Coño, no es vagina

Este título también sería correcto sin la coma. Muchísimas son las cosas del mundo que tienen un nombre oficial científico y uno o más nombres coloquiales. Lo bueno de la apelación académica es su universalidad y concreción, mientras que los nombres vulgares varían de un sitio a otro y de una época a otra, además de padecer una frecuente polisemia.

Las partes del cuerpo son un ejemplo claro de esto. La nomenclatura anatómica es precisa y sin ambages. Lo que comúnmente llamamos brazo en anatomía es miembro superior, pues brazo es únicamente la porción entre el hombro y el codo, y antebrazo del codo a la muñeca. Otro tanto con pierna, que es la parte del miembro inferior de rodilla a tobillo, mientras por arriba está el muslo.

Pero hoy quiero referirme a otras zonas del cuerpo donde el vulgarismo cotidiano se explaya a gusto: zonas erótico-genitales con enorme gama nominativa a pie de calle y diversos niveles, desde tiernos apelativos infantiles hasta la más ofensiva cochinada moral.

A veces surge un problema cuando alguien quiere evitar el nombre vulgar de una de estas zonas y emplea lo que considera su sinónimo culto, pero falla en la precisión del término; este error tan típico en periodistas y tertulianos es especialmente notorio en atributos femeninos: vagina, senos, pezones. En cambio, el badajo masculino se llama oficialmente pene y no hay confusión al respecto.

De los nombres del parrús

Como dije antes, cuando alguien quiere ir de fino para referirse a los genitales femeninos suele hablar de vagina. Así lo vimos extensamente con la noticia de aquella señora a la que supuestamente le echaron pegamento en la “vagina”.

¡Pues mal! Se están refiriendo a vulva y no a vagina. La vagina es un órgano completamente interno, el conducto que va de la vulva al útero; en cambio la vulva es la zona expuesta del aparato genitourinario, formada por labios mayores y menores, clítoris, introito, meato urinario y aderezada por el monte venus. Lo lógico es que el pegamento del caso anterior fuese aplicado en la vulva y no dentro de la vagina, donde, por cierto, quizás no hubiese causado ningún problema pues la humedad del medio no permite que se adhiera el común de los pegamentos.

La palabra vagina llega directamente del latín vagina, que designaba al estuche de la espada u otra funda donde se metiera algo, y de donde proviene vaina o envainar. Resulta obvio el sentido figurado de la vagina femenina como sitio donde meter “el sable”.

Por su parte, vulva es un término latino derivado de volva y éste de la raíz indoeuropea volv/velu, de donde provienen: vuelta, volver, envolver, envoltorio, voluble, velo, revolver y otras con significado subyacente de rodear, ir y venir. En principio se usó vulva como sinónimo de útero, pues envolvía al feto, en contraposición con cunnus, referente a los genitales externos y del que deriva una de las interjecciones más usadas de nuestra lengua.

vulva-vagina

A partir de tiempos de Celso se llamó os vulvae o agujero del útero a la apertura externa genital, y posteriormente permaneció como vulva el conjunto de estructuras que envuelven la entrada a la vagina. Como curiosidad, la vulva de cerda era un manjar de la casquería romana, como se aprecia en los libros segundo y séptimo de la obra de Apicius. Se supone que en este contexto se refiere al útero de la cerda y no a su potorro. Actualmente no es un órgano porcino de uso alimentario, a no ser que Oscar Mayer dé cuenta del mismo dentro de sus productos.

En resumen, lo de llamar vagina a la vulva es una cursilería y una ridiculez de gente que pretende ser fina pero que, coño, se equivoca de término.

Mama y teta

El nombre anatómico y médico de las tetas es mamas o glándulas mamarias. Lo de senos o pechos son apelativos un tanto lechuguinos para ir de finos, pero no ajustados anatómicamente.

Tanto mama como teta parecen provenir de la duplicación de sendas voces infantiles de las raíces indoeuropeas ma y te. Teta tiene equivalentes de similar escritura en muchos idiomas, tanto de origen latino, germánico o eslavo. No sé dónde leí que teta venía de la letra griega theta (Θ) por su forma redondeada con una cosita en el centro, pero eso creo que es un cuento sin fundamento.

Por su parte mama viene del latín mamma, literalmente teta, de origen común con mamá y madre. Otros términos relacionados: mamar, amamantar, mamón, mamandurria, mamífero, mamella, mamelón, mamelonado, mamilar.

Lo de llamar senos a las mamas es de uso general y está aceptado en el Diccionario de la Academia. Sin embargo, en origen seno, del latín sinus, se refería a algo con concavidad, como el pliegue de la toga a nivel pectoral donde el romano podía portar cosas. El concepto de seno lleva a algo curvo con concavidad, algo con capacidad de alojar. En anatomía se refiere a dilataciones cavitarias, como los senos paranasales, los senos venosos intracraneales y otros cuantos.

Si bien la curvatura mamaria podría justificar el término senos en el sentido de sinuoso, lo más probable es que en este caso el seno se refiera al valle pre-esternal que separa las mamas. Por cierto, ese surco intermamario o canalillo es un espacio artefactual que solamente existe en virtud de las prendas de vestir que lo inducen, pues en ausencia de ropa las mamas se separan y marcan el surco submamario, inevitablemente.

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De pezones y telotismo

Otra confusión frecuentísima en el habla general ocurre entre pezón y areola. No es raro enterarse de que a alguna famosilla un escote traidor “le ha asomado parte del pezón”, pero en realidad lo que asomó fue el borde de la areola, esa piel diferenciada que rodea el pezón.

Pezón es estrictamente la estructura proyectada que contiene la salida de los conductos galactóforos y que sirve para la succión del niño. Tanto la areola como el pezón tienen células musculares que colaboran en la salida de la leche.

La palabra pezón deriva del latín pecciolus, a su vez diminutivo de pes, pie (voces relacionadas: pedículo, pedicelo, pedúnculo). En botánica se usa peciolo para referirse al tallo corto que une las frutas o las hojas a la rama. Esa forma de pequeño tallo o pie se aplicó, por similitud, al punto prominente de las mamas. Por su parte, areola o aréola es diminutivo de área, y visto así suena de lo más inespecífico; más preciso es hablar de areola mamaria.

La voz griega para pezón es θηλή (thelé) y está en el origen del término epitelio, introducido por el holandés Frederik Ruysch (1638-1731) para referirse al aspecto microscópico mamelonado de las capas celulares que recubren numerosos tejidos, como piel y mucosas. La etimología de epitelio es equívoca, pero ha permanecido como un fundamento de la histología. Véase este artículo de Francisco Cortés en el Diccionario Médico de la Universidad de Salamanca.

La raíz pezonil aparece en otros términos médicos, como politelia (presencia de pezones o mamas supernumerarios —más exactamente, polimastia—) y telotismo. Este último se define como la contracción de las células mioepiteliales de la areola y el pezón que inducen la erección del mismo, por efecto del estímulo táctil, erótico o del frío. En la entrada del otoño es frecuente apreciar por la calle telotismo en aquellas muchachas que aún no han adecuado su indumentaria al cambio de estación.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

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“Lo que viene siendo”

“Lo que es”, “lo que sería”, “lo que viene siendo”…

Son éstas muletillas características de la retórica de cocinero. Suelo recurrir quizás más de lo debido a los oficios de cocinero y de guardia civil como ejemplos endémicos de tropiezos y vicios en el correcto uso del idioma: mal empleo del gerundio, construcción exótica de frases, muletillas recurrentes, erratas obsesivas (como especie por especia) empleo erróneo de conceptos (ósmosis, caramelización) o neologismos innecesarios (infusionar, mixar).

Estas agresiones a la retórica y a la gramática son fáciles de oír en los programas de cocina; ello, sumado a la destrucción de la dialéctica en las bocas de los tertulianosperiodistaspolíticostronistas que se hacinan en los medios de comunicación, representa un grueso depósito de heces sobre el trívium clásico de la elocuencia.

La cosa ya suena fea dicha por cualquier persona, pero cuando aparece dentro de una ponencia científica toma una dimensión más preocupante.

Frases vacías de significado

¿La oración “añadimos lo que es el arroz” tiene más sentido que “añadimos el arroz”? “Ahora se monta lo que sería la nata” no aporta nada a “se monta la nata”. La frase ‘lo que es’ resulta una construcción parasitaria carente de contenido, que no añade ninguna información y puede eliminarse sin menoscabo expresivo. Habría que reservar tal construcción para frases del tipo “ya verás lo que es bueno” o “ahora sabrás lo que es sufrir” (frecuentemente escuchadas por residentes de primer año).

Por tanto, cuando estés hablando en público no digas cagajones como “aquí vemos lo que sería la radiografía de tórax” sino “aquí vemos la radiografía”, o “el potencial energético de lo que es la biomasa” sino “el potencial energético de la biomasa”, o “fijaros en lo que viene siendo la sustancia blanca” sino “fijaos en la sustancia blanca”. De lo contrario algún oyente podría ofrecerte un delantal para continuar la charla mejor aderezado. El loqueesismo es un pecado frecuente en el lenguaje oral pero puede encontrarse en textos, sobre todo en prensa: “discutieron sobre todo lo que son políticas de inmigración”.

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Usar un lenguaje bastorro da muy mala impresión. Si su profesión requiere hablar en público cuide su lengua, pues es herramienta de trabajo.

Encontramos un caso para estudio en el programa Chocolateando de Canal Cocina, cuyo pastelero ofrece buenas recetas y destreza técnica junto a un uso paroxístico del “lo que es” y sus derivados. Podéis hacer un juego de tomar chupitos cada vez que el chef dice “lo que es” o, peor aún, cada vez que usa la muletilla “¿vale?”. Yo lo hice una vez y acabé con ictericia. Como ejemplo, un vídeo:

Es el campeón de los “lo que es” y similares. En este programa de 10 minutos conté 20 veces, pero seguro alguno se me ha escapado. Basta ver el segmento entre los minutos 3:00 y 3:15 para catar la especie. ¿Nadie del equipo de producción le habrá hecho el favor de comentarle su vicio?

“Acordaros y fijaros”

Esto ya excede la gastronomía y la benemérita para extenderse a todos los ámbitos de la españolidad, independientemente del nivel académico: la confusión entre el imperativo y el infinitivo.

Recordemos que la forma imperativa de un verbo se usa para ordenar o solicitar una acción: callad, traedme, quédate, siéntense, poneos, etc. Lo de usar el infinitivo en estos casos quizás tenga la intención de suavizar el carácter tan imperativo del imperativo y que no suene tanto a orden sino a petición, así puede parecer más tajante un “sentaos aquí” que un “sentaros aquí”, pero es un uso totalmente erróneo. Lo correcto sería usar expresiones como: “fijaos en la ausencia de onda p”, “acordaos de la irrigación pancreática”, “observad el trazo de fractura”. Los que hablamos castellano de las Américas no caemos tanto en este error, pues en vez de ‘acordaos’ decimos ‘acuérdense’ y ya está.

La inclusión del infinitivo dentro de una oración imperativa es correcta en estos casos:

  • Si el infinitivo está acompañado de otro verbo en imperativo: por ejemplo fijaros sería correcto en “debéis fijaros”, conmutable por “os debéis fijar”.
  • Si se trata de una orden general o impersonal, tipo cartel: “no fumar”, “se ruega guardar silencio”.
  • Si el infinitivo va precedido de la preposición a en una oración exclamativa: “¡venga, a callar!”, “¡a follar, que el mundo se va a acabar!”

Si parte de tu trabajo es hablar en público, sea en conferencias, clases, entrevistas o trato con clientes/pacientes, es más que recomendable considerar el idioma y la oratoria como herramientas de trabajo. Deben ser herramientas cuidadas y hay que ejercitarse en su uso pulido.

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El recurso de las frases vacías, donde se incluye el loqueesismo, las coletillas y la duplicación de géneros, pretende dar una falsa sensación de oratoria elaborada al incluir más palabras, pero en realidad demuestra una endeble construcción del discurso. Y si no os parece, ¡pues irsen!

Sobre el absurdo “lo que es” hay opiniones en Fundéu y en el foro del Instituto Cervantes. Y en relación con la confusión infinitivo-imperativo hay artículos en la RAE y también en Fundéu. Para más ejemplos de la masacre de la elocuencia en el mundo culinario podéis ver el docu-realityEl Xef” de Cuatro; cuesta ver un uso más profuso y gratuito de las palabras polla, puta y hostia.

Sobre testículos, hábitos, prisas y patadas al lenguaje en la jerga científica

El extraño título de esta entrada, bastante absurdo, es reflejo del absurdo que supone el uso frecuente de ciertas expresiones dentro de la jerga científica: concretamente me refiero a los palabros testar, customizar y randomizar, cuyos orígenes se relacionan con los términos mencionados en el título.

Si bien los neologismos y los préstamos lingüísticos son elementos enriquecedores y dinamizadores del idioma, es deseable que los nuevos términos cumplan unas condiciones mínimas para ser aceptables, como que no haya palabras equivalentes en el idioma propio, o que la nueva expresión sea mucho más descriptiva o elocuente que cualquiera de sus similares nativos.

En la jerga técnica y científica abundan los anglicismos, como es lógico y hasta necesario, pero también los calcos gramaticales y semánticos del inglés, casi siempre desafortunados, como los ejemplos comentados a continuación.

Está testado, lo juro por mis huevos

El verbo testar existe en castellano y significa hacer testamento o declarar como testigo. En la moderna jerigonza científica se usa ‘testar’ para indicar que algo se ha probado en un ensayo de laboratorio o clínico: “El efecto de la inhibición de los canales de calcio fue testado en cultivos de células PC12…”

Se trata de un calco semántico del inglés to test, que sí significa probar u obtener prueba. La palabra ‘test’ está aceptada en el DRAE únicamente para referirse a las evaluaciones donde se selecciona una respuesta entre varias posibilidades, no como sinónimo de probar.

La etimología de test es diferente del origen del correcto verbo testar y sus términos relacionados: testamento, testigo o testificar. El inglés test deriva del latín testum, vasija o vaso de barro (tiesto), también aplicado a concha u otras partes duras, de donde terminó por aplicarse a la cabeza y de allí proviene testa, testuz o testarudo.

Durante la Edad Media se derivó de testum la acción de analizar la pureza de los metales preciosos, pues se usaban recipientes cerámicos para hacer los estudios. Así tenemos test (in), tester (fr), testar (pt) o testare (it), para referirse al ensayo de una sustancia. Aún estando en los idiomas vecinos, el término no arraigó en castellano, en el cual se emplea ensayar (nota: véase la adenda más abajo). También esta palabra se relaciona con el análisis de los metales, pues ensayo deriva del latín exagium, acto de pesar o estudiar algo, específicamente aplicado a metales. Del primitivo testum de barro para hacer exagium provienen los actuales test-tube o tubos de ensayo.

Testar no es sinónimo de probar

Mejor que ‘testar’ o ‘testear’, es ‘probar’ o ‘ensayar’. En español testar significa hacer testamento y se origina de la misma raíz que testigo y testículo. El inglés ‘test’ deriva de los recipientes cerámicos donde se analizaba el metal, que en latín se llamaba ‘testum’.

Por otra parte, el origen de testar y testificar, así como su relación con el testículo resulta más confusa. El nombre latino del sacro órgano huevil era testis y así se sigue nombrando en la Nómina Anatómica Internacional, mientras que testículo sería el diminutivo de testis. El término latino para testigo es teste/testi, según declinación.

Abunda por internet, incluso en algún libro serio, la anécdota de que los antiguos romanos prestaban juramento como testigos apretándose los huevos con la mano, y de allí vendría el origen común de testículo y testigo. A primera vista parece un hecho plausible (a pesar de lo dificultoso de asir la huevada a través de la toga), pero me extraña no haber leído nunca nada sobre este tipo de juramento en las fuentes originales, cosa corroborada por otros frikis del mundo antiguo. Y mira que en la literatura romana hay juramentos a cascoporro, la mayoría sobre dioses (que para eso tenían un panteón enorme), o con el gesto de arrojar una piedra, o las mujeres que juraban por su cabellera. Pero de jurar por el paquete nada.

Testis parece provenir de ‘tristris’, de la raíz indoeuropea ‘tri’, en referencia a la tercera persona que intervenía en algo, es decir, al testigo del hecho. Resulta curioso que el nombre de un órgano par provenga de la raíz para ‘tres’. Una máxima jurídica dice “Testis unus, testis nullus”, es decir, “un solo testigo no es testigo”, en el sentido de que no basta la acusación de una sola persona mientras no se apoye en un tercero. Que los testimonios tuvieran que venir a pares, como las colganderas gónadas, no se sabe si influyó en el nombre testicular. Reputados lingüistas dicen que los testículos “atestiguan la virilidad” y de allí el nombre. Otra posibilidad, más que probable, es que el término gonadal y el jurídico fuesen independientes pero homófonos, y ello se prestara a juegos de palabras, como puede comprobarse en la literatura romana.

En cualquier caso, volviendo al argot científico, la corrección obliga a emplear ensayar o probar en vez de testar, para no tocar los testes a quienes apreciamos el lenguaje pulido.

Adenda diciembre 2015: en la edición del Tricentenario del Diccionario de la RAE se ha incluido la palabra “testar”, definida como “someter algo o a alguien a un control o prueba”. Así que toda la disertación anterior se queda en bragas. Dado el origen latino de la palabra (aunque en el DRAE se especifica su procedencia del inglés) y que es un vocablo ampliamente utilizado, resulta adecuada su inclusión. Aunque yo seguiré siendo más de “ensayar”.

Expresiones customizadas

Lo de customizar es una auténtica aberración sin sentido ni justificación, a pesar de lo cual su uso es extenso no sólo en ambientes técnicos, sino en moda, diseño y otras áreas. El palabro es un desagradable calco del inglés custom, término para hábito, cosa acostumbrada o hecha al uso, pero también para algo hecho a la medida de una persona.

No diga 'customizar' sino 'personalizar'.

No diga ‘customizar’ sino ‘personalizar’. El inglés ‘custom’ se origina del término latino para ‘costumbre’, posteriormente derivado a algo hecho a medida.

La etimología de custom es la misma que la de costumbre en español, costume en italiano o coutume en francés: todas derivan del latín consuetudo/consuetudinis, con significado de práctica habitual, uso tradicional de algo. De este mismo origen proviene costume en inglés y francés, es decir, el hábito o traje de una persona. Cuando este traje se hace a medida entonces el costume es customized, de donde hemos pillado el mal uso lingüístico.

La palabreja no existe en nuestro idioma ni como verbo ni como sustantivo, y esperemos que la Real Academia no la incluya en el futuro, pues para eso contamos con ‘personalizar’ y ‘personalizado’, que son las expresiones correctas para referirnos a algo hecho a medida.

“Random jacta est”

El inglés random significa al azar, aleatorio. En este sentido se aplica a la distribución no sistemática o aleatoria de las muestras o individuos dentro del diseño de un estudio científico. De allí se han adoptado, infaustamente, términos como randomizar o randomizado para designar los estudios con muestreo aleatorio.

Esta palabra inglesa no tiene origen latino, como las anteriores, sino viene del sajón rinnan, que significa correr, ir con prisa, y de la cual también se origina run. Así que random era hacer algo con prisa, sin meditación, al tuntún y, por extensión, al azar.

En nuestra adorada lengua contamos con ‘azar’ y ‘aleatorio’, ambas palabras relacionadas con los dados. El nombre del dado en latín era alea, de modo que cuando Julio César soltó aquello de “alea jacta est”, literalmente dijo “los dados están lanzados” o “eché los dados”, aunque se traduzca como “la suerte está echada”.

Por su parte ‘azar’ proviene del vocablo árabe para dado, y más específicamente para la cara desfavorable del dado con la que se perdía la jugada; de modo que ‘azar’ estrictamente se referiría a la suerte adversa (de allí lo de ‘azaroso’).

No diga 'randomizado' sino 'aleatorio'

No diga “estudio randomizado”, sino “estudio con muestreo aleatorio”. ‘Random’ es un término inglés que deriva de una cosa hecha con prisa. ‘Aleatorio’ proviene de ‘alea’, nombre del dado en latín. ‘Zahr’ era la palabra árabe para flor (de donde deriva ‘azahar’) y también se usaba para designar la cara del dado con la marca que hacía perder la jugada, de allí ‘azar’ y ‘azaroso’.

De modo que no hay ninguna necesidad de usar random, randomizar o randomizado, teniendo no uno sino dos términos propios: azar y aleatorio (y más sinónimos, como fortuito y casual, no muy aplicables en este caso). Lo malo es que nuestro DRAE no incluye el verbo aleatorizar, cosa que sería deseable para poder hablar con propiedad de estudios aleatorizados, en vez de estudios aleatorios (que suena como si salieran de chiripa) o azarosos (aunque muchos así lo sean).

Que seamos de ciencias y no de letras no sirve de excusa para patear el idioma. La elocuencia suele ser signo de preparación, inteligencia y distinción. Se puede ser científico y elegante a la vez.

Adenda diciembre 2015: en la edición del Tricentenario del Diccionario de la RAE se incluye, ¡hosanna!, el término aleatorizar, definido como “someter algo o a alguien a un proceso aleatorio”. Así que lo de ‘randomizado’ sigue siendo para patada en el perineo.