas las especies es sólo la madre la que come su placenta, no toda la manada y menos aún los machos. Esas parties sí son un acto altamente aberrante.

Una prueba clara de que los humanos no comemos placenta es que es de los pocos tejidos que no han ido a parar dentro de un embutido. Pensadlo.

No hay demasiada literatura científica sobre placentofagia. Mark Kristal, del departamento de Psicología de la Universidad de Buffalo, ha publicado varias revisiones al respecto (aquí una).

Catón el Censor es un importante personaje de la trilogía de novelas sobre Escipión el Africano escritas por Santiago Posteguillo. Como Escipión es el héroe, a Catón le toca ser el bicho malo. Igual le pasa a Catón el Joven en la serie de novelas de Colleen McCullough, donde el machote es Julio César. La derrota y muerte de Catón aparece en “El Caballo de César”, de esta serie.