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Ciclopia y malformaciones mitológicas

La invención de monstruos imaginarios es inherente a los humanos, empezando desde los niños pequeños que focalizan sus terrores en bichos malos que salen de la oscuridad. Todas las mitologías y religiones antiguas están plagadas de fantasiosos seres monstruosos, igual que los bestiarios medievales, incluso el gran Ambrosio Paré escribió sus Monstres et prodiges donde mezcló observaciones clínicas con cagarrutas legendarias y folclóricas. Hoy siguen existiendo descolocados que creen y buscan al Yeti, a Bigfoot, a Nessy, al Chupacabras o a los marcianos cabezones gelatinosos y grisáceos; la ciencia ficción no sería nada sin el concurso de los extraños bichos imaginados en sus historias.

Los monstruos materializan los terrores de los seres humanos, subliman experiencias traumáticas en un objeto viviente a quien se responsabiliza del daño; por ello es común en civilizaciones antiguas asignar dioses y seres monstruosos a las fuerzas de la Naturaleza, como los gigantes del interior de las montañas responsables de los movimientos telúricos o las bestias marinas responsables de naufragios. Los animales salvajes y peligrosos eran mentalmente recombinados para inventar terroríficos hipogrifos, quimeras o mantícoras.

Otra posible fuente de inspiración para los monstruos mitológicos son las malformaciones congénitas de humanos y animales. No cuesta imaginarse el terror que podía generar en una familia un nacimiento gravemente malforme, un mortinato deformado, con cráneo y cara irreconocibles, con exceso o ausencia de miembros. También el ganado doméstico es susceptible de tales malformaciones y los antiguos veían cómo a veces nacían becerros con dos cabezas o corderos sin ojos. Esas “maldiciones de los dioses” pudieron dar pie a la invención de algunos monstruos mitológicos, representación de miedos atávicos.

La teratología, la hermana fea de la embriología

Los pioneros de la teratología fueron los naturalistas franceses Étienne e Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, padre e hijo, en la primera mitad del s.XIX. De hecho, acuñaron el término teratología a partir de τέρατος (tératos), monstruo o fenómeno, exactamente el sentido que en inglés tiene la palabra freak. El estudio de las malformaciones está estrechamente unido al del desarrollo embrionario y la genética.

La ciclopia como paradigma de la malformación mitológica

Se llama ciclopia al defecto del desarrollo embrionario en el que se forma una única cavidad orbitaria central en la cara, con un único ojo o dos ojos fusionados (sinoftalmia). Es una circunstancia infrecuente, 1/100.000 embarazos.

La ciclopia acompaña al grado más grave de holoprosencefalia, una alteración del desarrollo del extremo anterior del tubo neural donde falla la separación simétrica de estructuras de la línea media, por lo que no se desarrollan hemisferios cerebrales separados, ni cuerpo calloso ni septum pellucidum.

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Los defectos de línea media afectan también a la vía respiratoria, pues estos fetos carecen de nariz o la tienen en forma de probóscide, como una trompa en la frente, por encima del ojo ciclópico. Así mismo, tienen hipoplasia o aplasia de la mandíbula y alteraciones orofaríngeas.

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Reconstrucción tomográfica de feto con ciclopia (izquierda), se observa la única órbita con dos hendiduras esfenoideas y un solo agujero óptico (flechas). Corte axial del mismo caso (derecha), donde  se aprecia la fusión de los globos oculares y el doble cristalino (sinoftalmos). Liu D et al. AJNR 1997;18.

La holoprosencefalia se ha asociado a diversas alteraciones cromosómicas, como la trisomía 13. La ciclopamina es un alcaloide vegetal teratogénico que causó una endemia de corderos cíclopes en Idaho en la década de 1950, debido a que las ovejas pastaban Veratrum californicum, planta rica en ciclopamina.

Los fetos con ciclopia/holoprosencefalia no sobreviven, debido a los serios problemas neurológicos y de vía respiratoria alta, y acaban conservados en frascos en la galería de los horrores de los museos anatómicos.

Un gen de videojuego

Sea por teratógenos o defectos cromosómicos, la base última de la ciclopia está en el gen Shh o la vía de señalización que este gen determina. Shh significa gen Sonic hedgehog, que es el nombre del saltarín pilluelo azul de los videojuegos de Sega. ¿Cómo demonios acaba un gen tan importante llevando el nombre de un vil personaje de videojuego?

En ese laboratorio de mutaciones que es la Drosophila melanogaster se identificó un gen cuya ausencia hacía que la larva estuviera cubierta de espículas, como si fuera un erizo (en inglés, hedgehog) y por ello se llamó gen Hh. En vertebrados se han identificado tres genes homólogos al Hh, también con acción morfogénica. A éstos homólogos se los empezó a bautizar con nombres de variedades de erizos: el primero fue el desert hedghoge (Dhh), el segundo fue el indian hedgehoge (Ihh), pero el tercero… como si no hubiese aún un montón de tipos de erizo para escoger, a los investigadores de Harvard que descubrieron el tercer homólogo les dio por ponerle el nombre del erizo Sonic, en claro ejemplo del friquismo con que se estereotipa a los científicos.

La señalización de Shh es esencial para la separación de estructuras simétricas en la línea media del prosencéfalo embrionario, de manera que a finales de la tercera semana de vida se formen dos vesículas ópticas independientes que generen dos ojos bien formados. Un fallo en este momento condiciona la ciclopia y la holoprosencefalia.

Los cíclopes griegos

Quizás sean de los monstruos mitológicos más populares, sobre todo por el cinematográfico Polifemo. Cíclope significa “ojo redondo” (κύκλος, cyclos, círculo o rueda + ὤψ, ops, ojo). Eran seres enormes, forzudos y brutales, con un único ojo en la frente. Había dos familias de cíclopes en la mitología griega, una antigua y otra más moderna.

Los antiguos cíclopes eran hijos de Urano y Gea (del Cielo y la Tierra) y, por tanto, hermanos de los titanes, los gigantes y los hecatónquiros, todos enormes. Eran tres, Brontes, Arges y Estéropes —trueno, relámpago y rayo—. Fueron confinados al Tártaro por Urano, pero liberados por el titán Cronos durante el golpe de estado a su padre, aunque después los volvió a deportar al Tártaro hasta que Zeus los volvió a liberar durante el golpe de estado a su padre Cronos. Estos cíclopes eran hábiles en la herrería y orfebrería, que ejercían en el subsuelo —como los herreros nibelungos germano-nórdicos—, y también hábiles constructores de murallas ciclópeas de grandes bloques de piedra, como las de las ciudades micénicas, cuya construcción se les atribuyó.

Los otros cíclopes eran los monstruos bárbaros que aparecen en la Odisea, hijos de Poseidón y la ninfa Toosa —según otros, hijos de los cíclopes uránidas originales—, dedicados a la ganadería ovocaprina en Sicilia. Odiseo y sus compinches se detuvieron a repostar provisiones en la gruta de Polifemo, pero éste los atrapó y se los fue devorando de dos en dos en cada comida, descabezándolos contra el suelo y zampándoselos como si fueran langostinos. Odiseo le obsequió vino para emborracharlo y, cuando el monstruo hubo caído inconsciente, le vació el ojo con una estaca untada en estiércol y con la punta al rojo vivo. Así pudieron escapar los astutos aqueos de la cueva, camuflados entre los corderos del cíclope cegado. La historia completa está en el canto IX de la Odisea homérica. Otro mito donde aparece Polifemo es en el de Acis y Galatea, pastor él, nereida ella, enamorados los dos y Polifemo enamorado de Galatea; ante el desprecio de la chica, Polifemo apachurró a Acis bajo una roca. Este crimen pasional fue inspiración de poesías, teatro y óperas, como la famosa de Händel (oír aquí), reorquestada después por Mozart (oír acá).

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Ulises y sus compañeros eviscerando el ojo de Polifemo, según se cuenta en la Odisea. Hydra del s.VI a.C., Museo Villa Giulia, Roma (vía arqueologiaenmijardin.blogspot.com.es).

Otros seres de un solo ojo eran los arimaspos, pueblo escita que luchaba contra los grifos para quitarles su oro. Según las representaciones, estos no tenían un ojo central sino que les faltaba uno de los dos ojos, como ocurre con los microftalmos o criptoftalmos unilaterales.

¿De donde proviene la figura de los cíclopes? No puede obviarse su relación con la malformación congénita antes descrita, que tanto horror tenía que causar en quienes presenciaran un nacimiento de ese tipo; aunque asociar directamente el mito con la malformación no es sino una elucubración. El erudito Robert Graves sugiere que su origen terreno está en un grupo de herreros de la Edad del Bronce que, como signo solar de su gremio, se tatuaban unos anillos concéntricos en la frente. El ojo único es un signo frecuente en la cultura griega y ha persistido hasta en los souvenirs para turistos que visitan las islas del Egeo. Las representaciones clásicas de los cíclopes muestran un gran ojo sobre la nariz, a diferencia de la malformación, donde el ojo está por debajo de la probóscide.

Más teratología mitológica

Seguimos con elucubraciones. Cuando estudiaba embriología no dejaba de encontrar paralelismos entre algunas malformaciones y figuras de la mitología clásica. Más allá de los gigantes y enanos presentes en todas las mitologías y con correspondencia clínica en los gigantismos y enanismos hipofisarios, acondroplásicos y similares, hay otros síndromes muy sugestivos.

Ya comentamos en otro post el asunto del mal llamado “síndrome de la sirena” o simelia, y su clara asociación con tritones y nereidas. Otros monstruos mitológicos parecidos a la simelia eran los esciápodos (σκιά, sombra, raíz presente en ‘escotoma’, y ποδός, pie) que Plinio el Viejo ubicaba en la India. Eran seres con un único miembro inferior que terminaba en un pie tan grande que podían usar como sombrilla cuando se echaban en el suelo.

Plinio también escribió sobre los blemias, raza de seres acéfalos con ojos y boca en el pecho, que habitaban más allá de Egipto. Las ilustraciones de blemias recuerdan a varias condiciones clínicas, donde la cabeza es muy pequeña o el cuello está muy acortado; por ejemplo, en fetos con anencefalia la cabeza es pequeña y la grotesca cara parece hundida en el pecho; en el síndrome de Klippel-Feil la fusión de vértebras cervicales también hace que la cabeza parezca unida al tórax, o en el síndrome de Turner, donde el cuello es corto y con aletas (pterygium colli).

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Varios seres mitológicos pueden derivarse del gemelismo siamés:

  • Los siameses parápagos dicéfalos, con un único cuerpo y dos cabezas, como Ortro y Cerbero, perros míticos, el primero con dos cabezas y el segundo, su hermano, con tres. El gigante Gerión, contra quien luchó Heracles, tenía tres cabezas.
  • Los siameses cefalópagos diprosopos, con dos caras, una a cada lado de la cabeza, como el bifaz dios romano Jano. Aunque la doble cara de Jano tiene un sentido diferente, pues es el dios de los inicios y los finales, por ello su mes, Januarius, indica el inicio del año.
  • Los isquiópagos con fusión pélvica, donde los siameses están unidos por el culete, con los cuerpos diametralmente opuestos, cuatro brazos y cuatro piernas; como Aracne, la mujer convertida en araña, con sus ocho miembros, o la Anfisbena, dragón o serpiente con una cabeza en cada extremo.
  • Gemelos parásitos, donde partes de un siamés rudimentario sobresalen del cuerpo principal. Hay parásitos pigomélicos, donde se duplican las extremidades inferiores, también similar a Aracne. En los parásitos onfalópagos, el gemelo rudimentario cuelga de la zona abdominal del gemelo desarrollado, como en la Escila, que tenía cabezas de perro emergiendo de su cintura.
  • Los siameses isquiópagos dicéfalos dípodes tetrabraquios, como su nombre indica, tienen dos cabezas, dos piernas y cuatro brazos, es decir, hay una duplicación de la mitad superior del cuerpo. Los hecatónquiros o centímanos, Briareo, Coto y Giges, colosales hermanos de los cíclopes que tenían cincuenta cabezas y cien brazos, parecen una representación hiperbólica de este tipo de siamés.

En muchas otras culturas se pueden identificar criaturas fantásticas con paralelismos embrionarios. Dejo su búsqueda para los lectores inquietos.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

Coño, no es vagina

Este título también sería correcto sin la coma. Muchísimas son las cosas del mundo que tienen un nombre oficial científico y uno o más nombres coloquiales. Lo bueno de la apelación académica es su universalidad y concreción, mientras que los nombres vulgares varían de un sitio a otro y de una época a otra, además de padecer una frecuente polisemia.

Las partes del cuerpo son un ejemplo claro de esto. La nomenclatura anatómica es precisa y sin ambages. Lo que comúnmente llamamos brazo en anatomía es miembro superior, pues brazo es únicamente la porción entre el hombro y el codo, y antebrazo del codo a la muñeca. Otro tanto con pierna, que es la parte del miembro inferior de rodilla a tobillo, mientras por arriba está el muslo.

Pero hoy quiero referirme a otras zonas del cuerpo donde el vulgarismo cotidiano se explaya a gusto: zonas erótico-genitales con enorme gama nominativa a pie de calle y diversos niveles, desde tiernos apelativos infantiles hasta la más ofensiva cochinada moral.

A veces surge un problema cuando alguien quiere evitar el nombre vulgar de una de estas zonas y emplea lo que considera su sinónimo culto, pero falla en la precisión del término; este error tan típico en periodistas y tertulianos es especialmente notorio en atributos femeninos: vagina, senos, pezones. En cambio, el badajo masculino se llama oficialmente pene y no hay confusión al respecto.

De los nombres del parrús

Como dije antes, cuando alguien quiere ir de fino para referirse a los genitales femeninos suele hablar de vagina. Así lo vimos extensamente con la noticia de aquella señora a la que supuestamente le echaron pegamento en la “vagina”.

¡Pues mal! Se están refiriendo a vulva y no a vagina. La vagina es un órgano completamente interno, el conducto que va de la vulva al útero; en cambio la vulva es la zona expuesta del aparato genitourinario, formada por labios mayores y menores, clítoris, introito, meato urinario y aderezada por el monte venus. Lo lógico es que el pegamento del caso anterior fuese aplicado en la vulva y no dentro de la vagina, donde, por cierto, quizás no hubiese causado ningún problema pues la humedad del medio no permite que se adhiera el común de los pegamentos.

La palabra vagina llega directamente del latín vagina, que designaba al estuche de la espada u otra funda donde se metiera algo, y de donde proviene vaina o envainar. Resulta obvio el sentido figurado de la vagina femenina como sitio donde meter “el sable”.

Por su parte, vulva es un término latino derivado de volva y éste de la raíz indoeuropea volv/velu, de donde provienen: vuelta, volver, envolver, envoltorio, voluble, velo, revolver y otras con significado subyacente de rodear, ir y venir. En principio se usó vulva como sinónimo de útero, pues envolvía al feto, en contraposición con cunnus, referente a los genitales externos y del que deriva una de las interjecciones más usadas de nuestra lengua.

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A partir de tiempos de Celso se llamó os vulvae o agujero del útero a la apertura externa genital, y posteriormente permaneció como vulva el conjunto de estructuras que envuelven la entrada a la vagina. Como curiosidad, la vulva de cerda era un manjar de la casquería romana, como se aprecia en los libros segundo y séptimo de la obra de Apicius. Se supone que en este contexto se refiere al útero de la cerda y no a su potorro. Actualmente no es un órgano porcino de uso alimentario, a no ser que Oscar Mayer dé cuenta del mismo dentro de sus productos.

En resumen, lo de llamar vagina a la vulva es una cursilería y una ridiculez de gente que pretende ser fina pero que, coño, se equivoca de término.

Mama y teta

El nombre anatómico y médico de las tetas es mamas o glándulas mamarias. Lo de senos o pechos son apelativos un tanto lechuguinos para ir de finos, pero no ajustados anatómicamente.

Tanto mama como teta parecen provenir de la duplicación de sendas voces infantiles de las raíces indoeuropeas ma y te. Teta tiene equivalentes de similar escritura en muchos idiomas, tanto de origen latino, germánico o eslavo. No sé dónde leí que teta venía de la letra griega theta (Θ) por su forma redondeada con una cosita en el centro, pero eso creo que es un cuento sin fundamento.

Por su parte mama viene del latín mamma, literalmente teta, de origen común con mamá y madre. Otros términos relacionados: mamar, amamantar, mamón, mamandurria, mamífero, mamella, mamelón, mamelonado, mamilar.

Lo de llamar senos a las mamas es de uso general y está aceptado en el Diccionario de la Academia. Sin embargo, en origen seno, del latín sinus, se refería a algo con concavidad, como el pliegue de la toga a nivel pectoral donde el romano podía portar cosas. El concepto de seno lleva a algo curvo con concavidad, algo con capacidad de alojar. En anatomía se refiere a dilataciones cavitarias, como los senos paranasales, los senos venosos intracraneales y otros cuantos.

Si bien la curvatura mamaria podría justificar el término senos en el sentido de sinuoso, lo más probable es que en este caso el seno se refiera al valle pre-esternal que separa las mamas. Por cierto, ese surco intermamario o canalillo es un espacio artefactual que solamente existe en virtud de las prendas de vestir que lo inducen, pues en ausencia de ropa las mamas se separan y marcan el surco submamario, inevitablemente.

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De pezones y telotismo

Otra confusión frecuentísima en el habla general ocurre entre pezón y areola. No es raro enterarse de que a alguna famosilla un escote traidor “le ha asomado parte del pezón”, pero en realidad lo que asomó fue el borde de la areola, esa piel diferenciada que rodea el pezón.

Pezón es estrictamente la estructura proyectada que contiene la salida de los conductos galactóforos y que sirve para la succión del niño. Tanto la areola como el pezón tienen células musculares que colaboran en la salida de la leche.

La palabra pezón deriva del latín pecciolus, a su vez diminutivo de pes, pie (voces relacionadas: pedículo, pedicelo, pedúnculo). En botánica se usa peciolo para referirse al tallo corto que une las frutas o las hojas a la rama. Esa forma de pequeño tallo o pie se aplicó, por similitud, al punto prominente de las mamas. Por su parte, areola o aréola es diminutivo de área, y visto así suena de lo más inespecífico; más preciso es hablar de areola mamaria.

La voz griega para pezón es θηλή (thelé) y está en el origen del término epitelio, introducido por el holandés Frederik Ruysch (1638-1731) para referirse al aspecto microscópico mamelonado de las capas celulares que recubren numerosos tejidos, como piel y mucosas. La etimología de epitelio es equívoca, pero ha permanecido como un fundamento de la histología. Véase este artículo de Francisco Cortés en el Diccionario Médico de la Universidad de Salamanca.

La raíz pezonil aparece en otros términos médicos, como politelia (presencia de pezones o mamas supernumerarios —más exactamente, polimastia—) y telotismo. Este último se define como la contracción de las células mioepiteliales de la areola y el pezón que inducen la erección del mismo, por efecto del estímulo táctil, erótico o del frío. En la entrada del otoño es frecuente apreciar por la calle telotismo en aquellas muchachas que aún no han adecuado su indumentaria al cambio de estación.

“Ceterum censeo Podemus esse delenda”

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Más frutas escondidas en términos médicos

Hoy es el turno de manzanas, uvas y bellotas. Son varias las entradas de este blog donde se ha comentado el origen alimentario de muchos términos anatómicos y médicos, como frutas (ver post) o marsicos (ver post). Resulta lógico utilizar la analogía para denominar partes de cuerpo o descubrimientos científicos según su semejanza con objetos comunes, en especial comestibles.

Manzana

En latín malum, el fruto del manzano (Malus domestica) da nombre al hueso malar y a la región malar, es decir, la parte alta de la mejilla o pómulo. El nombre viene por la semejanza morfológica del contorno de la manzana, más curvada en su parte superior que en la inferior, con el del tercio medio facial. La analogía es mayor en personas jóvenes y más si las mejillas son sonrosadas. De malum viene ‘mela’, nombre de la manzana en italiano.

El hueso malar también se llama cigomático, palabra proveniente de ζυγός (yugo). Alude al arco cigomático que une a los huesos malar y temporal en forma de puente o yugo. De ζυγός también deriva ‘cigoto’ –el óvulo fecundado– en referencia a la unión de la pareja, como en una yunta.

El contorno del pómulo es similar al de una manzana, en latín 'malum', de allí el nombre de región malar. A la derecha se muestra el hueso malar o cigomático resaltado en amarillo.

El contorno del pómulo es similar al de una manzana, en latín ‘malum’, de allí el nombre de región malar. A la derecha se muestra el hueso malar o cigomático resaltado en amarillo.

Un tercer sinónimo más coloquial para el malar es ‘pómulo’, diminutivo del latín pomus, que significa manzana y, por extensión, fruto carnoso comestible. De aquí viene el término botánico ‘pomo’ que define a este tipo de frutos, el nombre de objetos más o menos esféricos asibles con la mano como el pomo de una puerta y el nombre de manzana en francés (pomme) o catalán (poma), además de formar parte de pomme de terre o pomodoro.

Otro término médico derivado de pomus es ‘pomada’, pasta medicinal de textura similar al puré de manzana.

Nuestro castellano ‘manzana’ viene de mala mattiana, una variedad del fruto bautizada por Caius Matius, romano del s.I a.C. partidario de Julio César y posteriormente de Octaviano, quien fue autor de algunos volúmenes sobre agricultura y gastronomía.

Uvas

En otro post mencionamos que de ‘uva’ provienen los términos ‘úvula’ y ‘úvea’, y que el griego βότρυ (racimo de uvas) origina el término ‘botrioide’ para describir cosas arracimadas. La palabra griega para uva es σταφύλι (stafili), la cual participa como raíz en ‘estafilococo’ y ‘estafiloma’.

El primero en describir la configuración de los cocos en racimos y en cadenas fue el cirujano escocés Alexander Ogston (1844-1929) a partir de material extraído de abscesos; lo publicó en el British Medical Journal de marzo de 1881. Posteriormente se acuñó el nombre de Staphylococcus para estas bacterias arracimadas, gracias al alemán Friedrich Julius Rosenbach (1842-1923). En su monografía Mikro-Organismen bei den Wund-infections-krankheiten des Menschen de 1884 reconoce las aportaciones de Ogston y diferencia los estafilococos dorados de los blancos y de los estreptococos.

Ogston y Rosenbach

Alexander Ogston (A) describió los cocos agrupados en racimos como las uvas. Rosenbach (B) los denominó estafilococos. C: dibujo de la publicación original de Ogston de 1881. D: portada del libro de Rosenbach sobre infecciones bacterianas.

El estafiloma es una “dilatación con aspecto de uva” que aparece en la superficie del globo ocular. Se debe al adelgazamiento de la esclerótica que permite tanto la protrusión de tejido como la transparencia del oscuro tejido uveal subyacente. Los estafilomas anteriores son consecuencia de inflamaciones graves del segmento anterior –como escleritis o abscesos–, glaucoma congénito o traumatismos. En cambio, los estafilomas posteriores suelen ser constitucionales y asociados a alta miopía.

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Estafiloma anterior por escleromalacia en un caso de glaucoma congénito. Vía webeye.ophth.uiowa.edu.

Bellota

Baste decir que la palabra latina para bellota era glandem. Pues eso, que el fruto de la encina es quien da nombre al extremo distal del órgano copulativo masculino. Resulta obvia la semejanza de forma entre el glande y la bellota; de hecho el diccionario de la RAE da ‘glande’ como segunda acepción de ‘bellota’, y como su tercera acepción “botón o capullo del clavel”, de donde se justifica el uso peyorativo de ‘capullo’.

En Roma también se designaba ‘glande’ a los proyectiles lanzados mediante honda, pues tenían esa aerodinámica forma abellotada o de balón de rugby. Estos glandes se hacían de piedra, arcilla o plomo y solían llevar alguna inscripción injuriosa hacia el enemigo. Los honderos baleares fueron célebres como mercenarios tanto de los ejércitos púnicos como romanos.

Glandes iberos, proyectiles para lanzar con honda. Foto vía amigosmuseovvadecordoba.blogspot.com.es.

De glandem/glans deriva el nombre de la bellota en idiomas vecinos: gland (fr), ghianda (it), ghindă (ru), gla o aglà (cat) y landra (gall). Nuestro español ‘bellota’ y el portugués ‘bolota’ vienen del árabe belluta o balluta, que a su vez deriva del griego βάλανος (balanos, bellota en griego), origen de ‘bálano’ –sinónimo de glande– y del poluto surco balanoprepucial, acumulador de esmegma.

El diminutivo de glans es ‘glándula’, antiguamente aplicado a cualquier bulto abellotado, fuera fisiológico o tumoral, pero que condujo a la denominación de los órganos secretorios del cuerpo.

Sabiendo esto se antoja menos apetecible el jamón de bellota. Me causa unas asociaciones que ciertamente me dificultan pasar un cuchillo por su carne.

La placenta, rico postre

No, ni por asomo, no me he convertido en un pirado de la new age de los que comen la placenta de su recién nacido porque eso es una práctica ancestral que nos une a la madre tierra…

Mosaico romano, sirviente con bandeja

Siervo romano portando una bandeja de pasteles o algo así. Mosaico del s.II procedente de Cartago.

Antes de darse este nombre al órgano fetal ya se llamaba así a un popular pastel de la cocina romana antigua elaborado con queso y miel. El nombre en nada hacía referencia al órgano uterino, sino que éste fue bautizado muy posteriormente como el pastel.

La receta de placenta que conocemos proviene del libro De Agri Cultura de Marco Porcio Catón. En esta obra Catón aporta varias recetas de cocina, algunas basadas en el queso: libum, spira, scriblita, globus, enyctum, erneum o spaerita. La receta de placenta según aparece en el artículo 76 del libro de Catón es la siguiente:

Placenta, pastel romano

Placentum sic facito. Farinae siligineae L. II, unde solum facias, in tracta farinae L. IIII et alicae primae L. II. Alicam in aquam infundito. Ubi bene mollis erit, in mortarium purum indito siccatoque bene. Deinde manibus depsito. Ubi bene subactum erit, farinae L. IIII paulatim addito. It utrumque tracta facito. In qualo, ubi arescant, conponito. Ubi arebunt, conponito pariter. Cum facies singula tracta, ubi depsueris, panno oleo uncto tangito et circum tergeto unguitoque. Ubi tracta erunt, focum, ubi cocas, calfacito bene et testum. Postea farinae L. II conspargito condepsitoque. Inde facito solum tenue. Casei ovilli P. XIIII ne acidum et bene recens in aquam indito. Ibi macerato, aquam ter mutato. Inde eximito siccatoque bene paulatim manibus, siccum bene in mortarium inponito. Ubi omne caseum bene siccaveris, in mortarium purum manibus condepsito conminuitoque quam maxime. Deinde cribrum farinarium purum sumito caseumque per cribrum facito transeat in mortarium. Postea indito mellis boni P. IIII S. Id una bene conmisceto cum caseo. Postea in tabula pura, quae pateat P. I, ibi balteum ponito, folia laurea uncta supponito, placentam fingito. Tracta singula in totum solum primum ponito, deinde de mortario tract linito, tracta addito singulatim, item linito usque adeo, donec omne caseum cum melle abusus eris. In summum tracta singula indito, postea solum contrahito ornatoque focum deverrito temperatoque, tunc placentam inponito, testo caldo operito, pruna insuper et circum operito. Videto ut bene et otiose percoquas. Aperito, dum inspicias, bis aut ter. Ubi cocta erit, eximito et melle unguito. Haec erit placenta semodialis.’ Así se hace la placenta: 2 libras de harina para hacer la base, 4 libras de harina y 2 libras de espelta remojada en agua para los tracta (cintas de pasta). Cuando la espelta esté blanda, triturarla en un mortero y escurrirla. Después amasarla con las manos. Cuando esté trabajada añadir poco a poco las 4 lb. de harina. Con esto se hacen los tracta. Colocarlos sobre mimbre y dejarlos secar. Una vez secos disponerlos juntos. Pasarles un paño untado en aceite por cada cara. Así estén, cocerlos bien en un recipiente de barro. Luego amasar las 2 lb. de harina. Con esto hacer una base fina. Remojar 14 lb. de queso freso de oveja no agrio. Macerarlo cambiando 3 veces de agua. Escurrir bien entre las manos y triturar en un mortero lo más fino posible. Pasar por un cedazo fino. Después añadir 4 lb. y media de buena miel. Mezclarla bien junto con el queso. Luego colocar la base estirada en una mesa sobre hojas de laurel untadas en aceite para formar el pastel. Primero colocar una capa de tractum en la base, seguir con la mezcla de queso del mortero, añadir los tracta en capas untando con el queso con miel hasta acabarlo. Terminar con tractum y envolver con la masa base, colocar en un recipiente de barro caliente tapado y colocar brasas alrededor y encima. Vigilar su cocción a gusto. Destapar y mirar dos o tres veces. Una vez cocida, sacarla y bañarla con miel. Esto da para una placenta de medio modio.

Resulta complicado comprender recetas antiguas, pues las cantidades, las herramientas y los ingredientes nos parecen extraños, y no están redactadas de manera explícita. Básicamente la placenta tiene tres componentes: (1) la base de masa tipo tartaleta que sirve de contenedor, (2) la crema de queso con miel alternada a capas con (3) los tracta, finas cintas de masa crujiente.

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Así podría ser el aspecto de una placenta romana, siguiendo la receta de Catón. La textura es más la de una empanada semidulce de queso, que no la de un cheesecake actual. Y el sabor del laurel, rompedor.

Cualquier cocinillas puede hacer una adaptación con la información mostrada. La base original está hecha solo con agua y harina, pero este tipo de masas gana con la adición de alguna grasa, y además debe ser muy fina (como alternativa se puede tirar de pasta phyllo). En cuanto al queso se puede usar queso fresco, mató o requesón de oveja –o del mamífero que prefiráis­–. Lo de remojar el queso tiene sentido si es un queso muy salado como el feta.

El elemento más curioso es el tractus, pan finísimo y crujiente, quizás semejante al fino pan sardo (pane carasau) o la lingua de suocera. Bien podrían usarse regañás. La función de las capas de tractum es absorber parte de la humedad del queso triturado, por una parte, y aportar el toque crujiente, por otra. El punto más sorprendente es el sabor conferido por el lecho de hojas de laurel sobre el que se cuece el pastel, aroma muy poco asociado a un plato dulce. Y la cocción, simplemente al horno, pues la olla de barro cubierta de ascuas no es sino un horno primitivo.

La placenta romana ha dejado su rastro en diversos pasteles y empanadas, dulces y salados, que tienen al queso como ingrediente. Por su preparación y etimología hay destacar el pastel rumano plăcintă.

Catón el Censor

busto de Catón el Viejo

Busto de M. Porcio Catón el Censor

Resulta curioso que quien nos dejara este puñado de recetas de cocina fuera uno de los políticos más prominentes de los siglos III y II a.C.: Marco Porcio Catón, alias Catón el Viejo o Catón el Censor (234 – 149 a.C.), quien provenía de una familia plebeya y rural, dedicada al agro. Sin embargo ascendió en el cursus honorum hasta alcanzar el Consulado y la Censura. También fue procónsul de la Hispania Citerior.

Fue un firmísimo defensor de las buenas costumbres romanas y mostró su oposición a los hipster de entonces que seguían las modas helenísticas y gustaban del arte y la literatura griegas. Este fue uno de los muchos puntos de desencuentro con su habitual enemigo, Escipión el Africano, el gran héroe de la Segunda Guerra Púnica. También los separaba el abolengo familiar, la clase social y la orientación política. Catón logró empapelar a Escipión por corrupción, lo que significó el retiro de éste de la vida pública aunque fue absuelto.

Catón fue el promotor de la Tercera (y definitiva) Guerra Púnica. Consideraba que mientras existiese Cartago nunca habría paz; finalizaba sus discursos en el Senado, sea cual fuera el tema, diciendo “ceterum censeo Carthaginem esse delendam” (“por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida”), después deformado en el popular “Delenda est Carthago”.

No hay que confundir a Catón el Censor con su famoso biznieto M. Porcio Catón el Joven, o Catón de Útica (92 – 46 a.C), también defensor de los valores republicanos y uno de los máximos opositores contra Julio César.

La otra placenta

El término ‘placenta’ proviene del griego πλακοῦντα, referido a algo plano, con más superficie que altura. De la misma raíz proviene ‘placa’ y parece que también ‘plácido’ y ‘placentero’, en alusión a la comodidad de un camino llano (o a lo rico que estaba el pastel).

Pero el órgano fetal no recibió tal calificativo hasta el Renacimiento. En griego antiguo las membranas ovulares se llamaban corion (χόριο, membrana) y en latín se hablaba de secundinae, es decir, lo que salía en segundo lugar, tras el bebé (la verdad, muchas veces las membranas salen en tercer lugar, si contamos que la mayoría de las pobres parturientas lo primero que sueltan es un buen ñordo).

realdo colombo placenta

Fragmento de la obra de Colombo donde describe la placenta, usando por primera vez ese nombre.

realdo colombo frontispicio

Frontispicio de la obra de Realdo Colombo “De re anatomica, libri XV”, Venecia, 1559.

En 1559 el anatomista italiano Realdo Colombo, en el libro XV de su De re anatomica, describe al órgano como placenta uteri o ‘pastel uterino’, por su semejanza con una torta. Posteriormente Falopio corrobora el apelativo en sus Observationes anatomicae de 1562.

La placenta es una estructura realmente sorprendente. Hace las veces de pulmón y riñón del feto, también algo de hígado y circulación extracorpórea. Es una efectiva barrera inmunológica que evita el paso de la mayoría de bichos al bebé y le aporta inmunoglobulinas maternas. Tradicionalmente se ha considerado la placenta como un tejido estéril, pero actualmente hay evidencias de que puede haber un microbioma de flora mixta residente, de significación discutida (Prince et al. J Reprod Immunol. 2014 Oct;104). La placenta también produce un buen puñado de hormonas, comenzando por la progesterona vital para el embarazo, estrógenos, gonadotropina coriónica, lactógeno placentario y otras.

La Medicina moderna usa las membranas ovulares como fuente de productos terapéuticos. Por ejemplo, la sangre de cordón umbilical es una fuente de precursores hemáticos y de células madre multipotentes. La membrana amniótica es un tejido extensamente usado en oftalmología, para reconstrucción de la superficie ocular. Sin embargo lo de los champús de placenta para la alopecia no vale un rábano, lo juro por mi reluciente cabeza. Como tampoco tienen base los tratamientos con placenta de yegua que hace la curandera Kovacevic a futbolistas memos.

Sobre la placentofagia

Una cosa misteriosa es por qué las mujeres humanas no comen su placenta tras el parto como lo hace la gran mayoría de las hembras mamíferas, con la excepción de los camélidos, los mamíferos marinos y los marsupiales (éstos ni expulsan placenta). Casi todas las demás especies practican la placentofagia, independientemente de si son herbívoros o carnívoros.

Pero tampoco se sabe bien por qué esos animales sí comen su placenta. Ninguna teoría explica bien el motivo:

  • Defensa del recién nacido ante depredadores, al ocultar pruebas del reciente nacimiento. Pero queda el charco de líquido amniótico, además la madre y el crío permanecen en el sitio durante bastante tiempo, mientras se come las secundinas.
  • Hambre: algunas especies sufren un período prenatal de anorexia, por lo que la placentofagia puede compensar las necesidades nutricionales. Sin embargo también se da placentofagia en ausencia de anorexia preparto.
  • Obtención de hormonas y otras sustancias que pueden ayudar a la madre en los primeros días. Esta es una de las hipótesis más plausibles, aunque también tiene lagunas. Se ha propuesto que la placenta contiene un potenciador de las endorfinas que ayudaría en la analgesia postparto y evitaría la depresión. También se ha dicho que mejora la lactancia.
  • Otras teorías más peregrinas, como que ayuda a que la madre se acerque a la cría, o que representa un episodio de exaltación carnívora.

Si en los animales hay tales dudas, en humanos es que no hay estudios ni medio sólidos. Los de orientación antropológica son claros en reportar la placentofagia como una práctica muy minoritaria en las sociedades humanas. Sí hay, en cambio, culturas donde la placenta es objeto de enterramiento ritual. O algunos grupos que la apartan como algo dañino.

La corriente actual de placentívoros humanos viene de los años 70 –así que nada de práctica ancestral– y proviene de un ámbito de gente con creencias peculiares y que tienen un rollo rarito con la Madre Naturaleza y la Madre Tierra (como aquellas que riegan las plantas con su menstruación).

Que muchos animales lo hagan no es razón única ni suficiente. La mayoría de las mamíferas relame a su cría al nacer, los humanos no rechupeteamos el vérnix caseoso. Y algunas mamíferas se comen a alguna cría de la camada. Ahora bien, no está mal estudiar si la madre humana puede obtener beneficio de algunos componentes presentes en la placenta, pero en ensayos adecuados.

Los modernos placentívoros incluyen tres conductas incoherentes con la “sabiduría de la naturaleza”. Primero, deshidratar y encapsular su placenta, con lo que terminan tomando la placenta a los tres meses del parto, cuando se supone que la necesidad es en el puerperio inmediato. En segundo lugar, cocinar la placenta (en internet podéis encontrar recetarios para todos los gustos); pero con ello se desnaturalizarían muchos de los supuestos principios activos sanadores que contiene, como las hormonas peptídicas. Y tercero, ese asco de aquelarre llamado “placenta party”, donde se invita a familia y a amigos a degustar juntos los platos preparados con la placenta de la madre. En todas las especies es sólo la madre la que come su placenta, no toda la manada y menos aún los machos. Esas parties sí son un acto altamente aberrante.

Una prueba clara de que los humanos no comemos placenta es que es de los pocos tejidos que no han ido a parar dentro de un embutido. Pensadlo.

No hay demasiada literatura científica sobre placentofagia. Mark Kristal, del departamento de Psicología de la Universidad de Buffalo, ha publicado varias revisiones al respecto (aquí una).

Catón el Censor es un importante personaje de la trilogía de novelas sobre Escipión el Africano escritas por Santiago Posteguillo. Como Escipión es el héroe, a Catón le toca ser el bicho malo. Igual le pasa a Catón el Joven en la serie de novelas de Colleen McCullough, donde el machote es Julio César. La derrota y muerte de Catón aparece en “El Caballo de César”, de esta serie.

 

Sobre testículos, hábitos, prisas y patadas al lenguaje en la jerga científica

El extraño título de esta entrada, bastante absurdo, es reflejo del absurdo que supone el uso frecuente de ciertas expresiones dentro de la jerga científica: concretamente me refiero a los palabros testar, customizar y randomizar, cuyos orígenes se relacionan con los términos mencionados en el título.

Si bien los neologismos y los préstamos lingüísticos son elementos enriquecedores y dinamizadores del idioma, es deseable que los nuevos términos cumplan unas condiciones mínimas para ser aceptables, como que no haya palabras equivalentes en el idioma propio, o que la nueva expresión sea mucho más descriptiva o elocuente que cualquiera de sus similares nativos.

En la jerga técnica y científica abundan los anglicismos, como es lógico y hasta necesario, pero también los calcos gramaticales y semánticos del inglés, casi siempre desafortunados, como los ejemplos comentados a continuación.

Está testado, lo juro por mis huevos

El verbo testar existe en castellano y significa hacer testamento o declarar como testigo. En la moderna jerigonza científica se usa ‘testar’ para indicar que algo se ha probado en un ensayo de laboratorio o clínico: “El efecto de la inhibición de los canales de calcio fue testado en cultivos de células PC12…”

Se trata de un calco semántico del inglés to test, que sí significa probar u obtener prueba. La palabra ‘test’ está aceptada en el DRAE únicamente para referirse a las evaluaciones donde se selecciona una respuesta entre varias posibilidades, no como sinónimo de probar.

La etimología de test es diferente del origen del correcto verbo testar y sus términos relacionados: testamento, testigo o testificar. El inglés test deriva del latín testum, vasija o vaso de barro (tiesto), también aplicado a concha u otras partes duras, de donde terminó por aplicarse a la cabeza y de allí proviene testa, testuz o testarudo.

Durante la Edad Media se derivó de testum la acción de analizar la pureza de los metales preciosos, pues se usaban recipientes cerámicos para hacer los estudios. Así tenemos test (in), tester (fr), testar (pt) o testare (it), para referirse al ensayo de una sustancia. Aún estando en los idiomas vecinos, el término no arraigó en castellano, en el cual se emplea ensayar (nota: véase la adenda más abajo). También esta palabra se relaciona con el análisis de los metales, pues ensayo deriva del latín exagium, acto de pesar o estudiar algo, específicamente aplicado a metales. Del primitivo testum de barro para hacer exagium provienen los actuales test-tube o tubos de ensayo.

Testar no es sinónimo de probar

Mejor que ‘testar’ o ‘testear’, es ‘probar’ o ‘ensayar’. En español testar significa hacer testamento y se origina de la misma raíz que testigo y testículo. El inglés ‘test’ deriva de los recipientes cerámicos donde se analizaba el metal, que en latín se llamaba ‘testum’.

Por otra parte, el origen de testar y testificar, así como su relación con el testículo resulta más confusa. El nombre latino del sacro órgano huevil era testis y así se sigue nombrando en la Nómina Anatómica Internacional, mientras que testículo sería el diminutivo de testis. El término latino para testigo es teste/testi, según declinación.

Abunda por internet, incluso en algún libro serio, la anécdota de que los antiguos romanos prestaban juramento como testigos apretándose los huevos con la mano, y de allí vendría el origen común de testículo y testigo. A primera vista parece un hecho plausible (a pesar de lo dificultoso de asir la huevada a través de la toga), pero me extraña no haber leído nunca nada sobre este tipo de juramento en las fuentes originales, cosa corroborada por otros frikis del mundo antiguo. Y mira que en la literatura romana hay juramentos a cascoporro, la mayoría sobre dioses (que para eso tenían un panteón enorme), o con el gesto de arrojar una piedra, o las mujeres que juraban por su cabellera. Pero de jurar por el paquete nada.

Testis parece provenir de ‘tristris’, de la raíz indoeuropea ‘tri’, en referencia a la tercera persona que intervenía en algo, es decir, al testigo del hecho. Resulta curioso que el nombre de un órgano par provenga de la raíz para ‘tres’. Una máxima jurídica dice “Testis unus, testis nullus”, es decir, “un solo testigo no es testigo”, en el sentido de que no basta la acusación de una sola persona mientras no se apoye en un tercero. Que los testimonios tuvieran que venir a pares, como las colganderas gónadas, no se sabe si influyó en el nombre testicular. Reputados lingüistas dicen que los testículos “atestiguan la virilidad” y de allí el nombre. Otra posibilidad, más que probable, es que el término gonadal y el jurídico fuesen independientes pero homófonos, y ello se prestara a juegos de palabras, como puede comprobarse en la literatura romana.

En cualquier caso, volviendo al argot científico, la corrección obliga a emplear ensayar o probar en vez de testar, para no tocar los testes a quienes apreciamos el lenguaje pulido.

Adenda diciembre 2015: en la edición del Tricentenario del Diccionario de la RAE se ha incluido la palabra “testar”, definida como “someter algo o a alguien a un control o prueba”. Así que toda la disertación anterior se queda en bragas. Dado el origen latino de la palabra (aunque en el DRAE se especifica su procedencia del inglés) y que es un vocablo ampliamente utilizado, resulta adecuada su inclusión. Aunque yo seguiré siendo más de “ensayar”.

Expresiones customizadas

Lo de customizar es una auténtica aberración sin sentido ni justificación, a pesar de lo cual su uso es extenso no sólo en ambientes técnicos, sino en moda, diseño y otras áreas. El palabro es un desagradable calco del inglés custom, término para hábito, cosa acostumbrada o hecha al uso, pero también para algo hecho a la medida de una persona.

No diga 'customizar' sino 'personalizar'.

No diga ‘customizar’ sino ‘personalizar’. El inglés ‘custom’ se origina del término latino para ‘costumbre’, posteriormente derivado a algo hecho a medida.

La etimología de custom es la misma que la de costumbre en español, costume en italiano o coutume en francés: todas derivan del latín consuetudo/consuetudinis, con significado de práctica habitual, uso tradicional de algo. De este mismo origen proviene costume en inglés y francés, es decir, el hábito o traje de una persona. Cuando este traje se hace a medida entonces el costume es customized, de donde hemos pillado el mal uso lingüístico.

La palabreja no existe en nuestro idioma ni como verbo ni como sustantivo, y esperemos que la Real Academia no la incluya en el futuro, pues para eso contamos con ‘personalizar’ y ‘personalizado’, que son las expresiones correctas para referirnos a algo hecho a medida.

“Random jacta est”

El inglés random significa al azar, aleatorio. En este sentido se aplica a la distribución no sistemática o aleatoria de las muestras o individuos dentro del diseño de un estudio científico. De allí se han adoptado, infaustamente, términos como randomizar o randomizado para designar los estudios con muestreo aleatorio.

Esta palabra inglesa no tiene origen latino, como las anteriores, sino viene del sajón rinnan, que significa correr, ir con prisa, y de la cual también se origina run. Así que random era hacer algo con prisa, sin meditación, al tuntún y, por extensión, al azar.

En nuestra adorada lengua contamos con ‘azar’ y ‘aleatorio’, ambas palabras relacionadas con los dados. El nombre del dado en latín era alea, de modo que cuando Julio César soltó aquello de “alea jacta est”, literalmente dijo “los dados están lanzados” o “eché los dados”, aunque se traduzca como “la suerte está echada”.

Por su parte ‘azar’ proviene del vocablo árabe para dado, y más específicamente para la cara desfavorable del dado con la que se perdía la jugada; de modo que ‘azar’ estrictamente se referiría a la suerte adversa (de allí lo de ‘azaroso’).

No diga 'randomizado' sino 'aleatorio'

No diga “estudio randomizado”, sino “estudio con muestreo aleatorio”. ‘Random’ es un término inglés que deriva de una cosa hecha con prisa. ‘Aleatorio’ proviene de ‘alea’, nombre del dado en latín. ‘Zahr’ era la palabra árabe para flor (de donde deriva ‘azahar’) y también se usaba para designar la cara del dado con la marca que hacía perder la jugada, de allí ‘azar’ y ‘azaroso’.

De modo que no hay ninguna necesidad de usar random, randomizar o randomizado, teniendo no uno sino dos términos propios: azar y aleatorio (y más sinónimos, como fortuito y casual, no muy aplicables en este caso). Lo malo es que nuestro DRAE no incluye el verbo aleatorizar, cosa que sería deseable para poder hablar con propiedad de estudios aleatorizados, en vez de estudios aleatorios (que suena como si salieran de chiripa) o azarosos (aunque muchos así lo sean).

Que seamos de ciencias y no de letras no sirve de excusa para patear el idioma. La elocuencia suele ser signo de preparación, inteligencia y distinción. Se puede ser científico y elegante a la vez.

Adenda diciembre 2015: en la edición del Tricentenario del Diccionario de la RAE se incluye, ¡hosanna!, el término aleatorizar, definido como “someter algo o a alguien a un proceso aleatorio”. Así que lo de ‘randomizado’ sigue siendo para patada en el perineo.

 

Pólipo del colon. Obsérvese su forma pediculada con un extremo globular que a los antiguos les recordaba la cabeza de un pulpo. (Vía naspghan.org)

Mariscada nosológica: pulpo, cangrejo y moluscos varios

mosaico romano, fauna marina

Extraordinario mosaico romano con vida marina, procedente de la Casa del Fauno, Pompeya (Museo Arqueológico de Nápoles).

He aquí otro tema sobre cosas del cuerpo humano y cosas que se comen (siempre hay graciosos que piensan lo mismo, ¡cochinotes!). Marisco es un término eminentemente culinario, no taxonómico, referido a los bichos marinos comestibles que no son peces. Incluye invertebrados de distintos phyla: moluscos (ostras y demás bivalvos, caracoles, pulpo, calamar, etc.), crustáceos (gambas, langosta, cangrejo y similares), algún equinodermo como el erizo de mar, y algún cnidario como las ortiguillas (anémonas).

Por curiosidades del lenguaje existen diversos nombres de entidades patológicas relacionados con apelativos de mariscos, y no hablo, claro está, de las uñas como mejillones o percebes de algunos guarros, del eritema solar “en gamba” de los guiris, ni de las chirlas o almejas de reminiscencias vulvares.

Moluscos

Molluscum en latín significa blando, y de ahí proceden palabras como mullido, muelle, molicie, emoliente y mojar. El equivalente griego para blando es μαλάκια (malakia) y de allí deriva el término malacia para describir el ablandamiento patológico de una estructura de naturaleza rígida: condromalacia, traqueomalacia, escleromalacia (curioso oxímoron etimológico), osteomalacia, etc.

La primitiva taxonomía aristotélica distinguía los bichos marinos blandos (μαλάκια ζῷα, malakia zoa) como el pulpo, de los bichos marinos duros (ὀστρακόδερμα ζῷα, ostrakóderma zoa) como el cangrejo. En el siglo XVIII Linneo recuperó malakia para nombrar a los animales marinos de cuerpo fofo, pero usó su equivalente latino molluscum y desde entonces así se conoce a esta sabrosa familia.

Otra cosa moluscoide: una frecuentísima afección cutánea es el molusco contagioso, producida por un poxvirus. Se manifiesta como pequeñas pápulas umbilicadas o perladas, en reducidos grupos, a veces aisladas; aparecen en cualquier parte de la superficie cutánea, pero más en cuello, párpados, manos y pies. Se contagia por contacto y es frecuente la autoinoculación en la persona afectada. Se trata de una condición benigna y de fácil tratamiento: la eliminación mediante cirugía menor o curetaje de las lesiones, o la aplicación de crioterapia.

molusco contagioso

Molusco contagioso, aspecto típico de las lesiones. (Vía www.dermapics.org)

El nombre quizás proviene del contenido blando y pastoso que se extrae de las lesiones del molusco contagioso. La primera descripción se atribuye al dermatólogo inglés Thomas Bateman (1778-1821), en su atlas “Delineations of cutaneous diseases” de 1817. En la figura adjunta se puede ver la descripción original y la ilustración acompañante que muestra un caso bastante avanzado de molusco, aunque no sé si lo que describió Bateman corresponde a lo que actualmente se llama molusco contagioso.

Texto e ilustración del Atlas de Thomas Bateman de 1817 donde describe el molusco contagioso.

Texto e ilustración del Atlas de Thomas Bateman de 1817 donde describe el molusco contagioso.

Otro conocido molusco es el molusco hemorroidal, esa dilatación pellejosa en la unión mucocutánea anal que queda como testigo de haberse pasado por una almorrana. No es raro que alguien profano en las cosas del cagalar confunda un inocente molusco hemorroidal con un condiloma o verruga de transmisión venérea.

Cangrejo

Sólo con mirar la figura dibujada de un cangrejo en un cartel de hospital ya sabemos que estamos ante el temido cáncer. La asociación del cáncer con el cangrejo procede de la Antigüedad, pues el nombre del cangrejo en griego era καρκίνος (karkinos, origen de la raíz carcino-) y en latín se llamaba directamente cancer (cancris, cancrum, cancrorum). Desde tiempos de Hipócrates se aplicaba el apelativo cangrejil para las enfermedades tumorales progresivas e incurables. Sobre todo se aplicaba el término a los tumores mamarios, ya habituales en tiempos remotos aunque no existieran las botellas de PET, los desodorantes con aluminio, los móviles ni los pollos hormonados.

No se tiene claro el origen de la asociación cangrejo-tumor maligno, pero se suponen varias posibilidades: la dureza al tacto de las neoplasias o la textura rugosa de una úlcera maligna, similares al caparazón del crustáceo; o bien la forma bizarra que adquieren las prolongaciones de los tumores y su vascularización radial, que recordaría al cangrejo con sus patas y pinzas; o bien la firme adherencia del cáncer a los tejidos, como se aferra el cangrejo con sus tenazas; o más peregrinas evocaciones al dolor que ocasionaría el pinzamiento de las tenazas, o al voraz apetito del tumor que devora al enfermo.

cáncer de mama muy avanzado

Carcinoma mamario muy avanzado, con extensa ulceración cutánea. Quizás el aspecto rugoso y duro de estas lesiones sugirió su semejanza con el caparazón del cangrejo. (Vía images.wocn.org)

Aclaratoria para legos: el cáncer no es una única enfermedad, sino cientos de enfermedades de orígenes y comportamientos muy diversos, que sólo tienen en común la multiplicación descontrolada de la estirpe celular involucrada. Así que decir que alguien murió de cáncer (cosa muy de periodistas) no dice nada concreto, igual que decir que alguien falleció por paro cardio-respiratorio (también muy periodístico). Otra aclaratoria para legos: no todos los cánceres son carcinomas, pues los carcinomas son los tumores malignos originados estructuras epiteliales (glándulas, mucosas o piel, por ejemplo); otros tipos de cáncer son los sarcomas y las neoplasias sanguíneas.

Una condición totalmente distinta es el chancro, cuyo nombre también proviene del latín cancrum / cancer y nos llegó a través del francés (tanto el nombre como su causa, “el mal francés”). Se trata de una úlcera cutánea o mucosa de origen venéreo, que aparece en genitales, labios, cavidad oral o por donde haya pecado el contrayente. El más común es el chancro duro de la sífilis, pero también existe el chancro blando causado por Haemophilus ducreyi. Otra enfermedad ulcerosa pero no venérea es el cancrum oris o noma, que mencioné en otro post.

Divagatio: en el léxico coloquial venezolano hay dos derivaciones de cangrejo, uno es referirse como “cangrejo” a un asunto de difícil resolución, un problema serio de solución complicada (en este sentido muchos casos de cáncer son auténticos “cangrejos”); el otro es el término “cangrejera”, que no se refiere a aquellas pedestres chancletas, sino a la sublime y repetitiva contracción percoital de los músculos pubocoxígeos femeninos, tan apreciada por las viriles parejas de quienes presentan tal habilidad. Las cangrejeras funcionan de modo similar a los ejercicios de Kegel, y de hecho pueden entrenarse mediante éstos.

Pulpo

El nombre de este cefalópodo proviene del latín polypus, y éste a su vez del griego πολύποδας / πολύπους que significa “de muchos pies”. También proviene de la época clásica el uso de pólipo para referirse a excrecencias pediculadas de tejido mucoso, en especial de la nariz, que semejan a un pulpito colgando de sus patas.

Los pólipos son frecuentes en el área de ORL y del tubo digestivo. En general son benignos, pero no es raro que los pólipos del colon se transformen en un adenocarcinoma, en especial si se trata de una poliposis colónica familiar.

Pólipo del colon. Obsérvese su forma pediculada con un extremo globular que a los antiguos les recordaba la cabeza de un pulpo. (Vía naspghan.org)

Pólipo del colon. Obsérvese su forma pediculada con un extremo globular que a los antiguos les recordaba la cabeza de un pulpo. (Vía naspghan.org)

Para terminar estas tonterías etimológicas, unas palabras sobre el erizo, cuyo nombre proviene de la raíz indoeuropea para tieso o rígido de la cual también deriva erección. No sé si de allí el efecto viagrogénico de este manjar, pues “lo similar causa lo similar” que decía Hahnemann, ¿o no era así?

Esto me recuerda una broma frecuente que hacía mi más querido profesor de cocina, Luis, quien en pleno servicio te decía: “¿Te gusta el mar? —entonces se señalaba el paquete— ¿Esto es sepia o calamar?” Una vulgaridad, pero nos reíamos a gusto.

Como consulta para temas etimológicos, además del célebre diccionario de Corominas, recomiendo el Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico de la Universidad de Salamanca (dicciomed.eusal.es), donde se pueden consultar excelentes artículos del profesor Francisco Cortés Gabaudán.

Frutos y semillas en la Anatomía humana

Bodegón de Arcimboldo

Uno de los famosísimos bodegones antropomorfos de Arcimboldo (1527-1593).

Por supuesto que no voy a tratar sobre cocos, melones o peras aplicados a la anatomía femenina, ni de nabos, yucas o bananas en el caso viril, pues ya conocéis mi aversión a tales vulgarismos coloquiales de mal gusto… Existen, sin embargo, algunas estructuras de nuestra anatomía cuyo nombre formal y académico deriva de cosas comestibles. Ya había comentado en un post de metáforas gastronómicas que a partir de la uva provenían los nombres anatómicos de úvula y úvea. Hoy me referiré a unas pocas estructuras relacionadas con frutos secos y legumbres.

Almendra

Tendemos a pensar que todas las palabras castellanas que comienzan por al- son de origen árabe. En el caso de la almendra nos confunde aún más el amplio uso de este fruto seco en la cocina tradicional árabe, pero en realidad almendra proviene del griego αμύγδαλα (amígdala). El vocablo pasó al latín como amygdala, al latín vulgar como amindula y de allí a las lenguas romances: amande (fr), mandorla (it), amêndoa (pt), améndoa (gall), ametlla (cat), migdală (rum). También deriva su nombre en lenguas no romances: almond (in), mandel (alemán, noruego, danés y sueco), migdałowy (pol), möndlu (islandés) y también su traducción en holandés, ruso, checo, estonio, magiar, finés y hasta en japonés y coreano.

Es obvia la relación amygdala-almendra con la anatomía, pero dicha relación no fue lineal ya que el nombre de amígdala para referirse a los órganos linfoides faríngeos no proviene de la tradición grecolatina. En latín las amígdalas de la garganta se llamaban tonsillae, y en griego antiguo paristhmion (“a los lados del istmo” de las fauces). La comparación de las tonsilas con la forma oval almendrada sí que proviene de los árabes, quienes las llamaban literalmente “almendras”: al-lauzatani, o su singular al-lauz (1, 2). Fue probablemente a través de los textos de Avicena cuando se tradujo del árabe al latín adquiriendo la forma amígdala, y así la tenemos desde finales de la Edad Media.

El nombre de amígdala se hizo genérico para los agregados linfoides rino-oro-faríngeos, de modo que además de las amígdalas palatinas están la amígdala faríngea de Luschka, las tubáricas de Gerlach y la lingual, que forman una aduana en la faringe llamada anillo de Waldeyer, descrita por Heinrich Waldeyer-Hartz (1836-1921).

El sistema nervioso central también cuenta con estructuras amigdalares, pero no linfáticas: se trata de las amígdalas del cerebelo y del lóbulo temporal, de nuevo bautizadas así por su forma almendrada.

malformación de Chiari

Amígdala cerebelosa (flecha) desplazada por debajo de la base del cráneo (línea amarilla) en la malformación de Chiari. Modificado de www.radiopaedia.org.

La amígdala cerebelosa es un saliente ovoideo y par ubicado en la parte inferior del cerebelo, justo debajo del lóbulo flóculo-nodular, abrigando desde atrás al tallo cerebral. Su implicación más relevante es su peligro de herniación: ante aumentos bruscos de presión intracraneal las amígdalas cerebelosas pueden desplazarse hacia abajo, a través del foramen magnus, apachurrar el tallo cerebral con sus centros cardiorrespiratorios y acabar en fallecimiento. Otra forma de herniación mucho más frecuente es la debida a la malformación de Arnold-Chiari, donde las amígdalas se encuentran escurridas a través del foramen magnus hacia el canal raquídeo. Con frecuencia es un hallazgo casual, pero otras veces el Arnold-Chiari se relaciona con siringomielia, meningocele, paresias de pares craneales e hipertensión intracraneal.

amígdala del lóbulo temporal

Ubicación de la amígdala cerebral y su relación con el hipocampo (www.jneurosci.org).

La amígdala del lóbulo temporal o núcleo amigdalino es una de las estructuras cerebrales más fascinantes. Filogenéticamente es una estructura muy antigua, por lo que se relaciona con funciones y conductas primitivas como el olfato, el miedo y las emociones irracionales. Los núcleos amigdalinos se ubican en el extremo anterior de los lóbulos temporales; están conectados con otras estructuras del sistema límbico como el trígono, el hipocampo, ciertos núcleos del tálamo y el gyrus cinguli. Este sistema en el que se originan las emociones primitivas, el deseo sexual, la ira o el miedo, está bajo el control más o menos férreo de los lóbulos frontales, de allí que cuando éstos se desconectan (los neuros hablan de frontalización, aunque debería ser desfrontalización) el individuo muestra desinhibición, comportamiento social inadecuado o labilidad emocional.

La lesión de ambos lóbulos temporales que daña las amígdalas se manifiesta por hipersexualidad, hiperoralidad, masturbofilia y algunas agnosias de tipo visual. Tal cuadro se llama síndrome de Klüver-Bucy por los investigadores que lo describieron en monos con lesión experimental de las amígdalas. Como condición clínica en humanos es muy rara, alguna vez por encefalitis herpética. Tuve oportunidad de ver un Klüver-Bucy de verdad en una paciente con neurocisticercosis y ciertamente la señora andaba más salida que el peñón de Gibraltar.

Piña piñonera

Como sabemos, las coníferas son árboles que se reproducen a través de frutos compuestos en forma de cono. En griego se usaba kônos para denominar los cuerpos de extremo puntiagudo, específicamente el fruto de las coníferas, mientras en latín se decía pinea de donde viene nuestra palabra piña. Desde la Antigüedad la glándula pineal recibió su nombre por su forma más o menos cónica similar a la piña piñonera.

Ilustración original de

Ilustración original de “The Anatomy of Humane Bodies Epitomized” de Thomas Gibson, 1703, mostrando la cara dorsal del tallo cerebral, con la pineal (F) sobre la lámina cuadrigémina formada por las “nalgas” (nates, GG) y los “testículos” (testes, HH).

La glándula pineal o epífisis es uno de los órganos más cargados de controversia esotérica a lo largo de los tiempos. Diferentes corrientes filosóficas y religiosas le han atribuido poderes especiales: tercer ojo, chacra, ojo del alma, asiento del espíritu, etc. Las primeras menciones se atribuyen a Herófilo y Erasístrato, pero es de Galeno la descripción más antigua que sobrevive. En aquella época la glándula se llamaba conarium o pinea y se discutía su papel como válvula de los pneumas que fluían por el encéfalo. Tal pastel fue sucesivamente distorsionado hasta el punto que el insigne Descartes atribuyó a tan exiguo fragmento tisular la condición de ser asiento físico de la mismísima alma, vaya por dios (3). Otra imagen curiosa fue dada por el anatomista Thomas Gibson (1647-1722): el muy cochino describió la pineal como un pene pequeñito que pendía sobre el par de cojones de los colículos inferiores. Tendría un problema, pues en esas regiones del cuarto ventrículo también veía “nalgas”, “vulvas” y “anos” (4).

Durante el s.XIX se descartaron las teorías esotéricas y filosóficas carentes de base, y la pineal paso a ser considerada un vil vestigio inútil. Esto cambió tras el descubrimiento de la melatonina por Aaron Lerner en 1958, quien aisló los primeros 100 µg a partir de 100 kg de pineales bovinas (unas 200.000 unidades, poco más, poco menos). Desde entonces la pineal ascendió a órgano neuroendocrino en toda regla (5).

La producción melatonina varía según los períodos de luz y oscuridad debido a la conexión neural entre la vía óptica y la pineal. De esta manera la actividad de la pineal se relaciona con los ritmos de sueño/vigilia y la modulación de ritmos circadianos de otros sistemas como, por ejemplo, algunas vías hormonales hipotálamo-hipofisarias. Sin embargo, no está demostrada la utilidad terapéutica de la melatonina en trastornos del sueño, y su venta farmacéutica como “suplemento” ha impedido que la melatonina y la pineal se terminen de despojar de ese velo misterioso del que ahora se aprovechan terapias pseudocientíficas y charlatanes varios.

Guisantes y lentejas

Esto ya tiene menos miga. Del nombre latino de guisante, pisum, proviene la denominación de uno de los huesos del carpo, el pisiforme. Se trata del más pequeño de los ocho huesos de la muñeca, fácilmente palpable en el extremo medial de la fila superior del carpo. En este hueso se inserta el tendón del músculo flexor carpi ulnaris, antiguamente músculo cubital anterior. De hecho, más que insertarse el pisiforme está rodeado por el tendón de este músculo a modo de hueso sesamoideo. Ésta es otra referencia anatómica seminal (de semilla, quiero decir) que compara los granos de sésamo con los pequeños núcleos de osificación que se forman en el espesor de un tendón. Existen en varios lugares y tienden a ser inconstantes. Según esta definición la mismísima rótula sería un gran hueso sesamoideo alojado en el tendón del cuádriceps.

Otra leguminosa, la lenteja, en latín lens, lentis o lentícula, con su forma de disco biconvexo, cedió su nombre a las lentes ópticas de vidrio y por extensión se describe como lenticular aquello con forma de lente. Obviamente, la lente natural por excelencia es el cristalino ocular, lens crystallina en literatura clásica. Su parecido con una lenteja alcanza el máximo en el estadio de catarata marrón, como se observa tras una extracción extracapsular de catarata.

Otros nombres derivados de este origen son el núcleo lenticular de los ganglios basales del cerebro, el pequeñísimo hueso lenticular del oído medio, entre el yunque y el estribo (cuando está), y el lentigo, término aplicado a lesiones pecosas de la piel.

Higos

Una historia fascinante que va desde la gastronomía a la ciencia es la de cómo el higo dio su nombre a la sacra víscera del hígado. El nombre griego para el hígado era ηπαρ / ηπατος (hépar / hepatos) mientras en Roma se conocía como iecur. ¿Cómo se pudo llegar de iecur a hígado y qué pintan los higos en ello?

La respuesta está en uno de los manjares de lujo más antiguos: el foie gras. Tiempo tuvieron nuestros ancestros para notar que las aves palmípedas cazadas en el momento de su migración tenían unos hígados más grandes, grasos y sabrosos que en otros momentos del año. Se trataba del hígado hipertrófico pre migratorio, fenómeno fisiológico mediante el cual las aves anátidas se ceban solitas y acumulan calorías antes de su larga travesía. Ya domesticados los patos y las ocas, se quiso obtener un resultado similar cebando las aves a conciencia.

La receta sigue vigente hoy: alimentación hipercalórica a base de carbohidratos y limitación de la actividad física del ave. Exactamente lo mismo que debe hacer un humano para ganarse una diabetes y una esteatosis hepática.

alimentación de ocas en egipto

Tareas pecuarias en Egipto. En la esquina inferior izquierda se observa un hombre sentado sobre un ganso, embuchándole alimento (clicar para aumentar). Relieve de una tumba proveniente de Giza, de la Dinastía VI (2323-2150 a.C). Museum of Fine Arts, Boston.

Tenemos evidencias de la crianza de anátidas para obtener foie gras desde Egipto. Algunos relieves procedentes de tumbas del Reino Antiguo muestran las maniobras de embuchado de patos y gansos. En otro post apunté que también son del Reino Antiguo la mayoría de las estatuas de obesos egipcios, ¿será casualidad? El consumo de hígado graso fue común para otros pueblos mediterráneos, incluyendo por supuesto a griegos y romanos.

Para el engorde de las aves se usaban cereales e higos secos. Se decía que la mejor calidad del hígado se obtenía con patos cebados con higos (ficum), y así el iecur ficatum pasó a ser una auténtica especialidad gastronómica. En el Libro VII de la Re Coquinaria de Apicio se da un par de recetas de ficatum, diferenciando este precursor del foie gras de otros hígados no esteatósicos empleados en el recetario, y que son mencionados como iecur o iecinera. También mencionan el rico iecur ficatum Horacio, Plinio el Viejo o Columela, entre otros.

La cosa es que con el paso de los siglos se fue haciendo coloquial el uso del iecur ficatum para referirse a cualquier víscera hepática; posteriormente se perdió el iecur y del ficatum provino el nombre dado al órgano en las lenguas romances: nuestro hígado (transformación de figado, documentado desde el s.XIII), fegato (it), foie (fr), fígado (pt y gall), fetge (cat) y ficat (rum). Este fenómeno también ocurrió en la lengua griega, pues de su antiguo foie gras, ηπαρ συκώτον (hépar sycoton, de syco, higo) proviene el nombre del hígado en griego moderno, συκώτι. Incluso el término en lenguas anglosajonas, como liver o leber, parece provenir de una raíz que significa “grasoso-pegajoso” (6).

Actualmente la industria foiegrasera es uno de los frentes de lucha para los movimientos pro derechos animales, quienes acusan de maltrato hacia las aves cebadas a la fuerza y enclaustradas. Cierta razón tienen, y está bien que se intente obtener el engorde por métodos menos agresivos para el animal, lo mismo que cualquier “humanidad” en el trato a los animales de cría. Pero de allí a las posturas radicales de algunos de estos colectivos pues ya no. Y menos que intenten sus objetivos mediante legislación arbitraria, proponiendo hasta la prohibición de venta y consumo del foie gras.

Los enemigos del consumo de productos cárnicos animales muestran una evidente cortedad de miras al sentirse mal por matar para comer y asimilar para sí el sufrimiento de nuestros hermanos animales. Se mata también a los vegetales para comerlos, aunque no sea patente ningún sufrimiento. No hay otro modo de nutrirnos que matando y comiendo otras criaturas, al menos hasta que nos metan cloroplastos transgénicos en nuestras células. La biología elemental de una planta tiene suficientes similitudes con la humana como para considerar al vegetal o al hongo tan “hermanos” como a cualquier animal: tenemos la misma base química orgánica, su ADN usa el mismo código que el nuestro, se replica y se transcribe de igual manera, tienen ribosomas, membranas y enzimas como nosotros. Esas levaduras que fermentan el pan hacen la misma ruta de glicólisis que nuestros eritrocitos o nuestras neuronas, y sin embargo se asesina a las levaduras en el horno como agradecimiento de sus servicios.

Así que seguiré consumiendo foie gras tranquila y ocasionalmente.